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Dios no me habla

Imagínate un vaso en el que comenzamos a verter líquido de tal manera que decidimos ignorar el límite del recipiente y, lógicamente, llega un momento en el que su contenido es derramado en el suelo. Este vaso no fue creado para albergar más de lo que supera su propio diseño. Y es aquí donde me gustaría preguntarte: ¿Dios no te habla, o tienes tu vida desbordada en otras ocupaciones? Si queremos escucharle con claridad, ¿estamos dispuestos a vaciarnos primero?

A menudo, he sido testigo de prédicas en plataformas, a través de líderes y círculos cercanos a mi vida, que han hecho resonar en mi cabeza afirmaciones como “escuché la voz de Dios y me dijo que…”. Recuerdo perfectamente pasar temporadas donde me hacía constantemente la misma pregunta: “¿Cómo es posible que ellos supuestamente escuchen con facilidad la voz de Dios, y yo no? ¿Será que no me habla?”.

Debemos partir de la realidad inconfundible, a la luz de las Escrituras, de que Dios habla. Al leer la Biblia, percibimos su corazón deseoso y celoso (Santiago 4:5) por estrechar una íntima relación contigo, con su amada creación. Es un anhelo impregnado en la naturaleza del Padre que busca incansablemente manifestar su amor a todos sus hijos, revelarse a aquellos que no lo conocen e inundar toda la Tierra de su conocimiento. Dios envió a su mayor regalo, Jesús, como muestra de amor al mundo para restaurar esa conexión quebrada a causa del pecado (Colosenses 1:15).

Ahora bien, es interesante cuando leemos en la Biblia por parte de Jesús la siguiente advertencia en diferentes ocasiones: “El que tenga oídos para oír, que oiga” (Marcos 4:9; Lucas 8; Mateo 13). ¿Qué quería decir Jesús exactamente? ¿Acaso no tenemos, como seres humanos, oídos para oír?

Sin embargo, aquí Jesús está apuntando directamente a un llamamiento que tiene que ver con nuestra decisión de prestar atención y su posterior aplicación a nuestras vidas. Lo cierto es que esto, en el panorama actual, en medio de una sociedad inmersa en una estimulación constante, supone todo un desafío. Es el reto que se encuentra relacionado con el vaso que mencionamos al principio del artículo.

El corazón del Padre sigue ardiendo por una intimidad en tu día a día pero… ¿eres Marta o María? ¿Pesa más en tu vida tu propia agenda que la presencia de Dios? ¿Están tus prioridades alineadas para escuchar la voz del Señor? 

Imagínate la típica escena romántica de película donde el novio envía cartas a su novia. El amante cuida cada detalle de su escritura, se toma el tiempo para elegir cada palabra y tras su acción hay un corazón deseoso de que ella reciba tal muestra de amor. No obstante, mientras el novio ha apagado todo ruido a su alrededor para escribirle, ella vive inmersa en su propio mundo donde parece no existir el silencio: una agenda llena y apretada, dominada por una pereza que mata la expectación de su relación y no le invita a abrir el buzón. Qué triste. Y lo peor es que esta película no está tan lejos de cada uno de nosotros. Según Juan 10:27, como ovejas le atendemos y le obedecemos al seguirle. ¿Qué más podemos hacer que pararnos a escuchar, meditar en lo verdaderamente importante y aprender a atender su voz? 

La realidad es que Dios también nos escribió una carta abierta llamada Biblia; envió su propia Palabra a este mundo a fin de sellar su amor para con nosotros en Jesús, y nos dejó su promesa del Espíritu Santo. Así que, adelante, no importa las veces que le hayas ignorado, nada puede parar el hecho de que Él ya te está esperando con los brazos abiertos.

Marta Durán
Marta Durán
Nació en Cádiz, en un pequeño pueblo del sur de España. Licenciada en Periodismo y Márketing Digital, su gran pasión siempre ha estado entre sus manos desde temprana edad: observar el mundo desde tras la cámara. Ahora, su corazón arde por exaltar a Jesús en sus diferentes formas de expresión de arte y que su nombre sea afamado.

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