Santiago, Chile — La emergencia por incendios forestales continúa afectando gravemente el centro-sur de Chile, con focos que no terminan de ser controlados, miles de hectáreas quemadas y comunidades enteras en riesgo. Las regiones más golpeadas son Lirquen, y Punta de Parra. todas bajo alerta roja debido a la magnitud del desastre.
Según informó la Corporación Nacional Forestal (CONAF), al menos 18 incendios forestales permanecen activos, con más de 41.000 hectáreas consumidas por las llamas. Las condiciones climáticas extremas —altas temperaturas, vientos intensos y una prolongada sequía— siguen dificultando las tareas de combate y contención.
Una catástrofe que arrasó ciudades enteras
Desde el lugar de los hechos, la pastora Celeste Molina, quien se encuentra colaborando en las zonas afectadas y trabaja intensamente con un equipo llamado «Desafío Levantemos Chile», que tuvo una gran participación en lo que fue el terremoto del 2010. Ella describió con crudeza el impacto del fuego:
“Es como si hubiera caído literalmente una bomba y hubiera arrasado por completo con dos ciudades. No quedó nada”, relató.
Según explicó, localidades como Punta de Parra presentan un nivel de destrucción cercano al 90%, con barrios completos reducidos a cenizas. “Donde antes había algo, hoy no hay nada. Y ese algo eran personas”, agregó.
Las cifras oficiales confirman la gravedad del escenario: al menos 21 personas fallecidas, más de 20.000 evacuados y centenares de viviendas destruidas. Aún continúan las tareas de remoción de escombros, donde se siguen encontrando restos humanos, lo que intensifica el impacto visual y emocional de la tragedia.
Ayuda que llega, pero nunca es suficiente
En medio de la emergencia, el Estado, organizaciones sociales y ONG han desplegado operativos de asistencia con alimentos, ropa, agua y elementos de higiene. Sin embargo, la magnitud del desastre supera ampliamente la capacidad de respuesta inmediata.
“Las manos siempre se quedan cortas con semejante catástrofe”, expresó Celeste Molina, al remarcar que la necesidad es enorme y sostenida en el tiempo.
La Iglesia como refugio y puente con la comunidad
En ese contexto, la Iglesia ha asumido un rol clave. No solo como espacio espiritual, sino también como infraestructura al servicio de la comunidad. “Hemos puesto a disposición nuestras iglesias y nuestras vidas mismas”, explicó Molina.
Más allá de la ayuda material, destacó la importancia de la presencia pastoral en momentos de extrema vulnerabilidad:
“La gente está sensible. Podemos entregar una palabra de fe, de esperanza, orar por sus vidas. La Palabra de Dios llega de una manera diferente”.
“No estar ausentes, sino estar presentes” —enfatizó— “eso es lo que la gente recuerda: el abrazo, la palabra, el estar cuando más lo necesitaban”.
Ayudar con orden y visión a largo plazo
Uno de los principales desafíos actuales es la organización de la ayuda. Molina advirtió que, en las primeras semanas, suele llegar una gran cantidad de donaciones, pero que con el paso del tiempo la asistencia disminuye, mientras las necesidades persisten.
“Ayuda sobre ayuda no sirve. Lo que sirve es trabajar de manera ordenada y sabia”, señaló.
Actualmente, muchas zonas permanecen cerradas al acceso civil, y en otras ya se registran problemas de acumulación innecesaria de donaciones que no pueden ser utilizadas en esta etapa, como alimentos no perecederos.
Qué se necesita con urgencia
De acuerdo a lo relevado en terreno, la ayuda más necesaria en este momento es:
- Agua potable
- Útiles de aseo personal y de limpieza del sector
- Ropa interior
- Toldos y carpas
- Herramientas de trabajo
- Pañales
“La gente no tiene dónde cocinar ni dónde guardar las cosas”, explicó Molina, remarcando la importancia de enviar recursos realmente útiles para la etapa actual.
Centros de acopio y una mirada hacia el futuro
Frente a este escenario, iglesias y comunidades cristianas ya están trabajando con una visión a mediano y largo plazo. En Viña del Mar, por ejemplo, se habilitó un centro de acopio que funcionará como bodega estratégica para distribuir ayuda cuando el acceso sea posible y cuando el flujo solidario comience a disminuir.
“Creemos que va a ser mucho más útil estar preparados para cuando la ayuda escasee”, sostuvo Molina.
La fe en medio del fuego
Chile atraviesa una de las crisis por incendios forestales más graves de los últimos años. En medio del dolor, la pérdida y la incertidumbre, la Iglesia se mueve, no como espectadora, sino como parte activa del proceso de cuidado, acompañamiento y reconstrucción.
“Es el escenario que Dios puso para que la Iglesia se movilice y sea expresión del Dios que portamos”, concluyó Celeste Molina.
Mientras las llamas aún no se apagan del todo, la esperanza se enciende en gestos concretos, en la presencia, en el servicio y en una fe que decide estar donde más se la necesita.



