¿No te pasa a veces que sentís que hay una brecha, un espacio, una ruptura entre tus decisiones y tu voluntad? Escuchás una prédica o un buen consejo y decís: “¡sí! tengo que cambiar esto, no voy a hacer más aquello, voy a cambiar mi manera de pensar, voy a emprender este desafío, voy a conquistar mis tierras prometidas”.

Comenzás muy bien, pero algo sucede, o en realidad nada sucede. La vida: nuestras emociones, pensamientos, prejuicios, todo lo viejo vuelve a tomar el control y sentís que otra vez volvés para atrás.

Y nos encontramos pensando en todo lo que deberíamos ser, en todo lo que deberíamos haber logrado hasta ahora, en todo lo que Dios quiere para nosotras, en todas las promesas que una vez subrayamos. Y pareciera que hay un precipicio que nos separa de todo eso que deberíamos ser.

Jesús contó la historia de dos hermanos. Ellos también se encontraron en la punta del precipicio, viendo el enorme abismo que separaba su vida actual de las expectativas, del estándar de “buenos hijos”, del éxito, de la verdadera felicidad.

Frente a ese estándar de éxito, frente a la supuesta expectativa de un Padre que verdaderamente era perfecto, uno de los hijos piensa que nunca va a poder ser lo suficientemente bueno, por más que lo intentara, ningún esfuerzo valía la pena, así que elige alejarse. Se va de casa y vive una vida absolutamente contraria a la de su Padre.

Y esta es una opción que a nosotras también se nos presenta:

“cuando sentimos que la expectativa sobre nuestra vida es muy alta, no necesariamente nos alejamos de la casa del Padre, pero abandonamos antes de empezar y nos vamos por el camino opuesto”. 

Florencia Mraida, pastora IDC

En la historia, Jesús también nos habla del hermano mayor. Él también se veía a sí mismo como incapaz de llegar a cumplir con las expectativas, con los estándares. También está frustrado, amargado y triste. Sin embargo, elige otro camino.

No se aleja, aparentemente hace todo bien, sirve en la casa del Padre, pretende ser igual a cómo él piensa que es el Padre. Sin embargo, su corazón está duro, lleno de frustración, agotado, asfixiado. Aparentemente hacía todo bien, pero no disfrutaba de nada. Tenía a su disposición todas las riquezas de su Padre, pero su corazón estaba lleno de reclamos y reproches. Trataba de imitar al Padre, pero le guardaba resentimiento y rencor. 

Y también nos vemos identificadas con este hijo ¿no?

Llenas de actividades, ocupaciones, responsabilidades, sirviendo en la Casa del Padre, pero con reproches, con reclamos a flor de piel, frustraciones y resentimientos. Veloces para indignarnos y enojarnos.

¿Sabés cuál era el problema de estos dos hermanos? Ellos creían que conocían al Padre, creían saber cuáles eran los estándares y las expectativas que el Padre tenía sobre ellos, pero en realidad ninguno de los dos había conocido realmente Su corazón.

¿Qué piensa el Padre de vos?

Es raro, ¿no? ¿Cómo es posible, después de tantos años juntos? ¿Cómo puede ser que no supieran lo que el Padre realmente pensaba y sentía acerca de ellos? ¿No te parece absurdo? Ahora dejame preguntarte: ¿qué creés que piensa Dios acerca de vos?

Y no te pregunto a nivel teórico, porque seguramente, si estuviste en la Casa del Padre lo suficiente, la teoría te la sabés de memoria, te sabés todos los versículos y escuchaste todas las prédicas.

Te pregunto, ahí, en el fondo de tu corazón, ¿qué creés que el Padre piensa acerca de vos?

Es probable que, aun sin darnos cuenta, tengamos un poquito de ese hermano mayor y un poquito de ese hermano menor, palpitando fuerte en nuestros corazones. Que, a la hora de ver esa brecha, ese bache, ese precipicio entre mi presente y mis expectativas, nos encontremos con una caricatura de Dios que seguramente está lleno de reproches y acusaciones.

Y, sin darnos cuenta, nos alejamos del corazón del Padre. Usualmente relacionamos al hermano menor con alguien que se alejó de la iglesia, pero… ¿Sabés que hay muchas formas de abandonar el hogar, muchas formas de derrochar nuestra herencia y de llenarnos del barro de los cerdos, sin que nadie se dé cuenta de que estamos lejos de Casa?

Henri Nouwen dice: “dejo el hogar cada vez que pierdo la fe en la voz que me llama ‘mi hijo amado’ y hago caso de las voces que me ofrecen una inmensa variedad de formas para ganar el amor que tanto deseo”.

Es tiempo de que finalmente descubramos el corazón del Padre y podamos encarar nuestros desafíos, definiéndonos radicalmente como amadas por Dios. Sin condiciones y sin excepciones.

Florencia Mraida, pastora IDC

Brennan Manning lo dice así: “Ven a mí ahora, dice Jesús. Reconoce y acepta quién quiero ser para ti: un Salvador de compasión sin límites, paciencia infinita, perdón insoportable y amor que no tenga marcas de errores”.

Ante el abismo que se nos presente entre nuestros sueños y nuestra realidad, entre las expectativas y nuestras posibilidades, miremos a Jesús y encontremos su gracia y misericordia sin límites.

Florencia Mraida
Pastora de la Iglesia del Centro, esposa de Ezequiel y mamá de Sofía. Licenciada en RRHH y estudiante de psicología.Ha dedicado gran parte de su ministerio al servicio de los adolescentes y trabaja diariamente en la edificación de la iglesia de Cristo.