La película de la vida

El final todavía no ha llegado

A veces las cosas no salen como espero. A veces las cosas duelen. A veces las cosas confunden. Las dudas entran en mi mente y permean todos mis pensamientos. El panorama pinta feo. Lo que escuchamos nos preocupa. Lo que vemos por momentos nos espanta. Y en medio de todo eso, parece que perdemos el partido. Puede que nos quejemos. Puede que levantemos la voz, pero tan solo se escucha nuestro eco.

Cuando pienso en el Todopoderoso en este mundo que por momentos parece que va a estallar, pienso en una película, una de Batman, de Superman o de esas que están de moda ahora.

La película arranca bien. Todo va sobre ruedas, el perfume huele muy rico. Pero de repente todo se vuelve caos. Todo se vuelve confusión. No hay más esperanza. Y para colmo todo se vuelve cada vez peor. El malo se vuelve más malo. El malo parece que, hasta último momento, siempre gana. Durante todo el film los buenos luchan, pelean, batallan, transpiran, se lastiman y da la sensación de que la guerra está perdida. Pero a eso de los veinte minutos antes del final, la cosa cambia, el bueno cobra más fuerza. No se da por vencido, hace un último intento. Y resulta que gana. Resulta que obtuvo la victoria. Resulta que salvó al mundo de la oscuridad. Y resulta que la población del mundo vuelve a levantar la cabeza y respirar profundamente. Fin.

A veces la vida es una película. La vida de nuestro Señor aquí en la Tierra puede ser una película. De hecho hay varias. Jesús crece. El niño se desarrolla. Una buena familia. Un llamado grandioso. Pero empieza el ministerio y empiezan los problemas. Empiezan los ataques. Empieza el complot. Se despiertan las ganas de que este hombre de Belén desaparezca. Es entregado. Es golpeado. Humillado. Torturado. Clavado en una cruz. Y llega la muerte. Y durante tres días pareció que todo estaba perdido. Ya se había acabado la historia. Pero llegó el domingo. Llegó la resurrección. Llegó la victoria sobre la muerte. Sobre la oscuridad. Sobre el temor. Sobre la desesperanza. Cristo resucitó, y le devolvió a quienes creían y le seguían esa esperanza que ahora tiene más fuerza.

Hasta último momento, el mal pareció triunfar. Pero el Bueno, el Bueno estaba esperando su gran escena final.

Puede que la película se nos esté haciendo larga. Las fuerzas ya falten. La esperanza esté débil. Parece que vamos perdiendo. Los malos están envalentonándose. Destellos de frustración aparecen de repente. Muchos están tentados a tirar la toalla y darse por vencidos. Nos preguntamos dónde está Dios, por qué hace las cosas así y no de una manera más fácil, menos dolorosa. Incluso podemos llegar a pensar que nosotros quizá podríamos hacerlo todo mucho más simple, mucho mejor.

Y de repente nos acordamos que Job se sintió así en un momento. Leemos sobre sus oraciones de queja, de lamento. Se sentía abatido. Se sintió perder. Se sintió solo. Abandonado, incluso hasta por el mismo Dios. Y levanta la voz al cielo, y reclama. Y llora. Y se lamenta. Y declara que ya estaba todo terminado. La película, para Job había tenido un pésimo final. Pero, el Señor se pone de pie. El Héroe de la película no se queda callado. Y sale a ganar. Y entonces, con total poder y autoridad, enfrenta al ser humano y le hace ver su humanidad. La pequeñez de su tamaño. Todo el discurso del Todopoderoso se registró en Job 38-41. Estas palabras representan una minúscula demostración de la grandeza y del poder de nuestro Dios. Frente a tales palabras, Job no hace más que enmudecer, y finalmente reconoce: Yo sé bien que tú lo puedes todo, que no es posible frustrar ninguno de tus planes. ‘¿Quién es este’, has preguntado, ‘que sin conocimiento oscurece mi consejo?’. Reconozco que he hablado de cosas que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado maravillosas que me son desconocidas” (Job 42:1-3).

Y frente a estas palabras de Job, me río. Me río porque me reconozco en ese espejo. Cuando pienso en quién en Dios, y en quién soy yo, me río. Y doy gracias a Dios de que Él es el Señor y no yo.

Y entonces mis fuerzas son recargadas. Y mi mente recuerda que el Todopoderoso, nuestro Dios potente y magnífico está sentado sobre tu trono, que es inquebrantable, insuperable y que tiene todo bajo su estricto control.

En la película puede que parezca que los malos ganan, pero esta todavía no terminó. Falta que el Héroe aparezca y se despliegue en la gran escena final. Y tengamos por seguro que lo hará.

¡Nuestra es la victoria!

Por Evangelina Daldi
redaccion@lacorriente.com

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