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“AMÉN”: CUANDO UNA PALABRA SE VUELVE UN NOMBRE

Hay palabras que usamos tanto que corremos el riesgo de vaciarlas de sentido. “Amén” es una de ellas. La decimos al final de una oración o de una predicación de manera automática, pero pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente y por qué la Biblia la usa con tanta densidad teológica.

“Amén” en hebreo: firmeza, verdad y fidelidad

La palabra amén proviene del hebreo ʾāmēn (ֵמןאָ) y está emparentada con la raíz ʾāman (ַמןאָ), que significa: ser firme, ser estable, ser confiable, ser fiel, sostener algo con seguridad.

De esta misma raíz surgen palabras clave del Antiguo Testamento como:

  • emunáh (fidelidad, fe)
  • ʾōmen (apoyo, sostén)

Decir “amén” en hebreo no es solo decir “así sea”, sino afirmar:
“Esto es verdadero, esto es firme, en esto me afirmo.”

En el Antiguo Testamento, “amén” aparece aproximadamente 30 veces, principalmente en contextos litúrgicos (respuestas del pueblo), de pacto y de ratificación solemne.

Ejemplo clave: “Y todo el pueblo dirá: Amén” (Deuteronomio 27).

Aquí, amén funciona como una firma espiritual colectiva: el pueblo asume responsabilidad sobre lo que Dios ha dicho.

“Amén” en griego: continuidad, no traducción

Cuando la Biblia es traducida al griego (Septuaginta) y luego escrita en el Nuevo Testamento, ocurre algo llamativo: la palabra no se traduce.

El griego usa ἀμήν (amēn), una transliteración directa del hebreo.

Esto es teológicamente fuerte: el término es tan denso que no se lo reemplaza; se lo conserva.

En el Nuevo Testamento, “amén” aparece aproximadamente 129 veces, con una particularidad notable:

  • La mayoría de las veces sale de la boca de Jesús.
  • Jesús no lo usa solo al final, sino al comienzo de sus declaraciones.

Ejemplo: “Amén, amén os digo…” (en muchos pasajes de los evangelios).

Esta doble fórmula —traducida como “De cierto, de cierto”— es exclusiva del discurso de Jesús.

Aquí, amén ya no es respuesta colectiva, sino autoridad.

Jesús no dice “esto es verdadero porque otro lo dijo”, sino:
“Esto es verdadero porque Yo lo digo.”

Debemos agregar también que en las cartas apostólicas, en sus doxologías y cierres, “Amén” está presente, particularmente en los escritos de Pablo, Pedro y Juan (en el libro de Apocalipsis).

Hace unas cuantas semanas que vengo obsesionada estudiando este término, y me encontré con un gran sermón titulado “El Amén”, predicado en el año 1866 por Charles Spurgeon, en el cual él hace una afirmación tan sencilla como radical:

“Amén” no es solo una palabra litúrgica, es un título de Cristo.

Spurgeon parte de Apocalipsis 3:14, donde Jesús se presenta a sí mismo como:

“Estas cosas dice el Amén, el testigo fiel y verdadero.”

Desde allí desarrolla una idea central que atraviesa todo el sermón:

Cristo es la confirmación definitiva de Dios.

No solo dice la verdad; Él es la verdad ratificada, la verdad con peso eterno.

Para Spurgeon, el valor del término amén no está en su repetición mecánica, sino en su contenido teológico. Recupera su sentido original hebreo —verdadero, fiel, cierto— y explica que en la Escritura cumple al menos tres funciones fundamentales:

  1. Aseveración – afirmar con autoridad lo que es verdadero.
  2. Consentimiento – aceptar plenamente la voluntad de Dios.
  3. Petición – sellar una oración confiándola a Dios.

Pero el giro cristológico es clave.

Spurgeon sostiene que Jesucristo encarna las tres. Cristo es el Amén de Dios porque:

  • afirma los propósitos eternos del Padre.
  • consiente plenamente la voluntad divina (en su vida y en su cruz).
  • garantiza la eficacia de toda verdadera oración.

En palabras del propio Spurgeon, sin Cristo no hay “Amén” real, porque es Él quien da sustancia, cuerpo y cumplimiento a todo lo que Dios ha prometido.

Todas las profecías, los tipos del Antiguo Testamento y las promesas del pacto quedan incompletas hasta que Dios dice su Amén… y ese Amén es Jesucristo.

Esta lectura se enlaza directamente con la afirmación de Pablo:

“Porque todas las promesas de Dios son en Él Sí, y en Él Amén” (2 Corintios 1:20).

Aquí, amén deja de ser una respuesta humana para convertirse en una acción divina.

Dios no solo promete: Dios confirma.

Y esa confirmación no es una idea ni una doctrina abstracta, sino una Persona.

Spurgeon va aún más lejos: afirma que en la cruz, Dios pronuncia el Amén más solemne de todos. Allí, en el sacrificio de Cristo, el Padre ratifica simultáneamente:

  • la seriedad del pecado.
  • la justicia de la ley.
  • la profundidad de la gracia.

El Amén de Dios no es indulgente ni liviano; es costoso.

Es un Amén escrito con sangre.

Del púlpito a la canción: un mismo “Amén” que atraviesa los siglos

Entre el púlpito del siglo XIX y una canción que suena en las plataformas digitales del siglo XXI parece haber una distancia inmensa. Sin embargo, cuando la palabra es amén, la distancia se acorta.

Charles Spurgeon habló del Amén como un título de Cristo. No como un recurso retórico ni como una costumbre litúrgica, sino como una afirmación teológica radical: Jesucristo es el Amén de Dios, la confirmación viva de todo lo que el Padre ha prometido, decretado y dicho.

En Spurgeon, amén es objetivo, sólido, eterno.

Es Dios diciendo: “Esto es verdadero, y no cambiará.”

Pero la historia no termina en el púlpito.

Porque la misma palabra —cargada de siglos de fe— reaparece, casi intacta, en la cultura popular. Ya no como doctrina, sino como clamor. Ya no como proclamación, sino como súplica.

En la canción “Amén” del cantautor Ricardo Montaner, lanzada en diciembre de 2021, el término no cierra una oración, sino que la atraviesa, se repite e insiste constantemente:

“Amén, amén, aquieta mi inquietud, te pido.”

Aquí el amén no intenta explicar a Dios. Intenta sostenerse en Él. Y eso, lejos de ser ajeno a la Biblia, es profundamente espiritual. Porque amén, en su raíz más antigua, como ya lo analizamos, significa afirmarse, apoyarse, descansar en algo firme.

La canción expresa exactamente eso: un alma que no se sostiene sola y lo sabe. Una voz que reconoce el miedo, la fragilidad, la vulnerabilidad y la necesidad de ser cuidada.

Spurgeon nos mostró el Amén que desciende desde Dios.
La canción nos muestra el amén que asciende desde el ser humano.

Uno es certeza eterna.
El otro es el hambre de esa certeza.

Y entre ambos no hay contradicción, sino un puente.

El Evangelio vive justamente ahí, en esa tensión: en el punto donde la verdad firme de Dios responde a la inquietud real del hombre. Donde el Cristo que es llamado el Amén se vuelve sostén para quienes solo pueden decirlo entre lágrimas.

Tal vez por eso esta palabra nunca desapareció. Cambia el lenguaje, cambia la música, cambia la época.

Pero cuando todo lo demás falla, el ser humano vuelve a decir amén, no como fórmula, sino como refugio.

Lo más impactante aún es que en muchos de los idiomas existentes en el mundo este término se pronuncia de la misma manera.

Quizás hoy no necesites más explicaciones. Tal vez solo tengas inquietud, cansancio, preguntas sin resolver. Si es así, este amén también es para vos.

No como un cierre apurado, sino como una decisión silenciosa: aferrarte a Aquel que es fiel, aun cuando otros —o vos mismo— no lo sean.

Y decir, con lo que tengas —fe firme o voz temblorosa—:

Amén.

Giselle Cabrera
Giselle Cabrera
Giselle Cabrera es Bachiller en Teología de la UAD, se desempeña como profesora de Institutos bíblicos externos.

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