La calesita de la fe

Corría el año 1992. En uno de los tantos viajes ministeriales y familiares que hacía desde Bahía Blanca a la Ciudad de Buenos Aires me encontraba en las oficinas del recordado periódico cristiano El Puente, que en aquel entonces dirigía mi querido hermano y amigo Marcelo Laffitte.

Aunque mi visita era absolutamente casual, Marcelo aprovechó y me invitó a participar de un reportaje periodístico tipo “panel” sobre el tema: “Los creyentes que se cambian de congregación”. En ese panel participaron los pastores Pablo Deiros, Juan Crudo, Daniel Cipolla y yo. El reportaje completo salió publicado en noviembre o diciembre, no puedo recordarlo con exactitud. Lo que sí recuerdo es que a partir de ese encuentro casual en las oficinas de Marcelo nació en mí una sana preocupación por el tratamiento espiritual de los casos de hermanos que cambian de congregaciones locales, con todo lo que ello implica.

Quiero confesar que a lo largo de mi ministerio he modificado mi postura, he cambiado de manera de pensar con respecto a los hermanos que salen de las congregaciones. No puedo autoexaminarme para decir con autoridad que he evolucionado, eso le corresponde analizarlo a otros, pero lo que sí puedo decir con certeza es que mis modificaciones mentales estructurales han servido a lo largo del tiempo como un instrumento de bendición tanto para otros como para mí mismo.

Cuando comencé mi ministerio hace más de treinta años era muy parco a la hora de recibir hermanos de otras congregaciones. Siempre mi lectura ministerial era que esos hermanos cometían un acto de “alta traición”. Prácticamente no los escuchaba. Me cerraba mentalmente a creer cualquier argumento que intentaran esgrimir para justificar su salida de las congregaciones de origen. Con demasiada altivez barnizada de convicciones, sin quererlo fui motivo de tropiezo a más de un hermano que lo único que hacía era pedir ayuda cuando se cambiaba de congregación. Mi temor al hombre o al “qué dirán” también jugó un papel fundamental en esta conducta, pues por una falsa idea de lealtad y respeto a mis colegas, y por no querer involucrarme en posibles conflictos, seguí muchas veces un protocolo corporativista, dándole siempre la razón al otro pastor — aunque no la tuviera— para que de esa manera evitáramos un conflicto interpersonal, sin importar si el precio de esa conducta fuera incluso que hermanos nuestros se alejaran de la fe.

Recuerdo claramente cuando hace más de veinte años me ufanaba de mi postura de rechazo de hermanos de otras congregaciones delante de un querido colega cuando este, con mucho amor pero con firmeza, me corrigió. Él fue el instrumento que el Señor utilizó para hacerme ver cuán equivocada y arrogante era mi postura. En esa instancia me hizo comprender que el propietario de la Iglesia y de cada redimido es el Señor, que ningún administrador temporal puede arrogarse la facultad de “disponer” de un hermano como si fuera propio, que no podemos retener ni impedirle la entrada a nadie, que pese al dolor emocional que experimentamos los pastores ante la salida de un hermano de la congregación, cada una de esas vidas le pertenece por derecho divino propio al Señor, y es libre a la hora de tomar decisiones.

Cuando nos involucramos en el trabajo de la unidad en nuestra ciudades — yo lo hago desde hace veinticinco años—, nos damos cuenta de que los inconvenientes y obstáculos que se presentan a la hora de servir juntos al Señor no consisten en aspectos doctrinales, confesionales ni litúrgicos, no radican en diferencias de tradiciones eclesiales entre las misiones y denominaciones, sino que los problemas se presentan por relaciones rotas o debilitadas en extremo, casi siempre originadas en casos de hermanos que pasaron de una iglesia a otra. A menudo escuchamos frases como:

  • “Ese pastor recibió a la familia ‘X’ que se fue mal de nuestra iglesia”.
  • “Aquel pastor no me llamó para preguntarme qué pasó con el hermano ‘N’ que ahora se congrega con él”.
  • “Aquel hermano invitó por la red social a una actividad de su iglesia a un hermano de la nuestra y ahora él se congrega con ellos”.
  • “Ese pastor no me pidió la carta de Referencia del hermano que recibió”.
  • “Aquel pastor habló mal de mí”.

Y la lista puede ser interminable.

La Iglesia de la ciudad

Dentro de la renovación espiritual que el Señor produce sobre su Iglesia se encuentra el redescubrimiento de la verdad bíblica de que de la misma manera que en la tierra hay una sola Iglesia de Cristo, en cada ciudad también hay una única Iglesia. Una seria y sencilla lectura del Nuevo Testamento nos haría concluir que siempre se asociaba en singular a la iglesia con su ciudad respectiva.

El concepto de Iglesia local — en referencia a la localidad geográfica donde se encontraba la comunidad de fe— es avasallante en las páginas del Nuevo Testamento, no ofrece la mínima duda. Tanto el apóstol Pablo como Juan, cuando escriben sus cartas apostólicas y el libro de Apocalipsis, se refieren a las Iglesias de acuerdo a su localidad: Éfeso, Roma, Corinto, Esmirna, Filadelfia, etcétera. Solo se pluralizan las iglesias en la carta del apóstol Pablo a losGálatas, ya que “Galacia” era una región y no una ciudad. Esta apreciación, que fueredescubierta en los últimos años, nos ayuda considerablementepor lo menos en tres aspectos: primero, en comprenderel sentido correcto de la unidad de la Iglesia enla ciudad; en segundo lugar, en evitar la rotación de hermanosde una comunidad a otra; y en tercer lugar, en nodramatizar ni estigmatizar a los hermanos que cambiande comunidades, ya que en rigor de la verdad bíblica nose “van de la iglesia”, sino que siguen en la misma iglesiade la ciudad, aunque lo hagan en otra comunidad. Por lomenos mi generación fue afectada de manera notable porun “cristianismo denominacional”, que aunque conscientementenunca negó la verdad teológica de una iglesiaen cada ciudad, tampoco la afirmó deliberadamente. Estaes la razón por la que es tan normal preguntar: ¿cuántasiglesias hay en la ciudad?, cuando en realidad el sentidode la pregunta es delimitar cuántas congregaciones cristianasque componen la única Iglesia de la ciudad operanministerialmente, dado que desde la perspectiva teológicasolo hay una Iglesia de Cristo en cada ciudad. Los pastoresde las congregaciones somos los primeros que debemosreconocer y practicar esa verdad teológica desarrollandouna ética cristiana coherente con esta verdad. Cuando unhermano o una familia de la congregación en la que unpastor sirve entiende que debe salir, no lo hace “de laiglesia”, sino simplemente de esa comunidad; por lo cual, más allá de los efectos emocionales que esto produce, sigue perteneciendo ala “Iglesia de la ciudad”. Ahora bien, este hecho no eximeal pastor de la congregación que recibe a ese hermanoo familia a considerar a su compañero de servicio de lacongregación anterior comunicándose con él, solicitandoinformación y pormenorizándose de la “historia clínicaespiritual”. No existe una ciudad o pueblo, por lo menosen mi país, que no registre alguna situación enojosa porno haber respetado este sencillo protocolo éticoque tienedécadas de funcionamiento.

Si como pastor creo que hay una sola Iglesia en laciudad, y circunstancialmente recibo a hermanos de otracongregación, mas no consulto ni pido información a micolega de esa congregación, naturalmente rompo la unidad,pues al dolor normal de mi colega por la salida de loshermanos, le sumo mi falta de respeto y consideración alno consultarlo. Por otro lado, y no es necesario demasiadoanálisis, si no considero a mi colega, por la ley bíblicade la siembra y la cosecha, ocurrirá exactamente lo mismoconmigo cuando algún hermano se retire de nuestracongregación.

Creo no equivocarme al afirmar que la inmensa mayoríade los problemas relacionados con la unidad de laIglesia en la ciudad están directamente relacionados con la modalidad que acabo de mencionar. La dificultad paratrabajar juntos, para cooperar, para representar a la ciudad,para interceder, para orar, para apoyar actividadesunidas y cosas semejantes no reside en la falta de convicciónteológica de que hay una sola Iglesia en la ciudad,sino a heridas emocionales y ministeriales de corta o largadata que condicionan las relaciones de unos con otros.Pero cuando comprendemos y practicamos la verdaderaunidad movilizada por un genuino amor, la iglesia en suconjunto, y por ende cada congregación en particular, seafirmará, y también se reducirá la rotación de hermanos,pues tanto los pastores como el resto del Cuerpo de Cristocomprenderá un viejo nuevo código de respeto, consideración,amor y transparencia relacional que no facilitarála salida de hermanos. Es honesto reconocer que, entreotros males, la falta de comunicación entre pastores hafacilitado históricamente la salida de hermanos inmadurosde una congregación a otra, y esto muchas veces se haproducido por el error conceptual de creer que viene deuna iglesia diferente, de otra iglesia, motivo por el cuallos pastores que reciben a estos hermanos se encuentranlibres de la obligación de tomar contacto con sus colegas.Pero no es así, pertenecen a la misma Iglesia, y hay queobrar al respecto más allá de los métodos ministeriales ysistemas eclesiales.

Afirmar que solo hay una Iglesia en la ciudad implicatambién reconocer el principio de unidad en la diversidad.No son pocos los que confunden unidad con uniformidad. La unidad en el Nuevo Testamento es “unidaden la diversidad”, como de una manera magistral elapóstol Pablo explica en 1 Corintios 12. De la misma maneraque en una congregación local hay diversidad, tambiénen una ciudad hay diversidad de dones, operacionesy ministerios. Esta realidad puede ser verdaderamente terapéuticaen este fenómeno de la rotación de hermanos.

He comprobado por mi propia experiencia de servicio ministerialque hay hermanos que son ganados para el Señoren una determinada congregación local, pero que al pocotiempo fluyen en dones, operaciones y ministerios que nonecesariamente tienen un marco de realización en aquellacongregación, y en el caso de no canalizarlos de maneracorrecta, los llevará a una segura frustración. Más de unavez los pastores nos hemos equivocado al querer forzara determinados hermanos a que funcionen y fluyan deacuerdo a los dones, operaciones y ministerios que operanen nuestra congregación, sin comprender que por la soberaníade Dios su operatividad sigue siendo más abarcativay la solución ministerial puede hallarse en otra congregaciónde la única Iglesia de Cristo en la ciudad.

Comprender la diversidad ayudará considerablementea la unidad en cada ciudad. Marta Albarracín llegó al Señoren nuestra congregación luego de que se mudara desdesu provincia natal, Jujuy. Desde sus primeros pasos enel Señor sintió claramente un llamado a servir con donesde misericordia a los enfermos postrados. Si bien circunstancialmenteen nuestra congregación ministrábamos a personas en esas condiciones, no desarrollábamos un ministeriopuntual, lo que sí hacía otra congregación hermanadonde nuestra apreciada Marta se sintió motivada aservir. En bendición, en paz, en comunión y bajo el acuerdode los pastores, ella sirve hoy al Señor con sus donesde misericordia en otra congregación de la única Iglesiade Cristo en la ciudad. Para que esto se lleve a cabo noes necesario ser generoso ministerialmente sino coherente.Ningún siervo de Dios puede arrogarse el derecho depropiedad de ningún hermano o hermana, pues cada unode ellos pertenece únicamente a la propiedad del Señor.Nosotros solo somos administradores. Es por eso que creoque no existe el “robo de ovejas” por dos sencillas razones:la primera es porque las personas son del Señor,no son de los pastores; la segunda es que no son ovejas,son personas, lo que implica que toman decisionespersonales y libres. No son cosas que puedan robarse; laspersonas piensan, sienten, toman decisiones, y más alláde los análisis subjetivos de por qué toman las decisionesque toman, lo hacen por sí mismas, y en todo caso, sonellas las que deberán asumir el costo de cualquier decisiónequivocada. Pero mucho cuidado con la afirmación “robode ovejas”. Esa descripción es lamentable tanto teológicacomo sociológicamente. Si existen líderes o pastores quedesarrollan técnicas manipulativas para atraer hermanosde otras congregaciones — y que los hay los hay— será elmismo Señor en este mundo y no en el venidero quienlos juzgará y los disciplinará, pero aun así, y lo vuelvo a afirmar, son los hermanos quienes toman las decisiones.No erremos en esto.

Siempre habrá razones valederas en los hermanos delas congregaciones para pensar en mudanzas y en rotaciones,¡pero cuánto ayudaría afirmar este principio dela Iglesia en la ciudad para realizar sólidas reflexiones ala hora de tomar sabias decisiones! Existe un maravillosodesafío en el cuerpo de Cristo: “guardar la unidad del Espírituen el vínculo de la paz” (Efesios 4:3). La afirmación y laconsolidación de los creyentes en sus congregaciones localescomo así también los pasos amorosos y respetuososcuando tiene que producirse un cambio de congregaciónserán herramientas valiosísimas para cumplir con eficaciaeste mandato apostólico.

Por Néstor Golluscio
Tomado del libro: Calesita de la fe
Peniel

Calesita de la Fe

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