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Las prioridades correctas

“‘Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente’, y: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’” (Lucas 10:27).

Podríamos resumir la vida del Cuerpo de Cristo en estos cuatro puntos:

· Amar a Jesús

· Amar la misión del Reino de Jesús (hacer discípulos)

· Amar a la Iglesia 

· Amar al mundo

Limpiar las distracciones

A simple vista, cumplir con las demandas de estos cuatro puntos no debería ser demasiado complicado. Sin embargo, la presión en los ministerios por alcanzar resultados numéricos en el corto plazo compite con los tiempos del proceso de formación del Espíritu en la vida de las personas. Como resultado, vemos cada vez más “discípulos movilizadores” de una visión y menos discípulos con las prioridades correctas que estableció el Señor. Hoy en día, pasar tiempo en la presencia del Señor para que el Espíritu limpie todas las distracciones que nos desvían de su voluntad es una inversión que pocos deciden asumir. Basta con memorizar los términos de una visión ministerial y pasar a la acción sin demoras, porque hay que “conquistar” una ciudad.

En consecuencia, la mayoría de la gente responde masivamente ante las convocatorias que se realizan, pero su efectividad como testigos de Jesucristo es tenue o nula un año después. Durante un tiempo, esta dinámica de alcance funcionó para atraer personas hacia una iglesia local y despertar a los creyentes ante las demandas del Señor para este tiempo.

El tratamiento adecuado

Podemos comparar un avivamiento con la llegada de un equipo de emergencias al lugar donde ocurrió un accidente con víctimas seriamente lesionadas. Los paramédicos se concentrarán en devolverle la vida al cuerpo de la víctima, sin prestarle atención a los detalles “estéticos” de las lesiones. La prioridad es recuperar los signos vitales y mantener al paciente vivo, hasta llegar a un centro de asistencia de mayor complejidad.

Una vez que el paciente recuperó los signos vitales, el procedimiento sigue un camino estandarizado para mantenerlo estabilizado. La intervención del equipo de paramédicos de rescate termina cuando entregan al paciente en manos del equipo de emergencias en el centro hospitalario.

Una vez allí, se implementarán otro tipo de medidas de mayor complejidad para establecer un orden de prioridades tendientes a resolver las lesiones que pudiera presentar el paciente. La complejidad del ambiente hospitalario permite realizar diferentes estudios para completar un diagnóstico que sea lo más acertado posible. Con la información recabada, se solicitará la intervención de los profesionales que se consideren necesarios para restablecer la salud del paciente. Luego de recibir los tratamientos correspondientes y responder a ellos de manera adecuada, se traslada al paciente hacia una sala general de menor complejidad.

El paciente demanda una atención cada vez menos estrecha, porque las funciones de su cuerpo van recuperando el control normal que tenían antes del evento que ocasionó la emergencia. El día del alta llega cuando los profesionales que evalúan al paciente determinan que las funciones de su cuerpo pueden operar de manera independiente y ya puede desarrollar una vida normal fuera del hospital.

Respetar el tiempo de maduración

Podemos establecer un paralelo entre lo que ocurre con un paciente crítico ante una emergencia y lo que ocurre con una persona que entra en contacto con el Reino de Dios por primera vez. La persona que acaba de nacer de nuevo por la vida del Espíritu demanda una atención estrecha y continua. Como ocurre con un paciente en estado de emergencia, la evolución del tratamiento no puede ser estandarizada porque cada paciente es “único e irrepetible”. El tratamiento que funciona bien con un paciente puede ser totalmente ineficaz con otro. No puedo imaginar qué podría suceder si se aplicaran los principios de crecimiento de algunos ministerios a un servicio hospitalario de emergencias. Si el paciente en cuestión no respondiera en el tiempo estipulado por el “programa”, quedaría abandonado a su suerte.

Un profesional de emergencias sólido no se puede formar en tres meses. Es una especialidad que demanda un esquema de formación permanente, continuo, progresivo y con responsabilidades crecientes, a fin de crear un criterio de juicio que le permita tomar decisiones acertadas.

No se pueden formar “discípulos” y “discipuladores” que sean testigos del Evangelio de Cristo luego de realizar un curso relámpago de tres meses.

Bladimiro Wotjowizc

Un testigo es alguien que está capacitado para dar razón de un hecho del cual participó de manera directa. En otras palabras, es alguien que tuvo una experiencia directa con el hecho del cual debe dar testimonio.

Nadie recibe un título de discípulo o discipulador como resultado de un proceso de entrenamiento. La característica fundamental de un testigo de Cristo es haber experimentado el poder transformador que solo puede ocurrir postrados ante su presencia. Llamamos discípulos y discipuladores a personas que nacieron de nuevo pero no siempre tuvieron una experiencia directa con la Cruz de Cristo. Medimos su nivel de productividad por la cantidad de personas que movilizan, por encima de la expresión del fruto del Espíritu en sus vidas.

Sepultando el “ego”

“Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga” (Lucas 9:23). Ser un testigo de Cristo implica sepultar nuestro “ego” cada día en Él y resucitar por el poder del Espíritu, para de esta manera manifestar su carácter en nuestro entorno. Claro, las demandas y las presiones por cumplir las metas de crecimiento no permiten darnos el lujo de respetar este parámetro hasta ver el fruto del Espíritu en las vidas de los discípulos. Cuando pasamos por alto la Cruz de Cristo, insistimos en generar resultados en nuestras fuerzas, pero cuanto más nos esforzamos en la carne, más frustraciones cosechamos. En consecuencia, la tarea que debería ser un deleite (cumplir la voluntad del Señor edificando a la Iglesia) se convierte en una carga que termina agotando nuestras fuerzas.

Todo foco de frustración en nuestra vida es un área de nuestro carácter donde aún no se manifestó el fruto del Espíritu. En otras palabras, es un lugar de nuestra alma que aún no recibió la “notificación legal” del nuevo nacimiento. Entonces seguimos tomando decisiones que nos llevan en la dirección contraria al diseño que Dios estableció.

La señal evidente de esta realidad es una profunda frustración por la escasez de resultados en todo lo que hacemos para tratar de edificar el Cuerpo de Cristo. La clave para resolver esta situación sigue siendo la misma que hace dos mil años: “Negarnos a nosotros mismos y sepultarnos en Cristo”. Todo sentimiento o emoción alejada del diseño divino es nuestro peor consejero a la hora de tomar decisiones como discípulos de Jesucristo. Por eso, el Señor nos indica que el único camino para la liberación del alma es el quebrantamiento permanente ante la Cruz de Cristo.

Volviendo al diseño original

El panorama cultural de la sociedad cambia de manera rápida y vertiginosa. Las estrategias de discipulado quedan obsoletas en poco tiempo porque no logran acompañar la velocidad de los cambios que ocurren en la sociedad. La solución es volver al diseño del discipulado de Cristo: Reconocer nuestra impotencia para resolver nuestra vida (mucho menos, las de los demás) y crucificar nuestro criterio de juicio (paradigma de vida) junto con Cristo.

Solo podremos edificar a la Iglesia siguiendo a Cristo y, para lograrlo, necesitamos desarrollar su carácter. Jesús nunca desechó a nadie tildándolo de “improductivo” solo porque no cumplía sus expectativas naturales de crecimiento. El Señor nunca abandonará a sus discípulos e invertirá todos los recursos espirituales necesarios, hasta que puedan manifestar el fruto del Espíritu en sus vidas. La Cruz de Cristo no es una opción más o una alternativa para edificar discípulos llenos del Espíritu que reflejen el carácter piadoso del Señor, “es el único camino que existe”.

Bladimiro Wojtowicz
Médico cirujano y escritor, oriundo de Buenos Aires, Capital Federal. Casado con Magdalena Merino. Es autor de los libros “La profecía es para todos” y “Capitanes de Tormentas”.

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