Pon a prueba tu sueño

Analiza la razón por la que deseas que tu sueño se haga realidad

Dante: “Quiero que te acuerdes de mi cara y de mi nombre, porque algún día yo también voy a llenar estadios y vamos a compartir un escenario…”. No sé cuántas personas me han dicho esa frase, pero la he oído una y otra vez. Como si la meta de “llenar estadios” o el “ser conocido” fueran el éxtasis del ministerio, lo máximo a lo que un líder pudiera aspirar.

Por supuesto, hay muchos otros sueños del mismo tenor: “Sé que voy a grabar un disco”, “Dios me dijo que voy a ser el próximo presidente de mi nación”, “Voy a escribir un libro que será un éxito de ventas”,

y decenas de ejemplos similares. Es muy poco usual recibir un correo electrónico de alguien que sea sincero y diga: “No tengo idea de en qué podrá usarme Dios, pero si acaso Él pudiera hacer algo con lo poco que soy, yo estoy dispuesto a serle fiel y le estaré eternamente agradecido por haberse fijado en mí”. Una oración así es un bien de lujo que actualmente escasea en nuestro ámbito.

Alguna vez mi amigo, el respetado evangelista Carlos Annacondia, me dijo: “Hay muchos líderes que están más enamorados del éxito que de las personas”. Y fue una de las verdades más valiosas que yo haya oído. Lo he comprobado a lo largo de todos estos años de ministerio al ver que nos hacemos eco de frases como: “El evento más multitudinario”, “la cruzada más grande”, “la iglesia más relevante”, “el líder más ungido”, “el disco más vendido”, “el libro más agotado”, y de todo lo que sirva para acariciar nuestro ego, para hacernos sentir seguros y, por sobre todas las cosas, para hacernos creer que estamos logrando ser populares (y extendiendo el Evangelio como consecuencia).

Lucas: La confusión entre crecer en popularidad y hacer avanzar el Reino de Dios se ha convertido en moneda tan común que muchos no se dan cuenta de cómo sus palabras revelan que tienen motivaciones

totalmente equivocadas.

La psicología considera a la búsqueda de fama como un impulso primario de la conducta, y los cristianos no están exentos de esto. El psicólogo Orville Gilbert Brim afirma que la urgencia de alcanzar reconocimiento social se presenta en la mayoría de las personas, incluso en aquellas a quienes no les resulta accesible, y que sus raíces pueden estar en sentimientos de rechazo, descuido o abandono. Explica que los que buscan ansiosamente fama lo hacen por el deseo de aceptación social o por encontrar algún tipo de seguridad existencial. Desde su punto de vista, la fama parece ser un bálsamo para la herida que deja la exclusión social.

Toda espiritualidad que se hace autopropaganda ya tiene algo de enfermedad. Aquellos líderes que van por la vida haciendo alarde de sus virtudes estarán siempre a un paso de la catástrofe moral y espiritual.

Cuando escuchamos personas que hablan de sí mismas como si se tratara de otra persona, o de un personaje, entonces estamos ante un candidato al desastre. La historia es un fiel testigo de que esto siempre fue así. Por eso es preocupante que haya tantos jóvenes queriendo “llenar estadios”, “conmover naciones” o “llegar a la televisión”, no porque esas metas estén mal en sí mismas, sino porque es muy probable que su motivación esté totalmente fuera de la voluntad de Dios.

No podemos pretender llegar a la cima ahorrándonos el trabajo de escalar la montaña. La búsqueda intensa de Dios, el precio de sembrarlo todo (en ocasiones hasta las finanzas y los bienes personales) y el deseo de que Él nos utilice en donde considere que conviene hacerlo, son condiciones determinantes para que un sueño o una visión puedan ser alcanzados. De otro modo, corremos el riesgo de que solo se trate de un mero proyecto personal.

La delgada línea roja

La pregunta del millón es: ¿cómo podemos diferenciar ambos lados de la delgada línea que separa la ambición santa de la propia vanidad humana? Luchamos todo el tiempo por no cruzarla, y de todos modos en más de una ocasión nos despertamos del otro lado de la frontera.

Seamos honestos: todos queremos ser personas especiales. A quien diga que solo pretende ser uno más posiblemente le falten las aptitudes necesarias para ser un líder. Toda persona que posee cierta influencia sobre los demás debe tener una cuota de “ambición espiritual” (si se me permite el término).

El deseo de crecer, de multiplicarse, de llegar a más lugares, de alcanzar a la mayor cantidad de gente posible en el menor tiempo, son algunas de las metas de los que servimos al Señor. Convengamos en que todos los líderes preferimos el hambre de hacer algo más, que la chatura o la mediocridad del estacionamiento.

El problema aparece cuando los líderes tenemos conflictos interiores no resueltos o una baja autoestima que tiene sus raíces en el pasado de la cual no hemos podido librarnos, y entonces necesitamos obtener una identidad o sanar nuestra autoestima a través del ministerio. Es entonces cuando el llamado a predicar ya no nos importa como una misión en sí misma, sino que lo utilizamos para hacer catarsis o para resolver nuestros sentimientos de baja estima.

La motivación correcta

Con el correr del tiempo me he dado cuenta de que si nuestra autoestima no está sana, en algún momento va atraicionarnos y terminará empañando el ministerio que Dios nos entregó.

La Biblia es clara respecto a este tema puntual cuando el apóstol Pablo le escribe a la iglesia de Roma y los exhorta diciendo: Por la gracia que se me ha dado, les digo a todos ustedes: Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado” (Romanos 12:3). Las Escrituras no dicen que debas tener un concepto bajo de ti mismo, ni tampoco alto, sino una imagen de lo que realmente eres.

Siempre menciono que hay tres ópticas de ti mismo: cómo te ven los demás, cómo te ves tú y cómo realmente eres. Esta última es el concepto exacto que debemos tener de nosotros mismos, conociéndonos con nuestros aciertos y errores, nuestras cualidades positivas y nuestras miserias. Ese es el eje que nos mantiene en perfecto equilibrio entre la humildad y la estima sana. Quienes exponemos nuestra intimidad ante Dios y conocemos a fondo nuestras miserias no tenemos manera de enorgullecernos solo porque la providencia divina nos coloque frente a una multitud. Nuestra vida privada es la que nos mantiene conectados a la torre de control. La vida pública es solo una consecuencia de esto.

El problema no reside en tener un sueño grande. Lo patético es que tu motivación sea la equivocada o, lo que es peor, que ni siquiera estés dispuestos a pagar el precio para que ese gran sueño se haga realidad.

Si quieres “llenar un estadio” solo porque te gustaría verte allí, en medio de la ovación y rodeado de flashes fotográficos, lo más probable es que nunca alcances ese sueño porque Dios no tiene nada que ver en el asunto.

 Por Dante Gebel & Lucas Leys
Tomado del libro: Asuntos internos: El lado secreto del liderazgo
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