Me encanta el lema “Volvamos a la esencia”, porque yo me encontré con esa esencia cuando tenía 12 años. Crecí escuchando hablar de Jesús en casa. El Evangelio siempre estuvo presente, pero una cosa es oír, y otra muy distinta es que una verdad te atraviese el corazón.
En un campamento escuché que el motivo por el que Jesús se subió a la cruz fue porque estaba gritando el mayor “te amo” sobre mi vida. Que no iba a encontrar un amor más real que el amor de Cristo. Esa noche solo pude decir: “Dios, si esto es real, quiero conocerte”.
Sin saberlo, experimenté lo que la Biblia llama convicción de pecado. Entendí que Aquel que nunca pecó, que siendo Dios dejó la magnificencia del trono, había venido por mí. Y en la cruz, en su momento de mayor angustia, dijo: “Perdónalos”. ¿Qué clase de amor es ese? Fui inundada por un amor inmerecido. Comprendí que estaba pasando de una eternidad lejos de Dios a Sus brazos.
“Es demasiado alto”
Muchas veces miramos nuestra vida, nuestras luchas, nuestras debilidades, y pensamos que el listón es demasiado alto. Nos preguntamos cuáles son las expectativas de Jesús, qué espera de nosotros, si realmente vamos a llegar.
La Biblia nos permite empatizar con personas reales, con miedos reales, con errores reales. Y por eso quiero que miremos dos barcas.
La primera barca: el llamado (Lucas 5)
Pedro estaba en un día normal. Cansado. Había trabajado toda la noche y no había pescado nada. Y en medio de esa cotidianidad, Jesús entró en su barca.
Al principio, parecía solo un maestro más. Pero cuando Pedro obedeció —“en tu palabra echaré la red”— ocurrió el milagro. Las redes se llenaron hasta romperse. Sin embargo, el mayor milagro no fue la pesca, sino el corazón de Pedro quebrantado:
“Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador”.
Lo mejor que nos puede pasar es reconocer que no merecemos que Él esté en nuestra barca. Y aun así, Jesús no lo rechazó. Lo llamó: “Desde ahora serás pescador de hombres”.
«Pedro lo dejó todo. Seguir a Jesús no es un camino intermedio. Es un llamado radical. No se trata de perfección, sino de un corazón disponible».
La segunda barca: la restauración (Juan 21)
Pedro también negó a Jesús. Lloró amargamente. Y después volvió a pescar. Volver a lo viejo muchas veces parece más fácil cuando nos sentimos descalificados.
Otra noche sin resultados. Otra vez redes vacías.
Pero Jesús se apareció de nuevo. No con un gran discurso. Con un desayuno preparado. Un fuego diferente. Si la primera vez el fuego fue escenario de negación, esta vez fue escenario de restauración.
La red no se rompió. Como si Jesús estuviera diciendo que Su gracia es suficiente.
Tres veces le preguntó: “¿Me amas?”. No para humillarlo, sino para sanar lo que había quedado pendiente.
Te invito
No sé en qué barca estás.
Si en la primera, donde Jesús ha irrumpido en tu vida.
O en la segunda, donde el fracaso te hace pensar que el listón es demasiado alto.
Volver a la esencia es volver a Su mirada.
Es renunciar a redes rotas y viejas barcas.
Es entender que el precio más alto ya lo pagó Él.
Jesús sigue acercándose a la orilla.
La invitación está hecha.
La pregunta es: ¿quieres tú?



