Una compasión implacable

Nuestro único modelo es Cristo Jesús

Un viejo rabino jasídico, Levi Itzjak de Berdychiv, en Ucrania, solía decir que descubrió el significado del amor a través de un campesino borracho. Al ingresar a una taberna en la zona rural de Polonia, vio a dos campesinos en una mesa, gloriosamente entrados en alcohol. Ambos declaraban cuánto se amaban el uno al otro, cuando Iván le dijo a Pedro:
—Pedro, dime cuáles son las cosas que me causan dolor.
Con el rostro lánguido, este miró a Iván y le dijo:
—¿Cómo puedo yo saber lo que te causa dolor?
La respuesta no se hizo esperar:
—Si no conoces lo que me causa dolor, ¿cómo puedes decir que amas?
La extraordinaria percepción y exquisita sensibilidad de Jesús le permitieron leer el corazón humano con aguda claridad. “No necesitaba que nadie le informara nada acerca de los demás, pues él conocía el interior del ser humano” (Juan 2:25). Cristo sabe qué cosas nos causan dolor. Lo supo entonces y lo sabe ahora. Él ama tan profundamente que la mente humana no puede comprenderlo.
Hace varios años, cuando un ministro amigo mío tocó fondo, renunció a su iglesia y abandonó a su familia, huyendo a un campamento en Nueva Inglaterra, una tarde de invierno, el calentador eléctrico portátil dejó de funcionar repentinamente. Maldiciendo esta última evidencia de un mundo hostil, gritó: “¡Dios, te odio!”, y en llanto cayó de rodillas. Allí, en la brillante oscuridad de la fe, oyó a Cristo decir: “Lo sé, está bien”. Y entonces este hombre destrozado oyó a Jesús llorar junto a él. El ministro se puso de pie y emprendió el regreso a su hogar.
El Señor detecta finamente los odios y amores, las desilusiones y los placeres, las separaciones y las uniones, los temores, las alegrías y los sufrimientos de cada uno de nosotros. A través de todo su ministerio terrenal nos demuestra que conoce aquellas cosas que hieren el corazón humano: con la afligida María Magdalena llorando a sus pies, la mujer adúltera que temía por su vida, la mujer samaritana con su historia de relaciones fracasadas, las mujeres que lloraban a lo largo del camino al Calvario. Lo demuestran los pasajes que afirman que Jesús “tuvo compasión”.
El verbo griego splagchnizomai se traduce generalmente como ‘ser movido por la compasión’. Pero su significado etimológico es más profundo y poderoso. El verbo deriva del sustantivo splanxna, que significa intestinos, vísceras, entrañas, es decir, las partes internas de donde surgen las emociones más fuertes. En nuestra jerga lo llamaríamos una reacción visceral. Por este motivo es que algunas traducciones recurren a expresiones activas como “movido a compasión” o “Su corazón rebosó de compasión”. Pero ni aun así estos verbos logran capturar la profunda esencia física del verbo griego para compasión. La compasión que Jesús sentía era muy distinta a las emociones superficiales y efímeras de la piedad y la empatía. Su corazón estaba abierto, sus entrañas fueron arrancadas, la parte más vulnerable de su ser estaba al descubierto.
Henri Nouwen escribe: “Esto [splagchnizomai] tiene que ver con la palabra hebrea para compasión, rachamim, que remite al seno de Yahveh. Desdeluego que la compasión es una emoción tan profunda, centraly potente en Jesús, que solo puede ser descrita como un movimientodel seno de Dios. Allí queda escondida toda la ternura yamabilidad del Padre. Allí es donde es padre y madre, hermanoy hermana, hijo e hija. Allí, todos los sentimientos, emocionesy pasiones se identifican en amor divino”.
Cuando Jesús lloró ante el quebrantamiento de mi amigo elministro, se sacudió el motivo de todo ser, tembló la fuente devida, estalló el corazón de todo amor y se relevó la insondableprofundidad de la ternura inmensa e inagotable de Dios.
Los numerosos milagros de sanidad física que Cristo llevó acabo para aliviar el sufrimiento humano son solo un indicio de laangustia en el corazón del Hijo de Dios ante la humanidad herida.Su compasión nace desde las entrañas de su ser y se desenvuelve aun nivel que escapa la imitación humana. Jesús tocó las profundidadesdel sufrimiento humano, se perdió con los perdidos, sintióhambre con los hambrientos y sed con los sedientos. En la cruzviajó a los confines de la soledad para así poder estar a solas conaquellos que estamos solos y al compartir aquella soledad acabócon su poder devastador.Lo hizo en ese entonces y lo hace ahora también. Cristo seconmueve ante la esperanza y el temor, ante las celebraciones y desolaciones de cada uno de nosotros. Él es la representación físicade la compasión del Padre. El místico del siglo XV Maestro Eckhartescribió: “Puede llamar a Dios amor; puede llamarlo Dios,pero el mejor nombre para Dios es compasión”. Cuando nos referimosa Jesucristo como Emanuel, Dios con nosotros, afirmamosque el amante más grandioso de la historia conoce aquello quenos causa dolor. Jesús revela a un Dios que no es indiferente antela agonía humana, un Dios que abraza plenamente la condiciónhumana y que se sumerge en el corazón de su lucha.
No existe cosa alguna que Cristo no comprenda del sufrimientoque amenaza al curso de la historia. En su propia pielsiente cada separación y cada pérdida, cada herida del corazónabierta por el dolor, cada llanto de luto que suena en los pasillosdel tiempo.
No es un disparate religioso. El Jesús resucitado no es el “viejobarbudo” (como algunos disfrutan llamarlo), una nube celestialni el presidente invisible del espacio exterior. Su resurrección no fue un escape al más allá. Su paso a una nueva vida el domingo dePascua lo libró de las limitaciones del tiempo y espacio propias dela existencia humana y lo habilitó para poder alcanzar a Nepal y aNueva Orleáns; a Mateo, a Magdalena y a mí. El León de Judá ensu resurrección nos busca, nos persigue, nos sigue los pasos, aquíy ahora. Cuando clamamos junto a Jeremías: “¡Suficiente! Déjamesolo con mi melancolía”, el Pastor responde: “No te dejarésolo. Eres mío. Conozco a cada una de mis ovejas por su nombre.Tú me perteneces. Si crees que he terminado contigo, que soy undios pequeño a quien puedes tener a una distancia segura, voy asaltar sobre ti como león rugiente y a despedazarte, hacerte trizasy quebrar cada uno de tus huesos. Luego voy a sanarte, acunarteen mis brazos y besarte con cariño”.
El León y el Pastor son uno y son el mismo. La búsqueda ferozy la compasión inacabable son realidades duales del Enamoradoimplacable que no solo conoce lo que nos causa dolor sino quesabe cómo sanarlo. Y este Dios salvaje y consolador es también elCordero que padeció el dolor de la muerte por nosotros.
Permíteme contarte la historia de un anciano en su lecho demuerte. Cuando el sacerdote llegó para darle la unción, observóque había una silla vacía junto a la cama y le preguntó quién lohabía visitado. El anciano enfermo le contestó:
—Coloco a Jesús en ese asiento y le hablo.
Le explicó que durante varios años le había resultado extremadamentedifícil orar, hasta que un amigo le explicó que la oraciónse trataba simplemente de hablar con Jesús, y le sugirió quese lo imaginara sentado en una silla en donde pudiera hablar conÉl y escuchar lo que dijera en respuesta.
—Desde entonces no he tenido inconvenientes para orar.
¿Será que el anciano compartía su temor a la muerte, sabiendoque Jesús sentiría lo mismo que él? ¿Será que se lamentaba por el dolor que sus seres queridos iban a sentir, sabiendo que Jesús habíapasado por lo mismo? ¿Será que oraba por coraje al enfrentarse auna muerte voraz sabiendo que Jesús sudó sangre por la noche?
Unos días después, la hija de este hombre se dirigió a la capillapara informarle al sacerdote que su padre acababa de morir. Elladijo:
—Como se lo veía tan contento, lo dejé a solas por unas horas.
Cuando regresé a la habitación, lo encontré muerto. Sin embargo,noté algo extraño: su cabeza no descansaba sobre la cama sinosobre una silla vacía junto a ella”.
El León que acabará con todo aquello que nos separa de Él;el Cordero que fue inmolado para reparar esa separación, ambosson símbolos y sinónimos de Jesús. Implacable y tierno; aspectosindivisibles de la Realidad Divina.
¿Por qué será que el splagchnizomai (mi propia traducción es‘implacable ternura’) de Jesús está tan ausente en nuestras relacionesinterpersonales? Henri Nouwen ha comentado: “Cuandohacemos una crítica de nosotros mismos, debemos reconocer quela competencia, y no la compasión, es nuestra motivación principalde la vida”.Es una visión controversial. Estamos atrapados enun juego individualista; nuestro sentido de valoración personaldepende de la comparación favorable o desfavorable que hacemoscon otros. La escala social, los juegos de poder y la necesidad deganar descartan la posibilidad de ejercer la compasión. Nuestrasensación de superioridad aumenta con los logros individualesque alcanzamos.Nos volvemos posesivos y guardianes de nuestros trofeos. Este espíritu sutil de competencia, que alcanza los rinconesmás pequeños de nuestras relaciones, nos impide ser compasivos.
La compasión es un lujo que puedo darme cuando me enfrentoa algo dramático, como la crisis de Medio Oriente. Abandonarmis características de prestigio significaría perder mi identidad.(Es decir, sería como cualquier otro, como la gentuza insípida quejamás ha compartido un desayuno con el presidente y la primeradama como yo). Evidentemente, el llamado a una vida compasiva es perturbador,incluso aterrador. La sirena interior que nos llama a lasuperioridad, a estar más bronceados o mejor vestidos, a ser másinteligentes o ricos, a estar más informados y ser más competentesque el resto suena fuerte y claro dentro de nosotros.
Pero para que el splagchnizomai (la implacable ternura deJesús) se aferre a nosotros, la percepción coherente de nosotrosmismos no debe cimentarse en diferencias ilusorias sino en nuestrahumanidad compartida. Como frecuentemente decimos losalcohólicos en recuperación: “Sin la gracia de Dios no soy nada”.
A principios de su viaje espiritual, el monje trapense ThomasMerton escribió Semillas de contemplación, en el que discretamente insinuaba que los místicos eran una raza superior. Pero luego fuetan sorprendido por la revelación que recibió mediante su solidaridadcon los pecadores y su completa inclusión en la familiahumana, que clamó: “Esta sensación de liberación de las falsasdiferencias fue un alivio y una alegría tal que estuve a punto degritar (…) Gracias Dios, gracias Dios por hacerme igual que losotros hombres, porque solo soy un hombre entre los demás. Es undestino glorioso ser miembro de la raza humana”.
La implacable ternura de Jesús nos desafía a abandonar nuestrasfalsas apariencias, nuestras pequeñas presunciones, nuestrasvanidades irritantes, nuestra absurda hipocresía, y a convertirnosen socios vitalicios de la desordenada comunidad humana. Jesúsnos llama a ser tiernos entre nosotros porque Él es tierno. Nos invitaa formar parte de la comunidad de pecadores salvos, en dondenuestra identidad y gloria no radican en logros individuales,en baratijas, en títulos honorarios ni en falsas diferencias sino ennuestro “nuevo ser” en Cristo irrevocablemente unido a nuestroshermanos y hermanas en la familia de Dios.
Como lo define la segunda carta de Pedro, somos “participantesde la naturaleza divina”, atrapados en la vida del mismo Señor,capaces de trascender nuestras emociones automáticas de temory disgusto y de toda la basura de críticas con la que cargamos,podemos ser implacablemente tiernos, del mismo modo que elLeón-Cordero es implacable y tierno.Y su compasión no conoce fronteras ni límites y se extiende atodos nosotros, incluyéndome a mí.
Una de las contradicciones más sorprendentes de la vida cristianaes el desamor intenso que muchos discípulos de Jesús tienenpara con ellos mismos. Jamás podrían sentir por los defectos de otra persona tanto disgusto, impaciencia, enojo, rencor y maldad comolo sienten por los propios. Están hartos de ellos mismos, cansadosde su propia mediocridad, asqueados de sus inconsistencias, aburridosde su monotonía. Nunca juzgarían a cualquier otro hijo de Dioscon la salvaje condena que aplican sobre sus vidas. Al experimentarla implacable ternura de Jesús, primero aprendemos a ser amablescon nosotros mismos. En la medida que permitamos que el splagchnizomaidel Señor invada nuestros corazones, seremos libres delautodesprecio que nos persigue donde sea que vayamos y del queestamos avergonzados. Es simplemente imposible conocer al Dios de los evangelios a menos que cambiemos nuestra actitud sobrenosotros mismos y tomemos partido por Dios, en contra de nuestraevaluación propia. ¿Te gustaría saber en este momento lo que Cristosiente sobre ti? Bernard Bush dice que de esta manera podrás saberlo:si te amas a ti mismo intensa y libremente, entonces tus sentimientoscorresponden perfectamente con los sentimientos de Jesús.
Y la sorpresa divina es, por supuesto, que amarnos a nosotrosnos hace libres para amar a los demás. Hay un pasaje en la novelaEl rostro al costado del fuego que no hepodido sacar de mi mente. Laurens Van der Post describe a unamujer insegura que compite agresivamente con su marido. Parano revelar su vulnerabilidad ella renuncia a la ternura. “Lentamente está envenenando a Alberto [con un] veneno (…)que no se encuentra en ningún libro de química (…) Es unveneno tramado en todas las palabras, en las delicadas, tiernas,fogosas trivialidades y pequeñas demostraciones de cariño queella jamás utilizó”.
El amor que retenemos en las luchas de poder en nuestro matrimonioy en nuestras relaciones se libera a través de nuestraunión con Jesús. Es una nueva forma de vivir en la cual las comparaciones,los contrastes, las rivalidades, la competencia y losalardes de superioridad gradualmente se dejan atrás.
A esto se refirió Pablo con “nueva creación”, con nuestrasmentes siendo renovadas en una revolución espiritual. Nunca nosparecemos tanto a Cristo como cuando nos sumergimos en la compasión por los demás.
La implacable ternura del León-Cordero para conmigo me hacetemblar de asombro y de alegría. Siento el asombro, la certeza,la acción de gracias, aquello que los franceses llaman joiedebordantey una profunda sensación de reverencia. Al mismo tiempo,me siento abrumado, culpable y desafiado por mi propia falta deellos. Me siento afligido por tener una compasión imparcial, unamor medido, por retener expresiones de cariño hacia mi esposa,mis hijos, mis padres, mis amigos y los conocidos que me necesitan…hasta el momento en el que cumplan mis expectativas.
Sin embargo, el Señor Jesús no me llama a condenarme y asentirme culpable. La culpa egocéntrica me encierra en mí mismoy evita la presencia de un Dios compasivo. No debo sorprendermeni aterrarme por haber fracasado. Cristo tampoco lo hace; suilimitada misericordia, que no guarda registros de los errores, mellama a arrepentirme, a reconocer humildemente mi fracaso sinperturbarme indebidamente por ello, y en el poder de su Espíritume convoca a practicar una vida de compasión. La palabra queme dice hoy es la misma que habló a Pedro después de su triplenegación: “Shalom, mi amigo, Shalom”.
El splagchnizomai de Jesús me ayuda a comprender el significadode la palabra más manipulada y destruida del lenguaje:amor. El doctor James Shannon lo describe gráficamente: “Utilizamos la palabra amor para describir tanto el motivo de lamuerte voluntaria de Jesucristo en el calvario, como la trama deuna película pornográfica fuerte, el vínculo de afecto entre loshippies, la unión íntima de un matrimonio y la promiscuidad
desenfrenada durante un fin de semana”.
El amor compasivo de Jesús obrando en nosotros es una fuerzaque nos habilita a sufrir con, soportar con, luchar con, participarde, ser movido en las profundidades de nuestro ser frenteal hambre, la desnudez, la soledad, el dolor, las malas decisionesy los sueños fracasados de nuestros hermanos y hermanas en lafamilia humana. No es que debamos hacer obras misioneras enlugares remotos. La pasión de Cristo se encuentra en nuestrascomunidades, quizá en nuestros propios hogares, en cualquieraque esté en agonía de carne o espíritu. Jesús está presente no demanera vaga y misteriosa sino verdadera, ya que todo lo que hacemospor el más pequeño de nuestros hermanos, lo hacemos porÉl. En ese calvario en la casa de nuestro vecino, donde Cristo aúnsigue colgado, serviré a mi Salvador y mi Señor.
El splagchnizomai de Jesús no deja espacio para el idealismosobrenatural o la piedad sentimental. Bíblicamente, la compasiónsignifica acción. Recuerdo un cartel popular de los años 60 que decía “El amor es un verbo”. Una lágrima derramada por unavida es solo una emoción, pero cuando se combina con escribiruna carta, tocar a su puerta o con un llamado telefónico, pasaa ser compasión. La diferencia está categóricamente descrita el1 Juan 3:17-18: “Si alguien que posee bienes materiales ve que suhermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él, ¿cómo sepuede decir que el amor de Dios habita en él? Queridos hijos, no amemosde palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad”.
Cada vez que en los evangelios se menciona que Jesús fue movidopor las emociones más profundas, le sigue una descripciónde sus actos en consecuencia: alimentar a multitudes hambrientas,interceder por ellos ante Dios, llevar sanidad física o interior,o liberación. El buen samaritano fue elogiado por haber actuado.El sacerdote y el levita, modelos del pensamiento teológico adecuado,fallaron la prueba crucial por no haber obrado.
Laurens Van der Post relata la historia de dos hermanos. Elhermano mayor era un excelente atleta, fuerte, alto e inteligente.Fue enviado a una escuela privada en Sudáfrica, donde su familiavivía, y se convirtió en un líder admirado por el cuerpo estudiantil.Su hermano era unos seis años menor, no era ni atractivo ni teníamuchas aptitudes, y además tenía una encorvada joroba. Perotenía un gran don, una magnífica voz para cantar. Me resultó fácilidentificarme con esta historia porque yo era como el hermanomenor (a pesar de tampoco poder cantar).Al tiempo, el hermano menor se unió al mayor en el mismocolegio pupilo. Un día, en un estallido de crueldad, un grupo dealumnos atacaron al hermano menor, se burlaron de él y rompieronsu camisa para revelar su joroba.El hermano mayor estaba al tanto de lo que sucedía. Podríahaber salido y haberse enfrentado a la multitud de alumnos despiadados,haber reconocido al jorobado como su hermano y asíponer fin a toda la historia. En cambio, permaneció en el laboratoriocompletando una asignatura. La traición a su hermano fueno haber hecho lo que debía.El hermano menor jamás volvió a ser el mismo. Regresó a lagranja de sus padres, en donde se aisló de todos y dejó de cantar.Mientras tanto, el hermano mayor se convirtió en soldado destacadode la Segunda Guerra Mundial en Palestina. Una noche,mientras descansaba al aire libre y miraba al cielo estrellado, sedio cuenta del daño que le había hecho a su hermano menor en sus días de escuela. Su corazón le dijo que jamás tendría paz hastaque se reuniera con su hermano y le pidiera disculpas. Y así fueque emprendió el increíblemente difícil regreso a casa en épocade guerra, de Palestina a Sudáfrica. Los hermanos hablaron hastabien entrada la noche, el mayor confesó su culpa y arrepentimiento.Lloraron juntos, abrazados y la grieta entre ellos fue sanada.Algo más sucedió aquella noche. El hermano mayor dormíaprofundamente cuando lo despertó el sonido de una melodiosavoz, plena e intensa que se elevaba en la noche. Era la hermosavoz de su hermano menor que cantaba una vez más.
Mediante un acto valioso y concreto de cariño compasivo, elhermano mayor trajo sanidad y plenitud a su hermano, a él mismoy a la relación. Quizá la mayor traición al splagchnizomai de Jesússea fallar en amar cuando tenemos la oportunidad de hacerlo.
Discúlpame si utilizo estas últimas líneas para examinar mi propiaconciencia, pero me planteo preguntas difíciles y honestas sobre esto que escribo. ¿Revelan estas líneas una rebelión despiadadacontra la injusticia del sistema que descalifica a un hombrecasado para formar parte de un ministerio en la Iglesia católica?¿He permitido que mi dolor se convierta en falta de perdón? ¿Hetransmitido un aire de superioridad por sobre algunos predicadoreslegalistas? ¿He traicionado mi propia palabra, aquella que diceque la compasión es la única realidad, que todo lo demás es unailusión, un error, una mentira? De una cosa estoy seguro: la compasiónes el nombre mediante el cual Jesús se reveló en mi vida, ymi propia identidad se vuelve ambigua, incierta, confusa cuandopermito que cualquier otra cosa que no sea la implacable ternuradel León y Cordero de Dios dicte mi percepción de la realidad, yasea el enojo hipócrita, defensivo, el deseo de ganar, la necesidad imperiosa de cambiar a los demás, la crítica malintencionada, elhambre inacabable de ser reconocido, la frustración con la ignorancia de los demás, o lo que sea.

Por Brennan Manning
Tomado del libro: León y Cordero
Peniel

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