Queremos más de ti

Vayamos hacia una relación más íntima

En un sentido muy real, Dios espera que cada uno de nosotros le pregunte cómo podemos profundizar y enriquecer nuestra relación con Él. El Señor tiene muchas respuestas; es más, Él tiene todas las respuestas. Si sinceramente le haces esa pregunta, entonces lo que seguramente escucharas de Él,  comunicándose contigo de una u otra manera, es que harás bien en incorporar a tu vida diaria las siguientes cuatro prácticas:

escuchar a Dios; meditar sobre Él; ser humilde delante de su presencia y confiar en Él.

El Señor tiene muchas cosas para decirnos, pero dispone el hacer esas cuatro cosas en el corazón y la mente de quien busque conocerle más.

Sin embargo, para cumplir una o más de esas cosas satisfactoriamente no necesitas ser un experto en alabanzas o algo así. No necesitas ser más santo de lo que eres ahora. Solo comienza a practicarlos y confíaen que Dios se ocupará del resto.

 Escuchar a Dios no significa que tengas que escalar hasta lo más alto de la montaña y perderte en oraciones o arrodillarte en una iglesia durante horas. Solo significa que cada vez que puedas —mientras cocinas, manejas, haces la fila en el banco o paseas a tu perro—, simplemente trates de abrirte para escuchar al Espíritu Santo dentro de ti. Dios siempre quiere hablarte. Por lo tanto, escúchale. Confía en que te interesará lo que tenga para decirte.

Meditar acerca de Dioses lo más sencillo. Él se manifiesta en todos lados: en la naturaleza, en las personas de diversas edades, en la vida entera. Él existe en cada paso de tu experiencia personal. Mira tu propia alma: ahí está la santa presencia de Dios. Reflexiona sobre Él. Utiliza la realidadinmediata y divina de Dios para dedicarte a la contemplación, que es uno de los vistazos más dulces de la vida eterna que podemos disfrutar en la Tierra.

Ser humilde delante de su presencia se refiere a meditar y percibir quién y qué es cualquier ser humano en comparación con quién y qué es Dios. Siéntate por un momento para pensar en ello. Aprécialo. Déjalo que crezca. Deja que te invada completamente.

Confiar en Dios. Solo hazlo. De vez en cuando, deja de hacer lo que haces y pon en tu mente y en tu corazón la verdad de que todas aquellas cosas por las cuales te has preocupado están en las manos de Dios. Él te ama y puedes confiar en Él. Detente, tómate un tiempo para relajarte en esa maravillosa verdad, y gózate en ella. “En la madrugada, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago. Cuando los discípulos lo vieron caminando sobre el agua, quedaron aterrados.

 —¡Es un fantasma!— gritaron de miedo.Pero Jesús les dijo enseguida:

—¡Cálmense! Soy yo. No tengan miedo.

—Señor, si eres tú —respondió Pedro—, mándame que vaya a ti sobre elagua.

—Ven— dijo Jesús.

Pedro bajó de la barca y caminó sobre el agua en dirección a Jesús. Pero alsentir el viento fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó:

—¡Señor, sálvame!

En seguida Jesús le tendió la mano y, sujetándolo, lo reprendió:

—¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mateo 14:25-31).

Cede el control

Loscristianos tenemos un desafío primordial: no interferir en lo que elEspíritu Santo trata de hacer a través de y con nosotros, tanto comosea posible. Eso no es particularmente fácil o natural; estamos, de hecho,totalmente inclinados a no soltar y a no dejar a Dios. Y la maneraen que nos aferramos tenazmente a la idea de que podemos manejartodo lo que se necesita manejar, es entendible: somos personas capaces,inteligentes, sabias, cuyas vidas están definidas por cuestiones ysituaciones que podemos manejar.Entonces nos convertimos en los más nuevos ejemplares del“hazlo tú mismo”.No queremos soltar. Nos gusta imaginar que tenemos el control.Estamos muy confiados en que no hay nada que no podamos superar.Y luego, sintiéndonos así, nos olvidamos de Dios (o al menos lo dejamosen la parte más recóndita de nuestra mente).

Entonces, lentamente pero seguro, descubrimos que no solo no podemos manejar todo lo que la vida nos arroja, sino que estamos totalmente incapacitados para manejar todo lo que realmente nos importa.Nuestras relaciones se amargan. Nuestro trabajo se estropea. Nuestro sentido de quiénes somos se tuerce. Tropezamos nuestras responsabilidadesy nuestros privilegios.Encontramos que somos (todavía) egoístas, avaros, egocéntricos,sedientos por un estatus, con mentes estrechas, oportunistas desvergonzados.

Pero entonces nos arrodillamos. Nos soltamos y lo dejamos a Dios.Ofrécete tu mismo para vivir esas palabras cada día. Es así de simple. “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí.Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (Gálatas 2:20).

El soltar y dejar a Dios nunca es fácil. Pídele que te ayude a soltary a dejarlo a Él hacer lo que tú no puedes hacer por ti mismo. Y recuerda, el soltar y eldejar a Dios no significa tornarse alguien pasivo, emocionalmente desconectadoo, de alguna manera, fatalista. No significa renunciar a tuvoluntad; significa unir tu voluntad a la del Señor. Y eso es, justamente,algo activo, conectado, vital y concreto para la vida.

 

Por Stephen Arterburn
Tomado del libro: Ser cristiano
Peniel

Ser Cristiano

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