Es posible que al pensar en la adoración venga rápidamente a nuestra mente la imagen de un púlpito, de una plataforma o un escenario, que asociemos la adoración inmediatamente a ese lugar donde se centran las miradas, donde las luces y las pantallas se encienden, donde los músicos ya se prepararon con anterioridad. 

Cuánto más si el director asignado tiene gracia y está bien preparado para semejante labor… Todo estará listo para dar una buena performance de adoración. ¿Pero es el único lugar donde podemos conectar nuestra necesidad intrínseca de adorar?

“A decir verdad, la adoración no se sujeta solo a un lugar físico, a canciones de moda ni a un ministerio que nos inspire”

Christian Canteros, pastor del ministerio de Alabanza de la Iglesia Catedral de la Fe

Ella empieza en un sitio más íntimo, en el corazón. Este es el centro de nuestras emociones, de nuestro intelecto y de nuestra voluntad. Siempre digo que si Dios tiene nuestro corazón, entonces lo tendrá todo de nosotros. Adorar es darlo todo.

Adoración es lo que somos, la respuesta natural a la revelación que tengamos de Dios. Por ejemplo: sabemos que Él es amor, pero solo podremos tener una experiencia con su amor cuando esa verdad se haga una realidad dentro de nosotros. Como consecuencia, nacerá de nuestro interior la más profunda y sincera adoración, allí, cuando nadie nos ve, en lo secreto, en ese ámbito íntimo donde no se puede separar lo público de lo privado. 

El lugar para dar nuestra mejor adoración a Dios es nuestra propia vida

Cuando Jesús salió de Judea para ir a Galilea decidió pasar antes por Samaria y cansado del camino se encontró con una mujer, a la cual le pidió un poco de agua. Luego de una extensa conversación ella notó que con quien estaba hablando era el mismo Mesías que estaban esperando. 

Ella misma se quiso sacar una duda esencial: ¿Dónde se debía adorar? ¿Cuál era el mejor lugar? El Maestro le dijo que ni en ese monte (Gerizim) ni en Jerusalén, donde se encontraba el templo. Podemos hacer hoy esa misma pregunta, ¿cuál es el lugar ideal para dar nuestra mejor adoración a Dios? Nuestra propia vida. 

“La pandemia hizo emerger los problemas que escondíamos debajo de la alfombra de nuestras actividades”

Christian Canteros, pastor del ministerio de Alabanza de la Iglesia Catedral de la Fe

Así como el mundo de Marta dejó en evidencia que no alcanza con hacer cosas en nombre del Señor, que lo más importante es el carácter, lo que no sé, lo que nadie sabe. La pandemia nos sacó el púlpito y pudimos enfocarnos en lo verdadero: la adoración anónima. Como diría el bien conocido Marcos Brunet “Se apagan las luces que están sobre el hombre, solo tú mereces brillar”.

Adoradores sin púlpito es la generación emergente que desea vivir sin dobleces, que no le importan los lugares. Cualquier lugar es bueno para levantar el nombre de Jesús. Una generación que no busca una posición porque elige estar a los pies del Rey. El púlpito se transforma así en la consecuencia de lo vivido en lo privado, la red social más importante: “Mi relación con Dios”. 

Entonces, ya sea en el púlpito o en la oficina, en el tren o en casa, que nuestra adoración sea auténtica porque sin importar dónde nos encontremos el perfume de una adoración genuina se siente.

Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor” (Salmos 95: 6, RVR1960).