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EL DÍA DESPUÉS DE MAÑANA: CUANDO LA CREACIÓN GIME 

Hay algo inquietante en las películas de catástrofes: casi siempre comienzan cuando todavía no ha pasado nada. 

El mundo sigue siendo el mundo. Hasta que deja de serlo. “El día después de mañana” (Roland Emmerich, 2004) construye su historia alrededor de esa ruptura: una serie de alteraciones climáticas extremas transforma grandes regiones del planeta en territorio inhabitable.

Es una película de Hollywood que lleva la ciencia hasta límites espectaculares, pero parte de una preocupación real: el clima es un sistema complejo que puede cambiar de forma abrupta. La pregunta más interesante, sin embargo, no es cuánto de lo que muestra podría suceder así. 

Es qué nos pasa cuando descubrimos que el mundo que creíamos conocer puede cambiar. Detrás de los tornados y el hielo hay algo más profundo: la pérdida de la ilusión de control. 

Cuando el mundo cambia 

Jack Hall es un científico que advierte sobre una transformación climática de enormes proporciones. El problema es que la advertencia llega antes que la catástrofe: todavía no hay edificios inundados, solo datos, una hipótesis. Eso es lo que hace inquietante a la película: la catástrofe empieza mucho antes de que podamos verla. Jack puede estudiar el clima, pero no controlarlo. 

Puede advertir, pero no obligar a que lo escuchen. Y cuando su hijo Sam queda atrapado en Nueva York, deja de preguntarse solo qué pasa con el planeta: ahora necesita llegar hasta una persona concreta. La catástrofe global se vuelve personal. 

Antes de la tormenta, había un jardín.

La Biblia empieza mucho antes de cualquier catástrofe: comienza con un jardín. La creación no es un accidente ni un escenario secundario, es obra de Dios, y el ser humano aparece dentro de ella, no como propietario absoluto. 

En Génesis 2, Dios lo coloca allí para que la cultive y la guarde: la humanidad recibe, administra, cuida, pero no posee de manera absoluta. Quizás una de las grandes tensiones de nuestra época sea haber olvidado esa diferencia. 

Podemos transformar paisajes y construir ciudades hasta sentir que tenemos el mundo bajo control, hasta que el mundo nos recuerda que también somos parte de él.

Génesis 3 no explica el cambio climático ni permite atribuir cada desastre a un pecado particular, pero entrega algo más profundo: una historia sobre la fractura. La ruptura con Dios afecta también nuestra relación con la tierra. El mundo bueno de Génesis no desaparece, pero queda marcado por la corrupción. 

Cuando la creación gime

Romanos 8 vuelve a iluminar la película, o por lo menos es la interpretación que me genera. Pablo escribe que la creación fue sometida a frustración y que «toda la creación gime a una voz, y aún está con dolores de parto». No dice que la creación está muerta: dice que gime. Y habla de dolores de parto. Hay sufrimiento, pero también expectativa. Eso cambia la lectura de la película. 

Mientras ella imagina un planeta que se dirige hacia su destrucción, Pablo contempla una creación herida pero no sin futuro. El gemido no es el final de la historia, es la espera de algo nuevo. Tenemos una fascinación particular por imaginar el fin: ciudades destruidas, meteoritos, pandemias, hielo, fuego. 

¿Qué vale la pena salvar?

Tres escenas revelan qué clase de humanidad queda cuando el mundo deja de funcionar como antes. Sam podría quedarse a salvo en la biblioteca, pero sale a buscar medicamentos para una amiga enferma. Lucy, la esposa de Jack, podría abandonar el hospital, pero se queda junto a una niña que no puede desplazarse. 

Y Jack, después de atravesar kilómetros de nieve, no encuentra una solución para el clima ni recupera la ciudad: Encuentra a su hijo.

Cuando el mundo se desmorona, la vida deja de medirse en grandes cifras y vuelve a tener nombre y rostro. La catástrofe puede ser global, pero el amor siempre termina siendo concreto. 

Y aquí la película se encuentra, casi sin proponérselo, con la lógica del Evangelio: el cristianismo tampoco habla de una humanidad abstracta, sino de personas concretas que necesitan ser vistas, cuidadas y rescatadas. 

Quizás por eso la pregunta más importante no sea cuánto del mundo podemos conservar, sino: ¿a quién estamos dispuestos a no abandonar? 

Del jardín a la nueva creación 

Si Génesis muestra el comienzo y Romanos 8 el presente, el final aparece en Apocalipsis. Allí encontramos otra vez una creación, pero renovada: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva». Y luego, una de las declaraciones más extraordinarias de la Escritura: «Yo hago nuevas todas las cosas». 

La Biblia comienza con Dios creando y termina con Dios haciendo nuevas todas las cosas. Por eso el final de la película es interesante: la tormenta pasa y los sobrevivientes miran un mundo transformado. Hay un después. 

Pero la película solo puede imaginar la supervivencia. La Biblia imagina la restauración de todas las cosas. Y esa diferencia importa: la esperanza cristiana no es solo encontrar un refugio seguro, sino la imagen de Dios habitando con su pueblo en una creación renovada. No es «sobrevivimos». Es «Dios restaura».

El día después de mañana 

Esta película no es una profecía ni una señal para calcular calendarios. Nos invita a vivir despiertos: a reconocer nuestra condición de criaturas, a cuidar lo que recibimos, a tomar en serio el sufrimiento, a mirar al prójimo, a esperar. Quizás la pregunta que deja no sea «¿cuándo se terminará el mundo?», sino «¿cómo vivimos en un mundo que sabemos frágil?». 

Porque la creación que comenzó siendo declarada buena no será abandonada en su corrupción. El jardín conduce a una nueva creación. El gemido conduce a la esperanza. Y la espera conduce a una promesa. 

No sabemos cómo será el día después de mañana. Pero sabemos algo que cambia la manera de vivir hoy: la última palabra sobre la creación no la tiene la catástrofe; la tiene Dios. Y su promesa sigue siendo: «He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.» Ap. 21:5. 

Giselle Cabrera
Giselle Cabrera
Giselle Cabrera es Bachiller en Teología de la UAD, se desempeña como profesora de Institutos bíblicos externos.
Biblia Ministerial disponible en Libreria Peniel

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