Sé lo que se siente luchar día a día con pensamientos destructivos en mi mente acerca de mis imperfecciones. “No me gusta esto, odio esto otro, lo cubro, lo escondo”, es como sentirse esclavo en el cuerpo de uno mismo.

Durante mucho tiempo me han acompañado los complejos por mi apariencia física, la culpa, la vergüenza, el estar pendiente todo el tiempo de opiniones ajenas. Se convirtió en un problema la toma de decisiones drásticas y peligrosas para cambiar mi silueta y sentirme aceptada por la sociedad, sentirme querida, deseada y establecerme metas sin final para lograrlo.

Lo que más tengo presente en mi memoria es el dolor, la ira y el desánimo de sentir que nadie veía realmente o valoraba tanto esfuerzo, tanto sacrificio. Cegada por el fin de moldear mi cuerpo como yo quisiera y restringirme hasta conseguirlo, fui cayendo cada vez más en este pozo, sin enterarme de todo lo que estaba perdiendo.

En mis muchos intentos de mejorar y tener una relación más sana conmigo misma bajo la famosa frase: “amate tal y como sos”, decidí hablarle a Dios sobre mi problema. Lo que me enseñó ese día jamás lo olvidaré, quedó tan impreso en mi corazón, y hoy quiero compartírtelo a vos también.

“Cuando yo era niño, hablaba, pensaba y razonaba como un niño; pero cuando crecí, dejé atrás las cosas de niño. Ahora vemos todo de manera imperfecta, como reflejos desconcertantes, pero luego veremos todo con perfecta claridad. Todo lo que ahora conozco es parcial e incompleto, pero luego conoceré todo por completo, tal como Dios ya me conoce a mí completamente”, 1 Corintios 13:11-12 NTV.

Cuántas veces hemos visto niños o incluso a nosotros mismos de pequeños, llorando porque se nos perdió un juguete, porque cerró la heladería o no nos salía una tarea… dejando espacio en nuestra mente para que ese problema ocupara todo el lugar; hoy nos reímos y decimos “no era para tanto”, porque hoy en día conocemos que no lo es todo… que ese dolor solo sería momentáneo hasta que nos enteráramos de que no era lo más importante.

Ahora te pregunto: ¿cuántas veces has pensado que tus imperfecciones son lo único que te impide ser feliz? ¿Cuántas veces lloraste por ellas creyendo que eran lo más importante en tu vida? Yo lo he hecho demasiadas veces, y la verdad, no te culpo si lo has hecho también. No nos llaman “generación de cristal” por nada, razonamos como niños ante estas “imperfecciones” porque nos han enseñado que, si no nos parecemos a alguno de los estereotipos de belleza de la sociedad en la que nos encontremos no somos dignos de recibir amor, no somos suficientes y debemos cambiar. 

A través de este pasaje bíblico, Dios me enseñó tres cosas:

  1. Todavía somos niños. Es entendible que imaginemos ciertos problemas con una magnitud que no tienen en la realidad, somos inocentes, poco sabemos y todo nos impacta el doble. Somos sensibles y todavía nos queda demasiado por conocer.
  1. No me conozco. Es algo loco porque uno diría que nadie se conoce tan bien como uno mismo, y aunque tenga algo de cierto, no lo es en su totalidad. En este pasaje Dios me reveló que en este momento de mi vida y hasta que llegue el día de nuestro encuentro, todo lo veré de manera imperfecta, todo lo veré incompleto, sin sentido, y habrá mucho que no lograré entender. Mi vida ahora es como ver a través del reflejo de un espejo a oscuras, como dice otra versión.
  1. Un día sí veré. Dios… Dios es el único que me conoce por completo, en los enredos de mi mente y la complejidad de mis pensamientos, conoce todo mi pasado, mi futuro y más de mi presente. Conoce lo que me alegra y me entristece, todas mis facetas… mis errores, mis caídas y cada una de mis lágrimas. Pensó en mí antes de existir siquiera… Él me creó, y diseñó cada parte de mi cuerpo con un propósito, para darme una razón por la cual vivir; anhelando que pueda sentirme libre y feliz. Un día me podré conocer como Él me conoció… un día entenderé lo valiosa que realmente soy para Él.

“Si tan solo supiéramos que no conocemos ni un 1% de lo que realmente somos para el Creador del universo”.

Me parte el corazón que hoy todos estemos rotos y desconsolados sufriendo tanto por nuestras queridas imperfecciones, pero si tan solo tuviéramos en cuenta que hubo una razón por la cual Jesús dio su vida por nosotros, que hubo algo que le animó a tener misericordia con nosotros para perdonarnos y darnos vida eterna… si realmente fuéramos conscientes de que Dios nos ama tal y como somos… supongo que ya no habría un espacio tan grande en nuestra mente para las “imperfecciones”.

Sé lo que se siente luchar día a día con imperfecciones que se presentan como pensamientos destructivos en mi mente acerca de mí misma. Y creo que vos también lo sabés… y sé lo duro que es, pero hoy te animo a que le abras tu corazón a Dios, le hables de tu problema y verás que si lo crees de verdad, sentirás paz por ser quien sos. Tenés un propósito único que lleva tu nombre y tu apellido. Nadie más puede remplazarte. 

“Si tus imperfecciones son perfectas para Dios, tu Creador, ¿Por qué insistir tanto en eliminarlas de tu cuerpo?”

No hay nada de malo intentar ser la mejor versión de uno mismo, pero cuidado con tener el pensamiento de un niño durante mucho tiempo, dejando espacio al llanto y la decepción por no conseguir lo que nosotros vemos ahora como “lo más importante”. Hay alguien que pagó un precio demasiado alto como para que te prives de vivir feliz sintiéndote esclavo de aquellas inseguridades que tanto te afligen.

Querido Dios: 
Gracias... por entregar la vida de tu hijo por alguien como yo... sé que hay mucho que no logro comprender. Tengo inseguridades acerca de mí, muchas veces me cuesta aceptarme como soy. Pero hoy, en un acto de fe, decido creerte y confiar en lo que tú piensas de mí. Me conoces mejor que nadie y sé que algún día me conoceré así también... gracias por tener tanto amor por mí, ese amor que a veces a mí me falta tener. Amén