Preguntas en medio del dolor

El Señor no te ha dejado solo ni lo hará

Escuchemos un reclamo moderno a Dios de la boca de una madre labriega migrante (tal como fue registrada por el psiquiatray autor Robert Coles). “El año pasado, fuimos a una pequeña iglesia… Teníamos a todos nuestros hijos allí, incluso al bebé. Allí estaba el reverendo Jackson, no puedo olvidar su nombre, y nos pidió que nos quedáramos tranquilos, y nos dijo que deberíamos estar muy felices de estar en este país, porque es cristiano y no “sin dios”… Entonces mi marido perdió el control; algo le pasó a sus nervios. Se levantó y comenzó a gritar.Fue hasta donde estaba el reverendo Jackson y le dijo que se callara la boca y no hablara nunca más… no a nosotros, los migrantes.Le dijo que se volviera a su iglesia, donde sea que esté, y que nos dejara tranquilos y que no se quedara parado ahí como si nos estuviera haciendo un favor.

Entonces hizo lo peor que podía hacer: agarró al bebé, Annie, y la sostuvo justo frente al rostro del ministro, y le gritaba a ese ministro como nunca había visto a nadie hacerlo. No me acuerdo las palabras exactas, pero le dijo que ahí estaba nuestra pequeña Annie, que nunca había visitado un médico, y la niña está enferma… y no tenemos dinero, ni para Annie, ni para los otros, ni para nosotros mismos.

Entonces levantó a Annie hasta que quedó más alta que el reverendo, dijo por qué no va y ora por Annie, y ore para que los agricultores sean castigados por lo que nos están haciendo, a nosotros los migrantes… y luego mi esposo comenzó a gritar acerca de Dios y que Él nos descuidaba cuando a otras personas las tenía muy en cuenta para todo.

En ese momento el reverendo respondió, y eso fue un error. Dijo que teníamos que tener cuidado y no comenzar a culpar a Dios y a criticarlo y reclamarle cosas, etcétera, porque Él no estaba para solucionar la forma en la que se comportaban los agricultores y la forma en la que vivimos aquí en la Tierra.

‘A Dios le preocupa el futuro de ustedes’, eso es lo que dijo, y mi esposo casi explotó. Le gritó al reverendo como una diez veces: “futuro, futuro, futuro”. Ahí agarró a Annie y casi la aplasta sobre la cara del reverendo y Annie, ella comenzó a llorar, y él le preguntó al reverendo acerca del “futuro” de Annie, y le preguntó qué haría si tuviera que vivir como nosotros y si tuviera un “futuro” como el nuestro.

Después le dijo que era como todos los demás, usándonos para hacer dinero, y levantó a Annie todo lo que pudo, casi cerca de la cruz, y le dijo a Dios que era mejor que dejara de hablar por boca de los ministros, que debía venir y ver por sí mismo,y no dejar que los “predicadores” hablaran por Él”.

Esta familia resume todo lo que puede decirse del problema del sufrimiento. ¿Por qué Dios permite un mundo con niños enfermos, sin dinero, sin esperanzas? El dilema que enfrentan no es abstracto y filosófico, sino intensamente personal: su hija es una herida abierta, y ellos no ven una solución. ¿A Dios le importa?

Nada de lo que diga va a resolver el problema de esta familia. Reclaman una respuesta de amor compasivo, no una solución teórica. Pero en su fervor, el labrador enfadado apuntó sin querer a la contribución más importante de la cristiandad al problema del dolor.

Sosteniendo a su hija frente al rostro del reverendo, cerca de la cruz, demandaba que Dios bajara y viera por sí mismolo que es este mundo. El hecho es: Dios efectivamente bajó. Vino a este mundo con un cuerpo humano, y vio y sintió por sí mismo lo que es este mundo. Aparte de la Encarnación, nuestra fe tiene poco que decirle al labriego.

Atenerse a las propias reglas

Los personajes del Antiguo Testamento, como Job y Jeremías, a veces se preguntaban en voz alta si Dios había “taponado sus oídos” a sus gritos de dolor. Jesús puso un fin abrupto y decisivo a esa especulación. No solo no había taponado sus oídos, sino que repentinamente adoptó oídos, literalmente, oídos humanos con tímpanos, huesos, cócleas. En los suelos agrietados y polvorientos de Palestina, el hijo de Dios escuchó de primera mano las vibraciones moleculares de los gemidos humanos: los de los enfermos y los necesitados, y los de otros, que gemían más por culpas que de dolor.

Aclara la mente y piensa un instante en la vida de Jesús. Fue la única persona en la historia que pudo planear su propio nacimiento. Aun así se humilló, cambiando un cuerpo perfecto y celestial por un cuerpo frágil hecho de sangre y tendones y cartílagos y células nerviosas. La Biblia dice que no hay tentación conocida por el hombre que no haya conocido Jesús: solo, cansado, hambriento, agredido personalmente por Satanás, acosado por admiradores, perseguido por enemigos poderosos.

Respecto de la apariencia física, hay una sola descripción de Jesús en la Biblia, escrita unos cien años antes por el profeta Isaías: Creció en su presencia como vástago tierno, como raíz de tierra seca.No había en él belleza ni majestad alguna; su aspecto no era atractivo y nada en su apariencia lo hacía deseable.Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, hecho para el sufrimiento.Todos evitaban mirarlo;fue despreciado, y no lo estimamos”(Isaías 53:2-3).

Cuando Jesús comenzó su ministerio, la gente se le reía: “¡De Nazaret!… ¿Acaso de allí puede salir algo bueno?”. Una vieja broma étnica: Jesús, el pueblerino, el campesino de Nazaret. Con esa reputación, parecía que los otros rechazados, los aislados por la lepra, las prostitutas, los recaudadores de impuestos, los pecadores famosos, lo atraían.

Una vez los vecinos de Jesús lo expulsaron del pueblo y trataron de matarlo. Su propia familia cuestionaba su cordura. Los lectores de aquellos tiempos informaban con orgullo que ninguna autoridad o dirigente religioso creía en él. Sus seguidores formaban un conjunto de pescadores y campesinos, entre los que el labriego migrante se hubiera sentido cómodo.

Pero al final, incluso ellos lo abandonaron cuando los compatriotas de Jesús cambiaron su vida por la de un terrorista.

Ninguna otra religión –ni el judaísmo, ni el hinduismo, ni el budismo ni el Islam– ofrece esta contribución única de un Dios todopoderoso que gustosamente acepta adoptar las limitaciones y sufrimientos de su creación.

El hecho de que Jesús haya venido a la Tierra, donde sufrió y murió, no elimina al dolor de nuestras vidas. Pero sí muestra que Dios no se sentó de brazos cruzados a observarnos sufrir en soledad.

Él se transformó en uno de nosotros. Por lo tanto, en Jesús, Dios nos da una perspectiva íntima y personal de su respuesta al sufrimiento humano.

De hecho, todas nuestras preguntas acerca de Dios y el sufrimiento deberían filtrarse a través de lo que conocemos sobre Jesús. ¿Cómo respondió Dios-en-la-Tierra al dolor? Cuando encontraba a alguna persona sufriendo, sentía una profunda compasión (del latín pati y cum, “sufrir con”). Ni una vez dijo: “¡Aguanta el hambre! ¡Trágate tu aflicción!”. Cuando su amigo Lázaro murió, Jesús lloró. A menudo, cada vez que se lo pedían directamente, Él sanaba las heridas. A veces, al hacerlo, quebraba costumbres muy arraigadas, como cuando tocó a una mujer con una hemorragia o cuando tocaba a rechazados sociales, desoyendo los gritos de “¡impuros!”.

La forma de las respuestas de Jesús tendría que convencernos de que Dios no es uno que disfruta vernos sufrir. Tengo mis dudas de que los discípulos de Jesús se hayan atormentado a sí mismos con preguntas del estilo “¿a Dios le importa?”. Cada día recibían evidencia visible de sus preocupaciones: simplemente observaban el rostro de Jesús.

Y cuando, finalmente, Jesús mismo se enfrentó al sufrimiento, reaccionó como cualquiera de nosotros lo haría. Trató de esquivarlo: preguntó tres veces si no había alguna otra manera. No había otra forma, entonces Jesús sintió, quizás por primera vez, esa sensación tan humana del abandono: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Detecto en los relatos del Evangelio acerca de la última noche de Jesús en la Tierra una lucha feroz contra el miedo, la impotencia y la esperanza: las mismas fronteras que todos confrontamos en nuestro sufrimiento.

Las narraciones de la vida de Jesús en la tierra deberían responder para siempre a la pregunta: ¿cómo se siente Dios frente a nuestro dolor? En respuesta, Dios no nos dio palabras o teorías sobre el problema del dolor. Nos dio a sí mismo. Una filosofía podría explicar algunas cosas difíciles, pero no tiene el poder de cambiarlas. El Evangelio, la historia de la vida de Jesús, promete el cambio.

El símbolo

Hay un símbolo central por el que recordamos a Jesús. Hoy, esa imagen está recubierta con oro y la usan alrededor del cuello los atletas y las bellas mujeres, un ejemplo de cómo pasamos por alto la cruda realidad de la historia.

La cruz, por supuesto, era una forma de ejecución.

Sería igual de estrafalario si hiciéramos joyas con la forma de diminutas sillas eléctricas, cámaras de gas o agujas hipodérmicas. La cruz, la imagen más universal en la religión cristiana, ofrece una prueba de que Dios se preocupa por nuestro sufrimiento y dolor. Murió en ella. Ese símbolo es único entre todas las religiones del mundo. Muchas de ellas tienen dioses, pero solo una tiene un Dios que se preocupó tanto que se hizo hombre y murió.

La escena, con los latigazos, los clavos penetrantes y el lento tormento de la sofocación, se ha contado tantas veces que nosotros, que nos hundimos en el sillón ante la noticia de la muerte de un caballo de carreras o de focas bebés, ya ni nos hundimos cuando se vuelve a contar. A diferencia de las ejecuciones rápidas y estériles que conocemos hoy, esta se prolongaba durante horas frente a una multitud burlona.

Las promesas que Jesús hizo deben haber parecido especialmente vacías a las personas de su época. ¿Este hombre un rey? Un rey de juguete, si es que era uno, con su corona de espinas. Alguien le había arrojado un manto púrpura, en el que coagulaba la sangre de los golpes asestados por Pilatos.

Más insólito… ¿este hombre Dios? Incluso para sus discípulos, que lo habían seguido tres años, era demasiado difícil de creer. Permanecieron entre la multitud, con miedo de ser asociados con el rey de juguete. Los sueños que tenían acerca de un monarca poderoso que eliminara por completo los sufrimientos se transformaron en una pesadilla.

La muerte de Jesús es la piedra angular de la fe cristiana, el hecho más importante de su venida. El Evangelio ahondaen los detalles. A lo largo de su ministerio, Él dejó un reguero de indicios y predicciones escuetas, predicciones que solo fueron comprendidas después de que la cosa se hubo realizado. ¿Cuál podría ser la contribución al problema del dolor de una religión que se basa en hechos como el de una cruz en la que Dios mismo sucumbe al dolor?

El apóstol Pablo llamó a la cruz un “motivo de tropiezo” para creer, y la historia lo ha probado. Los rabinos judíos cuestionan cómo es que un Dios que no soportó ver el asesinato del hijo de Abraham pudo permitir que muriera su propio hijo. El Corán enseña que Dios, demasiado dulce como para permitir que Jesús fuera crucificado, lo sustituyó por un malhechor.

Incluso hoy, Phil Donahue, famoso presentador de la televisión norteamericana, expone su principal objeción al cristianismo: “¿Cómo un Dios omnisciente y todo amoroso pudo permitir que su Hijo fuera asesinado en una cruz para la redención de mis pecados? Si el Dios Padre es tan ‘todo amor’, ¿por qué no bajó y fue al Calvario?”.

Todos estos objetores equivocan el punto principal del Evangelio: de alguna manera misteriosa fue Dios mismo quien vino a la Tierra y murió. Dios no estaba “ahí arriba” observando los hechos trágicos maquinados “acá abajo”. Dios estaba en Cristo, reconciliando el mundo en sí. Según la frase de Lutero, la cruz mostraba a “Dios luchando contra Dios”. Si Jesús fuera un simple hombre, su muerte sería una prueba de la crueldad de Dios; el hecho de que fuera el Hijo de Dios prueba, en cambio, que Dios se identifica completamente con el sufrimiento de la humanidad. En la cruz, Dios mismo absorbió el terrible dolor de este mundo.

Para algunos, la imagen de un cuerpo pálido que se adivina en una noche oscura huele a derrota. ¿Qué hay de bueno de un Dios que no controla el sufrimiento de su Hijo? Sin embargo, puede escucharse otra voz, la de un Dios gritándole a la humanidad: “Los amo”. El amor quedó comprimido para toda la historia en esa figura solitaria en la cruz, que dijo que podía en cualquier momento llamar a los ángeles para una misión de rescate, pero que eligió no hacerlo, a causa de nosotros. En el Calvario, Dios aceptó sus propios e inquebrantables términos de justicia.

Y de esta manera la cruz, ese “gran obstáculo” para algunos, se transformó en la piedra angular de la fe cristiana. Cualquier discusión acerca de cómo el dolor y el sufrimiento se adecuan al esquema de Dios lleva en última instancia nuevamente a la cruz.

Al final del Libro de Job, Dios respondió a las preguntas acerca del sufrimiento mediante un espléndido discurso acerca de su poder. Después del Calvario, el énfasis se transfiere desde el poder hacia el amor: Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna (Juan 3:16). “Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas?” (Romanos 8:31-32).

Por qué importa

Una vez hablé con un sacerdote que acababa de celebrar el funeral de una niña de 8 años. Toda la parroquia había orado, llorado y compartido la agonía de la familia durante más de un año mientras la niña batallaba inútilmente contra el cáncer. El funeral había agotado las emociones, la energía e incluso la fe del sacerdote. “¿Qué podría decirle a la familia?”, me confió. “No tengo ninguna solución que ofrecerles. ¿Qué les digo?”. Hizo una pausa, luego agregó esto: “No tengo solución para su dolor, solo tengo una respuesta. Y la respuesta es Jesucristo”.

La muerte y resurrección de Jesús suministran más que una respuesta teológica abstracta al problema del dolor. También nos ofrecen ayuda práctica y real para nuestras propias batallas contra el sufrimiento. He identificado algunas maneras en las que aquellos hechos, hoy de dos mil años, tienen un impacto directo en mi propio sufrimiento.

Aprendo a juzgar el presente por el futuro.

Un hombre sabio llamado Joe Bayly una vez dijo: “No olviden en la oscuridad lo que aprendieron en la luz”. Sin embargo a veces la oscuridad desciende tan densamente que casi no podemos recordar la luz. Seguramente eso les pareció a los discípulos de Jesús.

Durante su encuentro más íntimo con ellos, la comida que se conoce como la Última Cena, Jesús hizo una declaración altisonante: En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo”(Juan 16:33). Puedo imaginarme los escalofríos en las espaldas de los once hombres que escucharon esta aseveración de los labios de Dios hecho carne. En aquel momento, once de los doce hubieran dado gustosamente sus vidas por él, más tarde aquella noche, Simón Pedro esgrimió una espada en defensa de Jesús.

Pero al día siguiente, los once en su conjunto habían perdido la fe. Aquellas palabras triunfales de la noche anterior los deben haber obsesionado cuando lo observaban, seguros y distantes, mientras él expresaba su angustia en la cruz. Era como si el mundo hubiera doblegado a Dios. Todos ellos se deslizaron hacia la oscuridad.

Pedro juró que nunca había conocido al hombre. Por supuesto, el problema que enfrentaban los discípulos era una cuestión de perspectiva. Sí, el recuerdo de la luz del pasado se había extinguido, pero unos pocos días más tarde esos mismos hombres se toparían con la luz deslumbrante de Pascua. Ese día, comprendieron que no hay oscuridad que sea demasiado grande para Dios. Comprendieron lo que significa juzgar el presente por el futuro. Aquellos excobardes, encendidos por la esperanza pascual, salieron a las calles y cambiaron el mundo.

Es algo bueno recordar, cuando nos enfrentemos a la oscuridad o a tiempos difíciles, que pasamos nuestros días en el sábado previo a la Pascua. Así lo expresó el apóstol Pablo: De hecho, considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse en nosotros”(Romanos 8:18). No fue por accidente, creo, que Jesús dijo sus palabras triunfales,“Yo he vencido al mundo”,al mismo tiempo que los soldados romanos preparaban las armas para arrestarlo. Él sabía cómo juzgar el presente por el futuro.

Aprendí el criterio del dolor transformado.

Jesucristo es el ejemplo perfecto de todas las lecciones bíblicas acerca del sufrimiento. A causa de Jesús, nunca puedo decir de una persona: “Debe estar sufriendo por algún pecado que cometió”; Jesús, que no pecó, también sintió dolor. Dios nunca prometió que los tornados irían a dejar en pie nuestra casa en su camino, y no a las de nuestros vecinos paganos; ni que los microbios abandonarían los cuerpos cristianos. No estamos excluidos de las tragedias de este mundo, Dios mismo no lo estaba.

Vemos el dolor como un agravio; así también lo vio Jesús, y es por eso que realizó las sanidades milagrosas. En Getsemaní, su oración no fue: “Gracias por esta oportunidad para sufrir”, sino que rogó con desesperación que hubiera un escape. Pero aun así estuvo dispuesto a sufrir en pos de una meta más grande. Dejó, al final, las cuestiones difíciles (“si hubiera otra manera…”) a la voluntad del Padre, y confió en que Dios usaría para el bien incluso la afrenta de su muerte.

Mediante la alquimia suprema de toda la historia, Dios tomó lo peor que podía suceder, la terrible ejecución de su Hijo inocente, y la transformó en la victoria final sobre el mal y la muerte. Fue un acto de astucia sin precedentes, transformar el plan del mal para llevarlo al servicio del bien, un acto que posee en su seno una promesa para todos nosotros. El sufrimiento inimaginable de la cruz fue completamente redimido: es por sus heridas que nos sanamos (Isaías 53:5), por sus debilidades que nos hacemos fuertes.

¿En qué sería diferente el mundo si Jesús hubiera venido como un Superman, inmune a todo dolor? ¿Qué hubiera pasado si no hubiera muerto, sino simplemente ascendido al cielo durante el juicio ante Pilatos? Al no exceptuarse a sí mismo, al haber aceptado deliberadamente lo peor que el mundo tiene para dar, Él nos da la esperanza de que Dios puede transformar el sufrimiento que cada uno de nosotros debe enfrentar. A causa de su muerte y resurrección, podemos suponer con confianza que no hay pruebas ¾enfermedad, divorcio, desempleo, quiebra, pena¾ que escapen a su poder transformador.

Los cuatro Evangelios registran una única vez en la que los discípulos de Jesús se dirigen a Él como directamente a Dios. Está al final de Juan, después de la muerte y resurrección de Jesús. Todos los discípulos ahora confían en el Cristo levantado, menos uno: Tomás, que duda.

Un empirista, Tomás, insiste en que no se convencerá a menos que ponga los dedos sobre las heridas de las manos y el costado de Jesús. No mucho después Jesús aparece, a pesar de que las puertas están cerradas, y le ofrece la oportunidad de hacerlo. “¡Señor mío y Dios mío!”, exclamó Tomás. Las heridas eran la prueba de un milagro más allá de los milagros.

Me siento más seguro de que Dios realmente entiende mi dolor.

Por Jesús, nunca necesito gritar al abismo: “Oye, allí arriba, ¿te preocupas?”. La presencia del sufrimiento no significa que Dios me haya abandonado. Al contrario, al unírsenos en la Tierra, Dios nos dio una prueba sólida, histórica, de que escucha nuestros lamentos e incluso se lamenta con nosotros. Cuando soportamos pruebas, está a nuestro lado, como el cuarto hombre en el horno ardiente.

¿Por qué Jesús tuvo que sufrir y morir? La pregunta se merece un libro entero, y ha motivado muchos libros, pero entre las respuestas que La Biblia da, esta es de lo más misteriosa: El sufrimiento actúa como una especie de “experiencia de aprendizaje” para Dios. Estas palabras pueden sonar vagamente heréticas, pero solo estoy siguiendo las frases usadas en el libro de los Hebreos.

Hebreos se escribió para una audiencia judía inmersa en el Antiguo Testamento. El autor se esfuerza por mostrar que Jesús es “mejor”, una palabra clave a lo largo del texto. ¿De qué manera es mejor que el sistema religioso al que estábamos acostumbrados? ¿Más poderoso? ¿Más admirable? No, Hebreos subraya que Jesús es mejor porque ha tendido puentes entre el abismo, entre Dios y nosotros. Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer” (5:8) En todas partes, ese libro nos dice que el autor de nuestra salvación fue perfeccionado a través del sufrimiento (2:10)

Estas palabras, llenas de un misterio insondable, seguramente significan al menos esto: la Encarnación tiene un sentido tanto para Dios como para nosotros. La historia humana no gira alrededor de nuestra experiencia de Dios, sino de su experiencia con nosotros. En un nivel, por supuesto, Dios comprendió el dolor físico, ya que diseñó el maravilloso sistema nervioso que nos alerta contra los daños.Pero, siendo un espíritu, ¿alguna vez sintió dolor físico? No hasta la Encarnación, el giro en el tiempo cuando Dios mismo experimentó lo que es un ser humano.

De alguna forma incomprensible, Dios escucha nuestros gritos de forma distinta a causa de Jesús. El autor de Hebreos se maravilla de que, cualquiera sea la situación por la que pasamos, Dios mismo la ha pasado. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado” (Hebreos 4:15).

Tenemos un sumo sacerdote que, habiéndose graduado de la escuela del sufrimiento, que puede tratar con paciencia a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está sujeto a las debilidades humanas”(5:2). A causa de Jesús, Dios comprende, verdaderamente comprende, nuestro dolor. Nuestras lágrimas se transforman en sus lágrimas. No estamos abandonados. Ninguno debe sufrir en soledad.

Por Philip Yancey
Tomado del libro: ¿Dónde está Dios cuando duele?
Peniel

 

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