En el artículo anterior hablamos de la primera escena del primer acto de El drama de la Biblia. En él pudimos ver cómo la mano creadora de Dios fue separando luz de oscuridad. Dio el primer paso para armar el escenario para sus protagonistas. Hoy veremos un desarrollo aún mayor de aquello que adornaría la escena y que le daría una belleza colosal.

ACTO 1: La Intención de Dios  —  Escena segunda

En este momento Dios estaba mirando lo que se descubrió gracias a la luz. Había agua y había tierra. Pero todo era un gran lodo cenagoso. También había un espacio que deslumbraba su mirada adornado de estrellas brillantes en la noche y de un farol impresionante en el día. 

Y dijo Dios: “¡Que exista el firmamento en medio de las aguas, y que las separe!” Y así sucedió: Dios hizo el firmamento y separó las aguas que están abajo, de las aguas que están arriba. Al firmamento Dios lo llamó “cielo”. Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el segundo día, Génesis 1:6-8.

Ya habían transcurrido dos días de esta sensacional aventura de creación y vida. Y la imaginación del buen Dios estaba yendo más allá. Imaginando y creando. Disfrutando cada día una labor nueva. Viendo en su mente el cuadro terminado, aquel que recién había comenzado a dibujar.

Y dijo Dios: “¡Que exista el firmamento en medio de las aguas, y que las separe!” Y así sucedió: Dios hizo el firmamento y separó las aguas que están abajo, de las aguas que están arriba. Al firmamento Dios lo llamó “cielo”. Y vino la noche, y llegó la mañana: ese fue el segundo día. Y dijo Dios: “¡Que las aguas debajo del cielo se reúnan en un solo lugar, y que aparezca lo seco!” Y así sucedió. A lo seco Dios lo llamó “tierra”, y al conjunto de aguas lo llamó mar”. Y Dios consideró que esto era bueno. Y dijo Dios: “¡Que haya vegetación sobre la tierra; que ésta produzca hierbas que den semilla, y árboles que den su fruto con semilla, todos según su especie!” Y así sucedió. Comenzó a brotar la vegetación: hierbas que dan semilla, y árboles que dan su fruto con semilla, todos según su especie. Y Dios consideró que esto era bueno. Y vino la noche, y llegó la mañana: ese fue el tercer día. Génesis 1:6-13

El mundo ya no era caótico. Había luz y oscuridad, agua, cielo y tierra. También había vegetación que daba flores y semillas, árboles con sabrosos frutos. El follaje iba creciendo y dándole una ambientación especial. Aire, luz, agua, y todo lo verde… un sistema que autolimpia la atmósfera y la hace habitable. Lo mejor de esta historia es que el Creador vio que todo lo que hizo, hasta ese momento, era bueno. Aún así siguió creando, porque todavía le faltaban detalles al gran escenario. 

Y dijo Dios: “¡Que haya luces en el firmamento que separen el día de la noche; que sirvan como señales de las estaciones, de los días y de los años, y que brillen en el firmamento para iluminar la tierra!” Y sucedió así. Dios hizo los dos grandes astros: el astro mayor para gobernar el día, y el menor para gobernar la noche. También hizo las estrellas. Dios colocó en el firmamento los astros para alumbrar la tierra. Los hizo para gobernar el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y Dios consideró que esto era bueno. Y vino la noche, y llegó la mañana: ese fue el cuarto día, Génesis 1:14-19.    

Con la distinción de la noche y el día, hablaba de un tiempo que también debía ser ordenado. No es todo igual todo el día. Ya Dios estaba pensando que hay tiempo para descansar y tiempo para cansarse trabajando. 

Pensemos en aquellas vacaciones que fueron las más amadas por cada uno de nosotros. Quizás al mar, o a la montaña. Con mucho sol y calor, o con mucho frío y nieve. Ese viaje donde la naturaleza nos invadió, porque nos enfrentamos a sus modos poco civilizados y nuestras incapacidades para lidiar con ella. Esas vacaciones donde aprendimos nosotros o enseñamos a otros a cuidar la vegetación y a los animales. Esa que nos estremecía con el rocío de la noche cuando pisábamos descalzos la grama húmeda y nos transmitía un bienestar indescriptible. 

O el disfrute de correr en la mañana por la playa, donde nuestros pies dejaron huellas en la arena mojada. En esos momentos de disfrute, ahí estaba la mirada del artesano de la vida. En cada pincelada, en cada moldura que usó, en cada color que dio, en todo estaba esta mirada de Dios viéndonos disfrutar de su Creación.

Te invito a que, allí donde tú estés, cierres los ojos e imagines ese lugar fabuloso que guarda tu retina. Dale gracias a Dios por esa maravillosa vista. Y cada vez que descubras un paisaje tan especial eleves una oración al Creador agradeciéndole por ser el mejor arquitecto de la eternidad. Que por un momento los problemas, las angustias, la soledad queden de lado y puedas sentir que Él te abraza y te señala estos lugares para que vuelvas a sonreír.

Nació en la ciudad de Lobos de la provincia de Buenos Aires. Es esposo, padre y abuelo. Lleva 36 años de casado con su amada esposa, Patricia. Tiene cinco hijos. Es un siervo que lleva el periodismo en su sangre. Tiene una licenciatura en Teología; un grado de Doctor Honorario en Literatura Sagrada, del Logos Christian College, y otro académico en Ministerio, Organizacion y Liderazgo de Faith Theological Seminary.