Un escrito de Maxi Kreick
La frase que titula estas líneas no es solo un lema; es el resumen perfecto del motor que ha impulsado mi formación teológica durante todos estos años.
Al reflexionar sobre este trayecto, identifico tres conceptos fundamentales que sintetizan dicha vocación: llamado, aprendizaje y excelencia.
Primeramente, el llamado.
El estudio de la teología no nace de un intento por combatir el aburrimiento ni del simple deseo intelectual de desentrañar textos complejos. Por el contrario, estudiamos teología porque reconocemos una vocación divina: un llamado que emana de Dios hacia Él mismo y, por extensión, hacia Su pueblo.
Esta vocación consiste en escudriñar “todo el consejo de Dios” con el fin último de compartirlo con la comunidad de fe, y más aún, con aquellos que no conocen al Señor.
En segundo lugar, el aprendizaje.
La teología no desciende del cielo en un paquete sellado como por arte de magia; requiere horas de estudio riguroso y una dedicación constante. En este camino, la humildad es indispensable.
Nadie puede jactarse de poseer un conocimiento absoluto y definitivo; más bien, el estudio teológico es un ejercicio de “enseñabilidad”, donde nos disponemos a aprender de aquellos que han recorrido antes el camino de la academia y la vida cristiana.
Con lo cual, al estudiar aprendí también que toda mi teología es la de un peregrino: aprendo por la fe acerca de cosas que voy a ver de manera precisa en la gloria venidera.
Finalmente, la excelencia.
Todo lo que emprendemos debe hacerse para la gloria de Dios. Por ello, la teología no puede ser un ejercicio superfluo de especulaciones ligeras y/o banales.
Debe ser un estudio concienzudo, serio y profundo; una labor minuciosa guiada por el Espíritu Santo y anclada en la Palabra de Dios.
Entonces, tras tres años de formación en la Facultad de Teología Integral, surge la pregunta inevitable: ¿para qué ha servido todo esto?
Desarrollo
En retrospectiva, puedo afirmar que la formación recibida me ha moldeado en tres dimensiones esenciales: lo intelectual, lo espiritual y lo comunitario.
1. Una formación profundamente intelectual
La exigencia académica de FTIBA eleva la vara del pensamiento y los procesos cognitivos involucrados. El rigor de sus clases y requisitos habitúa al estudiante a un estándar intelectual superior a la media.
Gracias a este proceso, hoy somos capaces de ejercer un pensamiento crítico que valora la tradición de la Iglesia, pero que no teme explorar nuevos caminos (o re-descubrir los antiguos y olvidados) en la búsqueda de un entendimiento más meridiano de la fe.
Durante este proceso, adquirimos un vocabulario técnico (al mismo tiempo que memorizamos cientos de palabras foráneas) y metodologías que antes nos resultaban ajenas.
Me gusta comparar la formación en la Maestría en Divinidad con la edificación de una casa:
- El fundamento: los idiomas bíblicos (hebreo antiguo y griego koiné).
- Las columnas: la exégesis y la interpretación realizada directamente desde los textos originales.
- Las paredes y el techo: la teología bíblica y sistemática, coronadas por la historia de la Iglesia.
- El interior: la teología práctica (homilética, consejería, pastoral, misiones, ética y apologética).
Una vez terminada la construcción, estamos listos para abrir las puertas y recibir a los invitados a través de la conversación, la predicación, la enseñanza, la consejería y el cuidado pastoral.
2. Un enfoque profundamente espiritual
Más allá de la erudición y las incontables páginas escritas, el anhelo principal no ha sido obtener un diploma, sino alcanzar la piedad a través del estudio.
El summum de la teología es conocer a Dios para deleitarnos en Él. En FTIBA, la teología no es un fin en sí mismo, sino un medio de adoración.
Los cursos regulares de formación espiritual actúan como un salvaguarda para que el conocimiento no se convierta en un ídolo, ni en un instrumento de legalismo o antinomianismo.
Al confrontar la belleza insondable de Dios con la realidad de nuestro propio corazón pecaminoso, el Evangelio de Jesucristo nos interpela.
En este sentido, el estudio de los puritanos —especialmente de John Owen— ha sido vital para forjar una “mente espiritual”.
Aprendemos a leer la Biblia desde la centralidad del Dios Trino y a maravillarnos ante Su gloria revelada en la cruz de Cristo.
Solo hay una respuesta posible después de ser expuesto a esto por tres años: arrodillarse y adorar a Dios.
3. El crisol de la vida en comunidad
La teología no se produce en una “torre de marfil”, aislada de la realidad comunitaria.
El estudio teológico no debe crear personas hoscas, agrias o distantes; al contrario, a mí me ha vuelto más humano.
He comprendido que el vínculo pactual que tengo con Dios impacta directamente en mi vínculo con los demás.
Esta vida comunitaria se manifiesta en tres facetas esenciales:
- Unidad en la diversidad: en el seminario convergemos estudiantes de diversas denominaciones. Sin embargo, nos une “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Efesios 4:5). Disfrutar de esta diversidad es saborear un anticipo del Cielo en la tierra.
- Comunión profunda: FTIBA no es solo un lugar de estudio, sino un espacio donde se ríe, se llora y se forjan amistades que duran toda la vida. Algo que un veterano profesor de la casa gusta de llamar ‘pericoresis’.
- El servicio: desde las tareas asignadas por becas hasta los actos voluntarios, aprendemos a servirnos por amor a Jesús. Cada tarea, incluso las más simples, es un acto de adoración.
Realizamos cada labor con alegría, motivándonos mutuamente a no caer en la mediocridad, sino a servirnos los unos a los otros y aportar a la institución con gozo.
Como la Escritura enseña y la tradición reafirma, estudiar teología es una de las formas de glorificar a Dios y ser plenamente felices en Él. Esa ha sido mi experiencia personal.
En FTIBA aprendí una manera de ser y de actuar anclada en el rigor académico, la profundidad espiritual y la centralidad de la comunidad.
Si estás leyendo estas líneas, quizá Dios te esté llamando a considerar los estudios teológicos.
Que en el trayecto puedas gozar de la inmensa dicha de cultivar una mente entregada a la verdad y un corazón rendido a Dios.



