Dos enemigos en las relaciones

Construyamos relaciones sólidas

Hace unos años Dios me guió a un período de restauración personal que renovó mi relación con Él. Me llevó a cambiar mi manera de pensar acerca de Dios, de mí misma y de los demás; por lo tanto, revivió mi relación matrimonial.

Quisiera compartir contigo lo que Dios me mostro sobre mi vida mientras trabajaba conmigo para transformarme en una persona nueva:

  • Falta de gratitud hacia Dios, la vida y hacia mi familia.
  • Falta de misericordia: no le daba la oportunidad a mi esposo de ser humano y de equivocarse.
  • Falta de oración: trataba de arreglar las cosas a mi manera y la oración era el último recurso.
  • Falta de perdón: recordaba todas las ofensas con mucho dolor y con deseos de tomar represalias.
  • Falta de esperanza: me concentraba y pasaba mucho tiempo sufriendo por el pasado, preocupándome por el futuro y dejando pasar el presente sin generar fruto.

Me di cuenta de que había demasiadas actitudes desacertadas y mucho por hacer, así que decidí cambiar poco a poco con el tiempo. Con la guía del Señor, decidí poner en práctica lo siguiente:

  • Necesitaba sabiduría, así que leía un capítulo del libro de Proverbios todos los días. Por un tiempo leí también un capítulo de Proverbios y cinco de Salmos.
  • Decidí que en lugar de enfocarme en la queja, levantaría a mi esposo en oración.
  • Me comprometí a aprender a relacionarme y a leer sobre los factores que afectan un matrimonio porque a veces lo que nos hace daño es “lo que no sabemos que no sabemos”.

Es por eso que hoy estamos conscientes de que para traer orden a cualquier nación, debemos comenzar por ordenar los hogares de esa nación, debemos comenzar por ordenar los hogares de esa nación. Para ordenar el hogar, debemos cultivar primero nuestra vida persona e individual, lo cual comienza con un corazón correcto hacia todas las cosas que nos conciernes, porque somos creados entre responsables que viven en comunidad. Me di cuenta de que para traer paz a mi hogar debía asumir la responsabilidad en todas las áreas de mi vida, incluyendo la espiritual, dependiendo de Dios y no de mí misma para crecer y luego restaurar mis relaciones con mi esposo, mi familia y mi comunidad.

Muchos de estos dolores, enfermedades y problemas son producto de sentirnos ofendidos.

Esto es lo que he observado del comportamiento humano. En nuestro tiempo la gente parece buscar cosas por las que ofenderse para después tener tema de conversación.

Dos males hay en esto. Primero, el ofendernos tan fácilmente es la receta perfecta para la infelicidad. Segundo, el contar las ofensas es tóxico para el que las cuenta como para el que las escucha. He aprendido que las ofensas se resuelven y se perdonan.

Te invito a que le pidas a Dios que te muestre el camino para resolver cualquier situación por las que estés pasando en estos momentos y que comiences a disfrutar de su buena, agradable y perfecta voluntad.

Juntas meditemos: “Señor Jesús, ahora comprendo que fueron las quejas y la falta de agradecimiento lo que ocasionó que toda la generación que salió de Egipto en busca de la Tierra Prometida falleciera en el desierto. Amado Señor, te pido perdón por mi ignorancia y por mi falta de gratitud, y te ruego que me permitas transformarme en una persona nueva llena de amor, de agradecimiento y de gozo. Conviérteme, Señor, en instrumento de tu gracia y bendición”.

Por mucho tiempo, mi esposo no entendió cómo una persona tan optimista como yo podía ser al mismo tiempo tan pesimista. Le explicaba que yo era “realista”. La verdad es que no tiene nada que ver con eso. Mi problema es la falta de paciencia conmigo misma y con los demás.

He decidido dejar que el Señor produzca en mí paciencia, porque no me gustan los frutos que la impaciencia me ha generado. Esta produce desánimo, críticas, juicio; mientras que la paciencia que proviene del Espíritu Santo de Dios genera paz. Decide hoy qué fruto quiere producir en tu hogar.

Recuerdo los consejos que me daban los psicólogos cuando hablaba de todas las actitudes de mi esposo que yo consideraba inmaduras. “¡Señora, deje de preocuparse, de criticar y quejarse. Déjelo!”. Era más o menos lo que todos me decían. Por supuesto, no eran psicólogos cristianos, ya que en el directorio de mi seguro médico, no había suficiente información para saber si el profesional era cristiano o no. En aquella época, yo no sabía realmente cueal era la respuesta a mis problemas maritales, pero sí sabía que la respuesta no era dejar a mi esposo. ¡Solo quería que él cambiara! ¡Y no todo! Solo que cambiara lo que a mí no me gustaba. A nadie se le ocurrió decirme: “Señora, téngase y téngale paciencia”.

La impaciencia y la crítica puede llevarnos a desechar a las personas cuando las cosas no funcionan tan rápidamente como nos gustaría. Sacrificamos nuestras relaciones con nuestros cónyuges y hasta con nuestros hijos porque no cambian tan rápida y exactamente como a nosotras nos gustaría. Lo más triste es que rompemos relaciones importantes prematuramente, apresuradamente y sin necesidad.

Tomemos la decisión de hoy en adelante ser más pacientes. Si lees Colosenses 3:12-14 encontrarás muchas cosas que están bajo tu control. Ser paciente es algo que tú puedes decidir lograr. Decide ser paciente y verás, que aunque nadie cambie, restaurarás la paz en tu vida y en tu hogar. Podemos orar: “Bendito Padre celestial, la impaciencia también genera desánimo, críticas, prejuicios, pesimismo y negatividad. Señor, recuérdame siempre tus palabras en Salmo 27:14: Pon tu esperanza en el Señor; ten valor, cobra ánimo; ¡pon tu esperanza en el Señor!”.

 Por Rebeca Segebre
Tomado del libro: Mi vida: un jardín
Desafío

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