Amor en acción

Una Iglesia que refleje a Aquel que nos amó primero

En 1 Juan 4:19 leemos: “Nosotros amamos, porque Él nos amó primero”. Sin experimentar el amor de Dios, no puedo amar como Jesús me pide que lo haga. Incluso después de haber nacido de nuevo tiene que producirse en nosotros un trabajo del Espíritu de Dios, y Él vertirá su amor sobre nuestros corazones porque nadie puede dar lo que no tiene.

El nuevo nacimiento es el resultado de la regeneración del Espíritu, quien a partir de ese momento pasa a morar en el interior del nuevo creyente; entonces, Él podrá capacitarme para hacer lo que antes no podía, podrá sanar mis heridas del pasado, redimir el tiempo perdido y llenar mi “tanque afectivo”, para que ahora, en mi nueva condición, yo pueda dar de la abundancia de lo recibido por parte de Dios. El amor es la primera de las nueve características del fruto del Espíritu. Por tanto, para amarnos a la manera de Jesús tenemos que estar capacitados por su Espíritu. El que no lo tiene en su interior, realmente no puede mostrar el amor “ágape” o incondicional porque eso escapa a nuestra capacidad humana; solo Dios puede hacer eso en nosotros. Este amor no es aprendido, sino que es más bien una capacidad dada por el Espíritu Santo y desarrollada en nosotros por Él, como resultado de nuestra nueva naturaleza.

El amor incondicional

Si hay algo que llama la atención del ministerio de Jesús es que Él nunca les pidió a sus discípulos que hicieran algo que Él no hubiese modelado primero; su liderazgo fue de ejemplo más que de dar órdenes. Y al hablar de amar, Jesús siguió el mismo patrón. En Juan 15:13-15 leemos: Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”. En la conversación que tuvo lugar en el Aposento Alto, Jesús hace énfasis en dos cosas: a). Que la mayor expresión de amor es que una persona entregue su vida por sus amigos, como Él lo haría unas horas después; y b). Que la manera de probar que verdaderamente eran sus amigos sería obedeciendo lo que Él les había ordenado. ¿Y cuál era esa ordenanza? La respuesta aparece en el versículo 17: “Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros”, capacitados por el Espíritu, independiente de las circunstancias y que fuera un amor tal que los fallos típicos humanos no hicieran variar el amor entre unos y otros. Que ese amor fuera tan sacrificial que estuvieran dispuestos a dar su vida los unos por los otros como ovejas del Señor. El mundo no conoce ese tipo de amor porque, sin la morada del Espíritu en nosotros, desarrollamos un amor interesado donde lo que prima no son los intereses del otro, sino los nuestros.

Esta diferencia tan marcada viene a ser reafirmada por las palabras de 1 Juan 3:16: “En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos”.

El amor incondicional entre creyentes no debe ser una carga, sino el resultado natural de haber nacido de nuevo y de permanecer en una relación estrecha con Él, como bien dice 1 Juan 5:1: “Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios, y todo el que ama al padre, ama también a sus hijos”. Ahora bien, ¿cómo luce este amor en el día a día? ¿Cómo amamos de esa manera? ¿Cómo espera Dios que su Iglesia exhiba ese amor?

Aceptación

“Por tanto, acéptense mutuamente, así como Cristo los aceptó a ustedes para gloria de Dios” (Romanos 15:7). Para poder ser una Iglesia que complace al Señor, tenemos que aceptarnos bajo las mismas premisas con las que Cristo nos aceptó. Él nos amó cuando aún éramos sus enemigos. De modo que si un día, alguien decide enemistarse con otro, ese alguien tiene la obligación de continuar amándole y aceptándole a pesar de dicha circunstancia. Cristo nos recibió cuando aún teníamos muchas áreas de disfuncionalidad, cuando ni siquiera habíamos dado frutos, cuando todavía nos faltaba compromiso, cuando aún había en nosotros temores, celos, envidias, orgullo, legalismo, actitudes de juicio y falta de perdón; y de esa manera tenemos que recibir y aceptar al hermano, soportándole hasta que Dios haga un trabajo en su vida como el que aún hace en la nuestra.

En el Sermón del Monte, Jesús nos ordena a amar a nuestro enemigos (Lucas 6:32-36). Si Él entiende que debemos amar aun a nuestro enemigos, ¿qué no debiéramos hacer por nuestros hermanos? Todavía falta que podamos entender cómo luce el amor verdaderamente incondicional hacia el hermano por quien Cristo dio su vida incondicionalmente. Si no encontramos razón para amar de esa manera, la cruz nos provee la razón.

Ausencia de espíritu de juicio

Uno de los grandes problemas dentro del Pueblo de Dios es la presencia continua de la actitud condenatoria; de repente la frase “unos a otros” pasó a ser “unos versus otros” llegando hasta dividirnos por el más mínimo punto de diferencia, aunque fuera en asuntos menores. La Iglesia entonces no ha sabido amar como Cristo amó, lo cual implicó intolerancia hacia el hermano inmaduro.

“No juzguen, y no se les juzgará. No condenen, y no se les condenará. Perdonen, y se les perdonará. Den, y se les dará: se les echará en el regazo una medida llena, apretada, sacudida y desbordante. Porque con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes” (Lucas 6:37-38). El amor por el hermano jamás puede excluir su amonestación o su corrección. No juzgarle no excluye su disciplina. Cuando La Palabra nos manda a no juzgar, lo que nos pide es que no emitamos un juicio en base a nuestro criterio a nuestro entendimiento, sino en base a La Palabra de Dios.

Motivación

El amor por el hermano debería llevarnos también a motivarnos. En 1 Tesalonicenses 5:11 Pablo dice: “Por eso, anímense y edifíquense unos a otros, tal como lo vienen haciendo”.La tarea de alentarnos mutuamente es de todos.

Este mandato aparece como un presente continuo, lo que implica que la acción de alentar y edificarnos mutuamente es algo que debiéramos hacer continuamente. Dada nuestra condición caída y el mundo en que vivimos donde las cosas con frecuencia no resultan como las esperábamos, es importante llevar a cabo esta labor de motivación, porque siempre tendremos en nuestra humanidad razones más que suficientes para sentirnos desmotivados.

Por Miguel Núñez
Tomado del libro: Una Iglesia conforme al corazón de Dios
Portavoz

 

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