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WALL·E: Cuando estar conectados nos desconecta

Hay películas que parecen hablar del futuro, pero en realidad hacen preguntas sobre nuestro presente. WALL·E, estrenada por Pixar en 2008, es una de ellas.

La Tierra ha quedado inhabitable tras años de consumo desmedido y acumulación de residuos. La humanidad se instaló en una enorme nave llamada Axiom, donde todo está diseñado para que la vida sea cada vez más cómoda.

Pero cuando por fin conocemos a esos seres humanos, descubrimos que algo más profundo ocurrió. Lo tienen todo. Y, sin embargo, parecen haber perdido algo. No solo dejaron atrás la Tierra. También dejaron atrás una parte de sí mismos.

Cuando estar conectados nos desconecta

Los habitantes de la Axiom viven permanentemente conectados: pantallas, publicidad, entretenimiento, servicios automatizados. Todo está al alcance.

Una escena resume buena parte de la película: dos personas sentadas una al lado de la otra, cada una absorbida por su propia pantalla. Están conectadas. Pero no están juntas.

El problema no es la tecnología, que puede ser una herramienta extraordinaria. El problema comienza cuando una herramienta que debía ayudarnos a relacionarnos termina ocupando el lugar de la relación. Cuando mirar una pantalla empieza a reemplazar mirar al otro.

Una humanidad demasiado cómoda

En la Axiom nadie necesita caminar, cocinar, desplazarse ni limpiar. Todo está automatizado, y la película lo refleja incluso en los cuerpos: personas de movilidad muy limitada, siempre sentadas, dependientes de la estructura tecnológica que las rodea.

No hace falta leerlo como una crítica al cuerpo. Lo interesante es lo que representa: una humanidad que dejó de moverse porque todo comenzó a moverse por ella.

Y quizá hable de algo que va mucho más allá del sedentarismo físico.

También podemos volvernos sedentarios interiormente. Dejar de movernos de nuestras ideas, de nuestras costumbres, de nuestras certezas. Estar tan cómodos con lo que pensamos que ya no sentimos necesidad de escuchar.

Puede suceder incluso dentro de la fe. Podemos llenarnos de respuestas y dejar de hacer preguntas. Acumular información sobre Dios y dejar de buscar a Dios. Escuchar sermones, leer libros, consumir contenido cristiano y debatir durante horas, pero permanecer exactamente en el mismo lugar interior.

Estar llenos no siempre significa estar vivos. A veces simplemente significa que ya no queda espacio para recibir algo nuevo.

¿Una máquina que se sorprende?

Y entonces aparece WALL·E, una máquina construida para compactar basura. Repetitivo, funcional, programado.

Pero mientras los humanos pierden lo que asociamos con lo humano, él manifiesta curiosidad, asombro, deseo de compañía y, finalmente, amor.

Guarda los objetos que los humanos dejaron atrás. Mira una película. Descubre una pequeña planta, la toca, la observa, se sorprende. Y cuando aparece EVA, comienza a buscarla.

Es una inversión deliberada: los humanos funcionan cada vez más como máquinas, mientras una máquina nos recuerda gestos humanos.

Pero sería demasiado fácil decir que WALL·E «se vuelve humano», porque no lo es. A mi entender, la película no necesita convertir una máquina en persona para hablar de lo humano: la usa como espejo. Nos ayuda a reconocer, por contraste, lo que estamos perdiendo.

La capacidad de detenernos. De mirar. De sorprendernos. De vincularnos. De amar.

WALL·E no nos muestra lo que una máquina debería llegar a ser. Nos muestra, paradójicamente, algo que nosotros no deberíamos olvidar ser.

Humanizamos máquinas y mecanizamos al ser humano

Vivimos intentando que las máquinas se parezcan cada vez más a nosotros. Les damos nombres, voces, rostros; les pedimos que conversen y respondan de maneras cada vez más naturales.

Y, al mismo tiempo, empezamos a pensar al ser humano en términos mecánicos: rendimiento. Productividad. Eficiencia. Datos. Velocidad. Respuesta inmediata.

Como si la vida pudiera reducirse a lo que producimos.

La paradoja es inquietante: construimos máquinas cada vez más parecidas a nosotros mientras aprendemos a vivir como máquinas.

Y quizás WALL·E no esté preguntando si algún día una máquina será capaz de sentir, sino algo mucho más incómodo: ¿qué estamos perdiendo nosotros para que una máquina ficticia tenga que recordarnos lo humano?

El valor de mirar

WALL·E mira. No pasa enseguida al siguiente estímulo, no necesita convertir todo en contenido, no tiene prisa por abandonar lo que acaba de descubrir. Una pequeña planta consigue detenerlo. Esa escena es una imagen de lo que nuestra cultura necesita recuperar: la capacidad de prestar atención.

  • Los Evangelios muestran algo precioso en Jesús: está permanentemente en movimiento, pero no vive apresurado. Se detiene. Mira. Escucha. Habla.

En el Evangelio de Juan encontramos una sucesión de encuentros en los que ve personas concretas: Nicodemo, la mujer samaritana, el hombre enfermo junto al estanque de Betesda, el ciego de nacimiento, Marta, María, Lázaro.

No son figuras dentro de una multitud. Son personas reales, y Jesús se detiene delante de ellas.

Quizás nuestro problema no sea que ya no miramos, sino que miramos demasiado: imágenes, noticias, videos, publicidad, opiniones, mensajes. Cuando todo reclama nuestra atención, podemos terminar sin mirar realmente nada.

Ver muchísimo y observar muy poco. Estar permanentemente estimulados y profundamente distraídos.

Una pequeña planta

Por eso la planta que WALL·E encuentra es tan importante. No solo porque representa la posibilidad de regresar a la Tierra, sino porque es algo pequeño que interrumpe una existencia dominada por la repetición.

Una señal de vida orgánica en medio de un mundo convertido en desecho. La planta obliga a cambiar de dirección.

Quizás nuestras vidas también necesitan, de vez en cuando, algo que nos obligue a detenernos. Una conversación. Una pregunta. Un silencio. Una persona. Una crisis. Una palabra de Jesús que incomoda nuestras certezas.

Algo que nos haga levantar la mirada.

Porque quizás el verdadero peligro no sea que las pantallas ocupen demasiado tiempo, sino que perdamos la capacidad de estar presentes sin ellas.

Que ya no sepamos esperar ni escuchar. Que el silencio nos incomode y nos dé miedo quedarnos a solas con nuestros pensamientos. Que estemos en todas partes y, al mismo tiempo, en ningún lugar.

Volver a ser humanos

Hacia el final, los humanos regresan a la Tierra. Pero lo interesante es que tienen que volver a aprender: a caminar, a cultivar, a tocar la tierra, a hacer cosas por sí mismos, a relacionarse.

No regresan solo a un lugar. Regresan a una forma de vida que habían olvidado.

Y quizá la pregunta más honda sea otra: ¿hay alguna comodidad de la que Dios nos esté invitando a salir?

Porque también podemos instalarnos en nuestra manera de vivir la fe. Acostumbrarnos tanto a nuestras posiciones que dejamos de caminar. Llenarnos de respuestas hasta perder el hambre. Escuchar tantas voces que dejamos de reconocer la voz de Cristo.

El Evangelio no nos llama a acumular información. Nos llama a seguir a alguien: a caminar, a mirar, a escuchar, a amar, a estar presentes.

Por eso, en una cultura que permanentemente nos dice qué mirar, qué comprar, qué pensar y qué seguir, necesitamos recuperar algo aparentemente sencillo: levantar la mirada.

Mirar al otro. Mirar nuestra propia vida. Mirar aquello que estamos dejando atrás. Y, sobre todo, mirar a Cristo.

Tal vez WALL·E no sea solo una película sobre una humanidad que abandonó la Tierra, sino sobre una humanidad que, de tanto estar conectada, olvidó cómo estar presente.

Y la pregunta final es más cercana que cualquier futuro: en una cultura que cada vez nos enseña mejor a funcionar, ¿estamos aprendiendo a vivir realmente?

Giselle Cabrera
Giselle Cabrera
Giselle Cabrera es Bachiller en Teología de la UAD, se desempeña como profesora de Institutos bíblicos externos.

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