El 26 de diciembre de 2004, el océano rugió. En cuestión de minutos, un tsunami arrasó las costas del sudeste asiático, dejando más de 230.000 muertos y millares de desaparecidos. En medio de esa tragedia, una familia sobrevivió a lo impensable.
Lo imposible es una película de drama y suspenso estrenada en el año 2012, dirigida por J.A. Bayona. Un detalle no menor es que trata sobre una historia basada en hechos reales: la trágica experiencia de la doctora española María Belón y su familia, un matrimonio con tres hijos que vacacionan en un paraíso convertido en ruinas, y la fuerza de un amor que se niega a extinguirse.
Pero más allá del desastre natural, esta película desnuda otro tsunami: el de la fragilidad humana, la vulnerabilidad y la necesidad de encontrarnos en medio del dolor. Hay momentos en los que la vida se parte en dos: el antes y el después del golpe. Lo imposible no solo habla del agua que destruye, sino del amor que reconstruye. Y ahí es donde el Evangelio del Reino se hace visible, es la vida que emerge cuando todo lo demás se pierde.
El Evangelio del Reino y los vínculos que permanecen
La fragilidad como punto de partida es la clave de la película, ya que no edulcora la tragedia: muestra cuerpos heridos, miedo, desesperación, impotencia. Pero justo ahí, cuando parece que naufragamos, resurge la esperanza.
El Reino de Dios se manifiesta cuando descubrimos que la vida no nos pertenece y que el amor —ese amor que da la vida— es lo único que queda firme cuando todo se desmorona.
“Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.” (Mateo 5:4).
Lo imposible y el Diluvio
El tsunami de la película y el relato bíblico del Diluvio en Génesis capítulo 7 en adelante tienen un lenguaje parecido: el mundo no es tan estable como creemos. La autosuficiencia se quiebra, la ilusión de control muere, y en esa vulnerabilidad aparece la posibilidad del Evangelio del Reino: “Jesús lo llamó: nacer de nuevo”.
Podríamos traer la figura del bautismo, cuando las aguas nos cubren, destruyen lo viejo y nace una nueva creación.
Los vínculos que Dios preserva
Mientras María (Naomi Watts) y su hijo mayor Lucas (Tom Holland) luchan por sobrevivir, la historia se transforma en una búsqueda mutua, al igual que la otra parte de la familia.
Esa escena, donde Lucas se detiene a ayudar a otros en lugar de correr, solo refleja un destello del Evangelio: “La prioridad no es llegar primero, sino no dejar a nadie atrás”.
Jesús lo enseñó cuando dijo: “Nadie tiene mayor amor que este: que uno ponga su vida por sus amigos.” (Juan 15:13).
Otra de las escenas más impactantes es la del reencuentro: algo totalmente imposible sucede, todos son reunidos milagrosamente en un mismo lugar. Lucas, mientras ayuda a otros a encontrar a sus padres, es encontrado por su propio padre y sus hermanos más pequeños.
Ese es el pulso del Reino: Dios siempre preserva vínculos. Lo hizo con Noé: en medio de la adversidad, lo que Él salva no es solo a un hombre, sino a una familia.
El Reino de Dios no es individualista. La salvación nunca fue un proyecto solitario, la fe bíblica es comunitaria, generacional y afectiva. Los vínculos en la comunión de los santos no se basan en conveniencia, sino en compasión. El amor que salva no es sentimental, es sacrificial.
El Arca como una sombra de Cristo
En Génesis, la única esperanza de vida era entrar en el arca. Todo lo que quedaba fuera… se perdía.
Así también en nuestros días: hay tsunamis externos llamados pérdidas, enfermedad, quiebres; y tsunamis internos como las ansiedades, las culpas y las heridas. Pero el alma solo descansa en un lugar: en Cristo, nuestro Arca.
El arca no detuvo el Diluvio. Aunque Jesucristo detuvo tormentas, hay tempestades que Él suele permitir. En ambos casos, hay un refugio que permanece firme mientras nuestro mundo se rompe.
En la película, ese refugio temporal es el amor familiar. En el Evangelio, ese refugio eterno es Cristo: quien nos guarda, nos sostiene, nos reencuentra, nos reconcilia y nos incluye en su familia eterna.
Conclusión
Lo imposible y el relato del Diluvio nos recuerdan esto:
Las aguas vendrán: el mundo hiere. La vida cambia. El alma tiembla.
Pero hay un solo lugar seguro: Cristo sigue siendo refugio para quienes sienten que no pueden más.
“Porque tú has sido un refugio para el pobre, un protector para el necesitado en su aflicción, refugio contra la tempestad, sombra contra el calor.” (Isaías 25:4).
Dios sigue preservando vínculos: familias, amistades, comunidades, corazones. El Reino se manifiesta en cada abrazo reencontrado, en cada mano que no suelta la otra, en cada alma que decide volver a amar aun después del golpe.
Tal vez hoy estés navegando tus propias aguas turbulentas. O quizás estés sosteniendo a alguien que siente que se ahoga. Sea cual sea el tsunami, recordá esto:
La adversidad no tiene la última palabra. La gracia sí.
El caos no define tu historia. Jesucristo sigue construyendo refugios donde todo parece perdido.
- Volvé a construir vínculos: buscá, abrazá, perdoná, reconstruí.
- Entrá en el Arca: volvé a Cristo como refugio.
- Sé un Noé para otros: construí espacios seguros donde el caos no tenga dominio.
Porque incluso en el desastre, Dios hace posible lo imposible.



