Estaba embarazada de mi primer hijo y la fecha del parto se aproximaba. Como toda primeriza, estaba llena de temores e incertidumbres. Temores por el bebé. Temores por mí.

Quería tener un parto natural, pero había escuchado tantas historias terribles sobre partos interminables y dolorosos que mis esperanzas de que todo pasara de manera óptima eran casi nulas. 

Entonces, casi como un rayo de luz desde el cielo, llegó a mis oídos un argumento “teológico” sumamente alentador: si Jesús nos había librado de las consecuencias del pecado, entonces las mujeres cristianas no teníamos por qué sufrir dolores de parto. ¡Mi corazón cobró aliento!

Días después, mis padres llegaron para estar presentes en el nacimiento del nieto. “¿Ya tuviste contracciones?” me preguntó mi mamá, a lo que respondí que no sabía y que no tenía por qué tenerlas ya que era cristiana. ¡Cuánta gracia les causó a ambos mi ingenuidad! “Si eso fuera así, los hombres no deberíamos trabajar…” respondió mi padre. Mis ilusiones se desmoronaron como castillo de naipes.

Y bueno… el día del parto llegó y sí duele, pero no importa porque tener un hijo en los brazos te hace olvidar todos los sufrimientos ¡Lo dice la Biblia (Juan 16:21)! Y con los días también llegó el tiempo de la reflexión teológica sobre lo que dijo mi padre. Si los dolores de parto son una consecuencia del pecado ¿También lo es el trabajo? ¿Te animas a ir conmigo hasta el Edén? Tal vez allí encontremos una mejor visión del tema.

El capítulo dos del libro del Génesis relata cómo Jehová el Señor puso personal cuidado en hacer dos cosas: formar al hombre (Gn. 2:7) y plantar un huerto (Gn. 2:8). Todo lo que había sido hecho antes existió por la orden divina. El ser humano y ese huerto existieron por la mano misma del Señor.

Como un alfarero hizo al hombre y como un jardinero escogió y sembró cada una de las especies que poblarían es trozo de tierra rodeado de ríos. ¿Por qué tanto cuidado? Pues el ser humano (hombre y mujer) eran para Él y el huerto era para el ser humano.

¿Y para qué querían Adán y Eva un huerto? Para comer, claro, y para que Adán lo labrase. ¡Dios consiguió trabajo para Adán desde el primer día de su existencia!

“así como tener hijos fue orden y bendición divina desde los inicios, trabajar fue un regalo y un mandato de Dios desde siempre”.

Gabriela Giovine de Frettes

El problema comenzó cuando nosotros, es decir, nuestros primeros padres decidieron romper relaciones con Dios. Pecado, como le dicen a esa loca idea que nos hace creer que podemos vivir sin Él. ¡Era justo que Dios tomara medidas consecuentes con este nuevo escenario! 

Entonces todo lo que era bendición se volvió sufrimiento. Las mujeres damos a luz nuestros hijos con dolor y el trabajo se volvió infructuoso, mucho esfuerzo y poco fruto. El rocío que caía sobre la tierra y hacía crecer todo en el huerto se trasladó a la frente del hombre como recordatorio de que a partir de ese momento estaríamos librados a nuestra propia suerte.

¡Maldito es el sudor, no el trabajo!

Dolorosa es la falta de respuesta, no la tarea. Ver el trabajo como una maldición es negar nuestra propia naturaleza. Somo hijos de un Dios que trabaja. El séptimo día de la creación Dios descansó ¡porque había trabajado los 6 días anteriores! 

Jesús habló de esto luego de sanar al paralítico en Betesda un día de reposo. ¡Cómo se le ocurría! Sanarlo y ordenarle cargar su lecho. Ante el juicio de los fariseos, Jesús argumentó: “Mi Padre trabaja y yo trabajo.” (Jn. 5:17).

La cruz pudo secarnos el sudor, pero no nos quitó la necesidad de trabajar. Y es que la obra de nuestras manos va más allá de conseguir el sustento.

“Trabajar es rendir honor a la imagen de Dios en nosotros, es ser quien debemos ser. Trabajar es imitar a nuestro Padre”.

Gabriela Giovine de Frettes

Hoy, 1° de mayo, es el Día del Trabajador y damos gracias a Dios por darle fuerza a nuestras manos, por darnos aliento cada mañana, por proveernos espacios donde hacer productivas nuestras capacidades, por permitirnos mostrar Su carácter a través de nuestras labores y por hacer que nuestra frente sude poco y nuestras manos reciban mucho, mucho más de lo que merecemos.

¡Feliz día del trabajador al pueblo que trabaja por un pago eterno!

“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”. 1° de Corintios 15:58

Gabriela Giovine de Frettes
Graduada en Educación Cristiana del IBRP. Dicta clases en el Instituto de Superación Ministerial. Integrante del plantel de educadores del IBRP desde 1993. Analista de sistemas. Predicadora y conferencista internacional. Escritora. Ex coordinadora de edición de la revista Edifiquemos. Pastora.