Verdaderamente libres

Lágrimas y risas: parte II

Renació la esperanza, aunque nadie sabía demasiado bien en qué ni en quién. A pesar de la fragilidad de esa esperanza, en todas las casas el único tema de conversación pasó a ser que seríamos libres pronto. Moisés comenzó a decir que era hora de volver a Dios. Reunió a los príncipes del pueblo y les dijo que el Dios de nuestro padre Abraham no se había olvidado de nosotros y que conforme a la promesa que le había hecho a Abraham, se había cumplido el tiempo de estar en Egipto. ¡Dios nos llevaría nuevamente a la tierra prometida!

El despertar espiritual de toda la nación fue como un volcán en erupción. En cada hogar se volvió a orar a Dios con fervor. Los padres de cada familia volvieron a contar las historias de los patriarcas a sus hijos y las conversaciones de los trabajadores bajo el látigo egipcio no dejaban de alimentar el espíritu de libertad.

Vimos la poderosa mano de Dios caer sobre la tierra de Egipto con plagas increíbles que poco a poco destruyeron toda aquella nación. Sorprendentemente, cada una de esas plagas fueron demostraciones de la grandeza de nuestro Dios y la falsedad de los ídolos que adoraban los egipcios.

Un día Moisés dio la orden más esperada de todas. El día siguiente dejábamos definitivamente y para siempre la tierra de la esclavitud. ¡Seríamos libres por fin!

Mientras que en todos nuestros hogares seguíamos las instrucciones de Moisés de pintar los dinteles de las puertas de todas nuestras casas con la sangre del cordero sacrificado y de comer el cordero pascual, comenzamos a escuchar gritos de histeria mortal en todo el territorio egipcio.

Sí, todos miramos las manchas de la sangre del cordero en los marcos de las puertas y dimos gracias a Dios.

El ángel de la muerte había pasado y el primogénito de todas las familias egipcias había muerto. También de sus siervos y de sus ganados. Los gritos eran desgarradores. La muerte de un hijo es el peor de los tormentos que puedan experimentar un padre y una madre.

La salida de Egipto fue un hecho impresionante. Más de un millón de personas dejamos Egipto ese día glorioso. A medida que pasábamos por las casas de los egipcios nos daban todo lo que les pedíamos. Vestidos, oro, joyas, de todo. Ese día pasamos de la pobreza total a ser más ricos que todo Egipto.

A pesar de lo espectacular de nuestra salida, no todos los de nuestro pueblo estaban completamente convencidos de que seríamos libres. Había muchos escépticos. Fueron más de cuatrocientos años de estar bajo dominio egipcio. Una vida de esclavitud, de padres y abuelos esclavos. La esclavitud se había vuelto nuestro paradigma. No solamente éramos esclavos. También pensábamos como esclavos. No es algo que uno pueda dejar de ser simplemente porque uno lo diga con sus labios. No funciona así.

Allí fue necesaria la intervención de Dios. ¡Y cómo intervino!

De repente, el faraón se arrepintió de desprenderse de la mano de obra que disponía para sus fastuosas obras. A pesar de todas las plagas y las muertes de todos los primogénitos egipcios, salió a recuperar a la masa de sus esclavos israelitas.

Estábamos arrinconados entre la inmensidad del Mar Rojo al frente y los carros del faraón detrás. A ambos lados estábamos encajonados entre montañas. Imposible escapar.

Dios le ordenó a Moisés marchar hacia adelante. Y cuando comenzamos a entrar en el agua, se produjo el milagro más extraordinario que yo haya visto en mi vida. Con toda mi familia crucé el Mar Rojo sobre su lecho de arena seca y firme como una roca. Formamos una larga caravana de familias con nuestros carros y nuestros animales.

Las paredes de agua se levantaban a mis lados en una forma misteriosa. El agua estaba en movimiento constante y todos los peces dentro del mar seguían nadando sin perturbación. No había nada que sostuviera el agua ni impidiera que cayera sobre nosotros. Sin embargo, se mantenía serena y segura. Pude tocar el agua. Estaba fría y por supuesto, me mojó. Pero no se salió de lugar. Pronto todos los niños estaban haciendo lo mismo. Todos nos estábamos riendo a carcajadas.

Por supuesto, esto no era obra de Moisés. Esta fue la confirmación de que Dios estaba con nosotros.Aun así, todos sabían que los carros del faraón venían detrás.

Cuando el último de todos nosotros salió del lecho del río, comenzaron a escucharse los carros del faraón lanzados por el túnel de agua. Los carros y la furia del galope salvaje de los caballos del faraón se fueron acercando hasta llegar a ser un trueno ensordecedor. Ese túnel amplificaba varias veces el ruido de carros y caballos. El grito del faraón, al frente de sus carros, arengaba a sus tropas.

Cuando los seiscientos carros estaban completamente dentro del túnel de agua, Dios quitó la contención invisible de los muros de agua y los carros, caballos, soldados y el faraón desaparecieron definitivamente. Nunca más los vimos.

Tampoco vimos más caras escépticas. ¡Ahora sí, éramos libres!

Por T. P. Owen y Enrique Campdepadros
khatoilustracion@gmail.com

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