Tubería bloqueada

¿Permites el fluir del Espíritu Santo en tu vida?

Hace unos años, el Señor me desafió sobre mi nivel de hambre espiritual. Él me mostró que a pesar de que tenía una aceptable vida de oración y había cantado repetidamente las palabras “Señor, quiero más de ti”, yo no era tan apasionado por Él como creía.

Mi iglesia organizó una conferencia sobre el Espíritu Santo. Al final de uno de los  servicios, yacía en el suelo cerca del altar, pidiéndole al Señor otro toque de su poder. Varias personas más estaban arrodilladas en el altar y clamaban en silencio el uno por el otro.

De repente comencé a tener una visión. En mi mente pude ver una gran tubería, de al menos tres metros de diámetro. Yo lo miraba desde el interior, y pude ver una corriente superficial de líquido dorado que fluía en el fondo. El aceite en la tubería gigante tenía solo unos centímetros de profundidad.

Comencé una conversación con el Señor.

¿Qué me estás mostrando?¾ pregunté.

Este es el flujo del Espíritu Santo en tu vida¾ respondió.

No fue una imagen alentadora; ¡fue lamentable! La capacidad de la tubería era enorme, suficiente para transportar toneladas de petróleo. Sin embargo, era evidente solo un goteo.

Luego noté algo más: varias válvulas grandes estaban alineadas a lo largo de los lados de la tubería, y cada una de ellas estaba cerrada.

Quería preguntar al Señor por qué había tan poco aceite en mi vida. En cambio, pregunté:

¿Qué son esas válvulas y por qué están cerradas?

Su respuesta me sorprendió.

Esos representan los momentos cuando dijiste que no. ¿Por qué debería aumentar el nivel de unción si no estás disponible para usarlo?

Esas palabras dolieron. ¿Cuándo le dije que no a Dios? Me embargó la emoción y comencé a arrepentirme. Recordé las diferentes excusas que había puesto y las limitaciones que había impuesto sobre cómo podría usarme.

Le dije que no quería estar delante de las multitudes porque no era un buen orador. Le dije que si no podía predicar como T. D. Jakes lo hace, entonces no quería hablar en absoluto. Le dije que no quería abordar ciertos problemas o ir a ciertos lugares. Había puesto tantas condiciones engorrosas en mi obediencia.

Después de un tiempo, comencé a ver algo más en mi espíritu. Era una gran multitud de hombres africanos, reunidos como si estuvieran en un estadio grande. Y me vi predicándole a ellos.

Nadie me había pedido que ministrara en África, pero sabía que en ese momento necesitaba rendir mi voluntad. Todo lo que podía pensar era la oración de Isaías: “Aquí estoy. ¡Envíame a mí” (Isaías 6:8). Le dije a Dios que iría a cualquier parte y diría cualquier cosa que Él me pidiera. Puse mis inseguridades, miedos e inhibiciones en el altar.

Tres años más tarde me encontraba en un púlpito dentro de un estadio deportivo en Port Harcourt, Nigeria. Mientras me dirigía a una multitud de ocho mil pastores que se habían reunido allí para una conferencia de capacitación, recordé ver sus rostros en aquella visión. Y me di cuenta de que el Señor había abierto una nueva válvula en mi vida ese día cuando estaba sobre el piso de mi iglesia. Como había dicho que sí, había aumentado el flujo de su aceite para que pudiera llegar a miles.

Muchos de nosotros tenemos la costumbre de pedir más del poder y la unción de Dios. ¿Pero para qué lo usamos? Él no lo envía solo para hacernos sentir bien.

Nos encanta ir al altar por un toque de Dios. Nos encanta la piel de gallina, los temblores, la emoción del momento. Nos encanta caer al piso y experimentar una llenura tras otra. Pero me temo que algunos de nosotros absorbemos la unción pero no la revelamos. Nuestra experiencia con la presencia del Padre se ha vuelto interna y egoísta. Nos levantamos del piso y vivimos como queremos.

Pentecostés no es una fiesta. Si realmente queremos ser empoderados, debemos ofrecerle a Dios un sí incondicional. Debemos crucificar cada no. Debemos convertirnos en un conducto para llegar a los demás, no en un depósito sin salida.

Busque en su propio corazón hoy y vea si hay alguna válvula cerrada en su tubería. Cuando las entregue, se abrirán los canales bloqueados y su aceite fluirá hacia un mundo que ansía saber que nuestro Dios es real.

 

Por J. Lee Grady
Editor principal de la revista Carisma y el director de El Proyecto Mordecai (themordecaiproject.org).

 

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