El matrimonio es una bendición enorme dada por Dios, y debemos comprender que requiere trabajo, esfuerzo, dedicación, una voluntad activa en pos de cuidarlo. Hoy quiero que reflexionemos sobre lo siguiente: de qué manera puedo yo potenciar a mi cónyuge, para que logre los objetivos de vida que se ha propuesto y que Dios le ha dado. 

La Palabra de Dios dice que al unirnos en matrimonio somos uno, lo cual implica dejar de pensar en mí mismo para pensar en esta nueva familia que el Señor ha formado. Un error común ha sido creer que al ser uno, nuestra individualidad se anula. Esto no es saludable para la pareja. 

“Somos uno en calidad de familia, somos uno en cuanto a que iniciamos una unidad espiritual, emocional y física

Martín Carrasco, pastor de iglesia Casa de Oración.

Compartiendo proyectos para edificar una familia conforme a la Palabra de Dios. Pero, seguimos siendo dos personas diferentes, con sus propias particularidades, su propia personalidad y sus propios objetivos de vida, los cuales deben respetarse y potenciarse. 

Cónyuges 

Desde que entró el pecado en la humanidad, uno de los rasgos más notorios es la falta de equilibrio. Siempre nos vamos a los extremos. O vivimos en pos de agradar al cónyuge al cien por ciento, o vivimos egoístamente, ajenos e indiferentes a lo que le ocurre al otro. 

La manera de contrarrestar esto es con equilibrio. Jesús lo planteó de esta manera: “ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19:19b). No anuló mi individualidad como persona creada a imagen y semejanza de Dios, y tampoco anuló la personalidad e individualidad de mi cónyuge. Por el contrario, ahí viene el desafío, debo ayudarlo, potenciarlo, animarlo en su desarrollo de vida. 

Por eso quiero hablarte de la palabra cónyuge. Etimológicamente significa “los que llevan el mismo yugo”. Y tiene dos significados. El primero es, en sentido legal, personas físicas que forman parte de un matrimonio. Y la segunda, en sentido espiritual, personas que fueron preparadas para caminar juntos llevando el mismo objetivo de vida. 

Y aquí debemos ser claros y contundentes, para evitar fracasos y frustraciones. Cuando comprendemos el significado integral de cónyuge, entendemos esto: yo no me caso para que mi esposa me haga feliz; lo hago para yo hacerla feliz a ella.

“No me caso para que ella me complete. Mi completitud en Cristo se une a la completitud de mi esposa

Martín Carrasco, pastor de iglesia Casa de Oración.

Me caso para que en esa unidad podamos ayudarnos mutuamente, llevando juntos el mismo yugo. 

El día en que ella quiso dejar…

El primer año de nuestro matrimonio fue duro. Ajustes, crisis, planteos y replanteos, parecían más dudas que certezas. En el medio, una situación económica que debía comenzar a estabilizarse pero que estaba lejos de eso. 

Mi esposa había comenzado sus estudios terciarios para ser docente de grado. Pero, honestamente, no nos alcanzaban los recursos. Muy al contrario, faltaban. Una tarde, volviendo de la oficina donde yo trabajaba, ella salió a buscarme para decirme que iba a dejar los estudios. Con algo de tristeza y preocupación, parecía ser que la decisión estaba tomada…

Ese día lo tengo muy grabado en mi memoria; me armé de coraje y le dije que de ninguna manera podía hacer eso, que nos íbamos a arreglar, que saldríamos adelante y que no contemplara esa posibilidad. No pienses que soy un súper marido. No se lo dije de manera poética, en mi interior estaba lleno de temor, pero hoy, a la distancia, agradezco a Dios haber tenido esa reacción. 

Ella no solo terminó sus estudios para ser docente de grado, también realizó una segunda carrera: profesorado de educación especial. Gracias a Dios porque Él nos enseñó, a través de ese momento duro, que debemos potenciar a nuestro cónyuge y no ser una herramienta de tropiezo o estancamiento. 

Moisés, Aarón y Jur 

Amamos el ministerio de Moisés, pero no he conocido a muchos que abracen el ministerio de Aarón y Jur: estar ahí simplemente para sostener los brazos (Éxodo 17:12). Hay momentos en los que nuestro cónyuge se cansa. Se agota. Quiere renunciar. Allí debemos estar nosotros. 

Te animo a que pienses: ¿de qué manera puedo yo levantar los brazos de mi cónyuge? ¿De qué manera puedo yo animarlo, potenciarlo, levantarlo? ¿Qué palabras he dicho que lo han rebajado? ¿Debo pedirle perdón por algunas veces que he actuado torpe y egoístamente? ¿Cómo hacer para dejar de enfocarme en sus puntos negativos y en sus defectos, y comenzar a honrar sus virtudes y aciertos? ¿Cómo puedo instalar en mi hogar una cultura de Aarón y Jur? ¿He tenido actitudes que han frenado su crecimiento? ¿He actuado de manera tal que he pensado más en mí que en el otro/a? 

Y puede ser que alguien diga, “Bueno, pero la otra persona tampoco piensa en mí, se comporta egoístamente, cómo yo voy a pensar en ayudar al otro si él/ella no me ayuda”. Si, quizás tengas razón. Déjame terminar con esto: comenzando el cambio por uno mismo, poco a poco se va desterrando la cultura del egoísmo y se instalará, en ambos, la cultura de pensar más en el otro. Esa circularidad se generará en el matrimonio al punto tal que puedo asegurarte, verás aires nuevos de armonía en tu hogar.

Martín Carrasco
Pastorea la iglesia Casa de Oración en el partido de San Vicente, Buenos Aires. Trabaja en pastoral juvenil desde el año 2005, fue parte del staff de la Radio Mundial CVC La Voz, y tiene publicados 4 libros. Apasionado por la familia, esta casado con Lu, y tienen una hija llamada Maite.