Hay historias bíblicas donde Dios habla claramente y sus manifestaciones de poder son evidentes.
Y hay otras —como la de Ester— donde Dios guarda silencio.
No hay fuego descendiendo del cielo, ni mares que se abren, ni profetas anunciando juicios.
El nombre de Dios no aparece ni una sola vez en todo el libro. Y, sin embargo, su mano está en todas partes. Invisiblemente firme. Soberanamente presente.
La película One Night with the King, que en español encontramos como “Una noche con el rey”, puede ayudarnos a imaginar la antigua Persia, sus costumbres, el palacio y sus lujos, y ponerle rostros a esta historia; de hecho, es un buen plan que te recomiendo, sin duda un recurso visual excelente para iniciar este recorrido que haremos sobre la reina Ester.

El corazón del mensaje late con más fuerza cuando volvemos al libro que lleva su nombre, y quisiera mencionar una última recomendación: unas reflexiones pastorales de Charles Swindoll tomadas de su libro Una mujer de fortaleza y dignidad: Ester, que nos invita a mirar esta historia no como leyenda, sino como espejo.
Una mujer en medio del sistema
Ester no surge desde un lugar de poder. Es mujer, judía, huérfana y exiliada. Vive dentro de un sistema político que no fue diseñado para protegerla, sino para utilizarla. Y, sin embargo, Dios decide obrar allí.
Esto rompe una idea muy instalada: que la acción divina solo ocurre en contextos “puros”, religiosos o moralmente ordenados. El libro de Ester nos muestra a Dios trabajando desde dentro de estructuras complejas, injustas y ambiguas, sin validarlas, pero usándolas para preservar la vida de su pueblo.
Swindoll subraya algo clave: Ester no fue elegida por su fuerza, sino que la fortaleza se formó en ella a través del proceso. No nace valiente; se vuelve valiente cuando comprende que su silencio también es una decisión.
Poder, política y providencia
El libro de Ester no disimula el rostro del poder. Reyes inestables. Decretos injustos. Intrigas que se deciden en banquetes. Vidas que pueden perderse con una sola firma.
Aquí aparece una de las enseñanzas más poderosas del libro: la providencia de Dios no anula la responsabilidad humana. Dios gobierna la historia, pero Ester debe actuar.
Mardoqueo lo expresa con crudeza:
“Si callas, Ester, la liberación vendrá de otro lado, pero tú y la casa de tu padre perecerán” (Ester 4:14).
Esta tensión —entre soberanía divina y decisión humana— es profundamente actual. Vivimos tiempos en los que muchos esperan que Dios “arregle” las cosas desde el cielo, mientras evitan asumir el costo de la obediencia. Ester nos recuerda que la fe auténtica siempre implica riesgo.
“¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?”, termina diciendo Mardoqueo.
No es una promesa. Es una pregunta.
Y las preguntas de Dios siempre nos colocan frente a una decisión.
El silencio de Dios y la fe madura
Ester avanza sin garantías.
No sabe si el rey extenderá el cetro.
No sabe si vivirá o morirá.
Solo sabe que no puede seguir igual.
El silencio de Dios no es ausencia. Es formación.
Swindoll describe esta escena como el nacimiento de una fe adulta: una fe que no depende de señales visibles, sino del carácter de Dios. Una fe que no exige explicaciones, sino que confía. Una fe que dice: “si perezco, que perezca”, no desde el fatalismo, sino desde la entrega.
Esta enseñanza dialoga profundamente con nuestra cultura, marcada por la ansiedad, la necesidad de control y la búsqueda constante de seguridad. La historia de Ester nos confronta con una pregunta incómoda:
¿obedeceremos igual a Dios cuando Él decida no darnos los detalles?
Una historia necesaria para nuestro tiempo
Ester es una historia para quienes se sienten fuera de lugar, para quienes viven su fe en contextos hostiles o indiferentes, para quienes creen que su voz es pequeña frente a sistemas enormes. Nos recuerda que Dios sigue obrando en el exilio, en el anonimato y en decisiones aparentemente invisibles.
El verdadero impacto de este relato ocurre cuando comprendemos que esta no es solo la historia de Ester: es una invitación a discernir nuestro lugar, nuestro tiempo y nuestra responsabilidad.
Porque quizás —como le dijeron a ella— hemos llegado hasta aquí para un tiempo como este.
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