Normalmente, cuando leemos la parábola del hijo pródigo, nuestra mirada cae inmediatamente sobre el hijo menor.
Es comprensible: él pide la herencia, abandona la casa, malgasta lo recibido y termina lejos, quebrado y necesitado. Parecería que toda la carga de la historia recae sobre él.
Sin embargo, cuanto más contemplo las palabras de Jesús, más me convenzo de que el problema de aquella casa en la historia no era solamente el hijo que se había ido. Había otro hijo que nunca se fue y que, sin embargo, también estaba lejos.
Tal vez los dos hermanos tenían algo en común: conocían todo lo que tenía su padre, pero ninguno conocía verdaderamente el corazón de su padre.
El menor pidió “la parte” que le correspondía. Esa expresión me resulta reveladora.
En su mente había dividido aquello que pertenecía a una casa, a una familia, a una relación. Había calculado su porción.
Pero cuando el padre habla con el hijo mayor, utiliza una lógica completamente diferente:
“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo”.
Marcelo Ingrao
El hijo menor pensaba en una parte, pero el Padre pensaba en todo.
Quizás aquel muchacho se fue porque nunca había comprendido realmente lo que significaba estar en casa. Tenía un padre, pero pensaba en una herencia. Tenía una casa, pero pensaba en una porción. Su distancia comenzó mucho antes de emprender el viaje.
Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿cuál de los dos hermanos estaba realmente más lejos?
El menor terminó en un país lejano. El mayor permaneció en casa. Era responsable, trabajador, comprometido. Seguramente conocía cada rincón de la propiedad y cumplía con todo lo que debía hacer. Si utilizáramos algunos de nuestros parámetros actuales para medir la espiritualidad, probablemente el hermano mayor obtendría una calificación excelente.
Y precisamente allí encuentro una palabra muy actual para nosotros: La Iglesia.
“Nosotros podríamos ser los hermanos mayores”.
Podemos pasar años en la casa del Padre, haciendo las cosas del Padre, sin haber aprendido a discernir el corazón del Padre.
Podemos servir, organizar, predicar, limpiar, administrar, producir, asistir y cumplir. Todo eso puede ser bueno. El problema comienza cuando nuestras tareas ocupan tanto espacio que ya no tenemos tiempo para mirar lo que el Padre está mirando.
Mientras el hijo mayor trabajaba, me gusta imaginar al Padre mirando hacia el camino. Mientras uno estaba pendiente de las tareas, el Padre tenía los ojos puestos en el horizonte. Mientras uno se ocupaba de que la casa funcionara, el corazón del Padre esperaba al que se había perdido.

¿Cuántas veces nos sucede lo mismo?
Tenemos la casa limpia, organizada y productiva, estamos tan ocupados haciendo cosas “para Dios” que dejamos de preguntarnos qué es lo que realmente ocupa el corazón de Dios. Incluso podemos terminar comportándonos como si Él nos necesitara, como si nuestro servicio fuera un favor que le hacemos.
Entonces aparece la contabilidad espiritual: Los años que servimos, lo que sacrificamos, las veces que estuvimos cuando otros no estuvieron.
El hijo mayor lo expresó claramente: “Hace tantos años que te sirvo…”
Ya no escuchamos solamente a un hijo hablando con su padre. Escuchamos a un trabajador presentando una factura.
Nos inclinamos para limpiar hasta el rincón más remoto de la casa y llamamos a eso sacrificio, pero cada vez nos cuesta más inclinarnos simplemente para estar a sus pies.
Quizás por eso la escena de Marta y María resulta tan cercana. Marta estaba ocupada haciendo algo bueno: servir. María estaba a los pies de Jesús. Puedo imaginar el trapo de piso de Marta pasando casi por encima de los pies donde María contemplaba a Jesus.
Un minuto a sus pies puede cambiar todanuestra vida.
Hay cosas que no descubriremos haciendo más. Solo podremos conocerlas deteniéndonos, aquietando nuestro espíritu, escuchando su voz y permitiendo que Dios ministre primero nuestra vida.
Vivimos en una época que conspira contra el silencio. Una actividad detrás de otra, una pantalla detrás de otra, una notificación detrás de otra. Estamos casi scrolleando nuestra vida espiritual. Nos cuesta detenernos. Nos incomoda el silencio. Pero quizás sea precisamente allí donde volvamos a escuchar el corazón del Padre.
El hijo menor finalmente comprendió que necesitaba regresar. Volvió quebrado, preparando un discurso para convertirse en jornalero. Pero encontró algo que no esperaba: el Padre corrió hacia él, lo abrazó, lo besó, lo vistió, puso un anillo en su mano, calzado en sus pies y preparó una fiesta.
El hijo había preparado un discurso para convertirse en jornalero; el Padre había preparado una mesa para restaurarlo como hijo.
Su problema encontró respuesta cuando volvió arrepentido, pero todavía quedaba otro hijo afuera.
El hermano mayor no quiso entrar a la fiesta. No aceptaba la decisión del Padre. No podía alegrarse con aquello que alegraba al Padre. El menor había reconocido su pecado; el mayor parecía creer que esa oración de arrepentimiento no era para él. Después de todo, él nunca se había ido.
Pero no obedecer al Padre también necesita arrepentimiento. No comprender su espíritu también revela distancia. ¿Qué significa permanecer en la casa si no queremos sentarnos a la mesa con Él?
Hay algo extraordinario: el Padre salió al encuentro de los dos hijos.
Corrió hacia el menor cuando regresaba desde lejos y salió a buscar al mayor cuando se negó a entrar. Uno estaba perdido en un país lejano. El otro estaba perdido a pocos metros de la fiesta.
Uno necesitaba regresar de su pecado visible; el otro necesitaba regresar de su mérito, su comparación y su dureza.
Y cuando el mayor reclama que nunca recibió siquiera un cabrito, el Padre responde: “Todo lo que tengo es tuyo”.
Qué tragedia. Había vivido tantos años junto a una abundancia que nunca había aprendido a disfrutar. Reclamaba un cabrito mientras todo le pertenecía. Había trabajado como jornalero dentro de una casa en la que era hijo.
Quizás ese sea también nuestro peligro: saber mucho de la casa y poco del Padre. Defender sus cosas sin compartir su compasión. Cumplir sus tareas sin discernir sus prioridades. Hablar de gracia y molestarnos cuando esa gracia alcanza a alguien que, según nuestros cálculos, no la merece.
Jesús termina la parábola sin decirnos si el hermano mayor finalmente entró. Lo deja en la puerta. Y quizás esa sea la pregunta para nosotros.
Porque el verdadero centro de esta historia nunca fueron los hijos. El centro siempre fue el Padre.
Él sale por el que se fue y también por el que se quedó. Él abraza. Él restaura. Él prepara la fiesta. Él pone la mesa. Tal vez hoy no solamente necesiten volver a casa los que se fueron.
Los que nunca nos fuimos también necesitamos volver
Los responsables. Los comprometidos. Los que servimos desde hace años. Los que conocemos cada habitación de la casa, pero necesitamos volver a conocer el corazón de nuestro Padre.
El centro siempre fue el Padre.
Antes de ser trabajadores, somos hijos. Antes de ser ministros, somos hijos. Antes de hacer algo para Él, necesitamos aprender nuevamente a estar con Él.
Volvamos todos. El menor necesita regresar del país lejano. El mayor necesita entrar desde la puerta.
Los que llegan diciendo “no soy digno” y los que todavía creen “yo lo merezco”.
Sentémonos juntos.
Porque la mesa nunca fue nuestra, la mesa es del Padre.
Y si el Padre abrió la puerta, ¿quiénes somos nosotros para cerrarla?





