Tu accidente geográfico

No permitas que estos te detengan

Disfrutaba de geografía en mi época escolar. Uno de los temas que más recuerdo es el de los accidentes geográficos. No me preguntes por qué, no tengo respuesta. ¿Será que los tengo presentes porque me gusta compararlos con la vida? Puede ser.

Me resulta fascinante la conexión y son ejemplos maravillososque me conducen a pensar que las personas tenemos una geografía propia repleta de recursos naturales. Esos recursos quenos fueron dados desde antes de nacer: cataratas de potencial, ríos de dones, montañas de talentos y capacidades, y otros quevamos desarrollando con la experiencia a medida que el tiempopasa. También transitamos durante la vida por diferentes tiposde regiones (accidentes geográficos interiores) que, a medida que las superamos, nos preparan para continuar explorando yconquistando nuevos territorios. Pero en muchísimas ocasiones, esa geografía “colapsa”. Algunas mujeres prefieren dejar esa materiacomo previa, pues no se atreven a rendir el examen final paraaprobarla, aun sabiendo que “sin ella” hay ciclos que no terminaránde cerrar.

Es verdad que existen regiones por las cuales nunca quisiéramostransitar, lugares escabrosos que preferiríamos sobrevolary observar de lejos. Pero por diversas circunstancias de la vida,se tornan ineludibles. Allí, la geografía suele ser inhóspita, contramos dificultosos que nos hacen pensar que no podremos avanzar o que no tendremos las fuerzas suficientes paracontinuar.

En nuestra geografía interna, hay montañas que aún no hemosescalado, valles que no hemos atravesado, desiertos que nohemos superado, selvas que no hemos explorado, cuevas de lasque todavía no hemos salido, mares que no nos animamos a navegar,pantanos que nos mantienen estancadas y culpas que nosllevan a fosas muy profundas.

Frecuentemente me encuentro con mujeres que están hundidasen el pantano de la culpa; con otras que se encuentran estancadasen las arenas del temor; con otras que se hallan perdidasen la selva de la indecisión; y con muchas otras que se escondenen la cueva oscura de la vergüenza o en la fosa del fracaso. La cuestión no es evadir estos lugares. No creo que sea posible y, silo fuera, nos perderíamos la oportunidad de vivir porque nuestrocrecimiento en la vida para llegar a ser lo que anhelamos ser consisteen enfrentar estos lugares, transitarlos y salir de cada una de estas regiones. ¿Cómo? Habiendo aprendido algo, siendo mejorespersonas y desarrollando nuevos recursos internos.

En mi propia experiencia aprendí que en cada una tengo la opción de elegirpermanecer allí o avanzar y que es necesario correr el riesgo deenfrentarlos a todos. Porque solo así es posible superarlos y seguiradelante.

Valles de ansiedad

La ansiedad es una emoción que produce intranquilidad. Es un estado de agitación del ánimo que se manifiesta de diferentes maneras en nuestra psiquis y en nuestro cuerpo, a través de preocupación constante, tensión, falta de concentración, trastornos del sueño, etc. Comienza en la mente y, de a poco, se adueña de las emociones e, incluso, de la salud. En general, se trata de una respuesta que tiene lugar frente a una amenaza futura.

El valle de la ansiedad es un camino peligroso entre las montañas del estrés, una línea recta que, en algún momento, se eleva hacia alturas insospechadas de supuestos problemas, que tal vez nunca lleguen pero que creemos imposibles de traspasar.

El Dr. José Batista, psicólogo y referente a nivel mundial en planeación estratégica, desarrollo humano y cambio cultural, señala lo siguiente en su libro Dile adiós a la T.I.A. (tristeza, ira, amargura): “El nivel de ansiedad de la sociedad actual es un grito desesperado del alma en busca del crecimiento interior del ser humano. La conducta de rebeldía es una máscara que nace de la incapacidad para enfrentar la vida”. Y más adelante agrega: “Somos testigos de una crisis emocional que se manifiesta en la inhabilidad de tener la conducta adecuada y en la aparición de enfermedades psicosomáticas”.

Ese grito desesperado del alma es el que nos muestra crudamente que no podemos tener todo bajo control. Que hay cuestiones que nos exceden y muchas de estas quedan fuera de nuestro círculo de influencia. Es decir, que aunque sean reales y no sean un producto de nuestra preocupación anticipada, no tenemos injerencia o influencia sobre ellas.

No es una cuestión de pasar por el valle, sino más bien de no acostumbrarnos a permanecer en él. “El hecho de existir, induce un campo de tensión necesario para buscar un equilibrio entre lo desconocido y la actitud necesaria para enfrentarlo. Esto recibe el nombre de ansiedad. Este conflicto será permanente y obligará tomar decisiones en forma constante”.

Existe una ansiedad “normal” que nos sirve como recurso frente a situaciones nuevas y nos genera cierta adrenalina para poder superarlas. Pero cuando elegimos adentrarnos y detenernos en el valle de la ansiedad, y esto interfiere en nuestra cotidianeidad, nos vamos introduciendo lentamente en un terreno donde los obstáculos serán (innecesariamente) cada vez mayores a todo nivel.

A nivel mental, se agigantarán las piedras de la preocupación, el miedo o el temor, la incapacidad de tomar decisiones, la sensación de vacío, la inseguridad y la sensación de inferioridad, entre otras.

A nivel conductual, nos enfrentaremos con un clima extremo de tensión, un estado de alerta permanente, torpeza, impulsividad y cambios en el lenguaje corporal.

A nivel físico, experimentaremos una sensación de falta de aire, palpitaciones, molestias digestivas, alteraciones de la alimentación y el sueño y cosas por el estilo.

Como comparto en mi libro Mujeres inteligentes espiritualmente: “Hay personas para quienes la ansiedad es un estado pasajero y otras que son pasajeras de la ansiedad. ¡Están subidas al tren y no se bajan! Cuando estamos ansiosas y subidas al tren de la ansiedad, el viaje se hace interminable y, en cada estación, este estado acrecienta:

Primera estación: preocupación

Segunda estación: intranquilidad

Tercera estación: tensión

Cuarta estación: falta de concentración

Quinta estación: nerviosismo

Sexta estación: trastornos del sueño

Final del recorrido: pérdida de la paz”.

Querida mujer, ¿en qué estación te encuentras? ¡Estás a tiempo de bajarte del tren!

“¿Cómo hacerlo?”, tal vez te preguntes…

  • Desafía los pensamientos que te generan ansiedad: elige qué pensar.
  • Expresa cómo te sientes. Busca alguien de confianza con quien puedas compartir y poner en palabras lo que te sucede.
  • Enfócate en el presente. Mirar hacia atrás no cambia nada, solo aumenta la ansiedad y la preocupación por algo que está fuera de tu alcance.
  • Enfócate en lo que sí puedes controlar (a ti misma en primer lugar).
  • Realiza alguna actividad física: caminar, correr, practicar un deporte, etc. Esto no solo libera hormonas de bienestar, sino que además te libera de presiones, mejora tu estado anímico y te ayuda a despejarte para pensar con mayor claridad.

Estrechos de temor

Existen temores que son temporales y nos abren posibilidades al crecimiento, pues nos impulsan a superarnos a nosotras mismas y a decirnos: “Lo voy a lograr a pesar de lo que siento, me voy a animar a vencer este desafío, aunque tenga miedo”. La sensación

ante un logro es gratificante y, a medida que nos afianzamos en dichas cuestiones, el temor queda atrás.

Pero en el estrecho del temor las cosas son muy diferentes. Un estrecho geográfico es un paso o canal de agua que se encuentra entre dos porciones de tierra y comunica lagos o mares. Allí la navegación se vuelve más limitada debido al poco espacio que queda libre para transitar. En un estrecho siempre hay poco espacio para moverse. Lo mismo sucede cuando vivimos limitadas por el temor.

Hay temores que parecen fortalezas inexpugnables porque se enquistan, se afirman y nos impiden accionar y avanzar. Algunos los arrastramos desde pequeñas, otros aparecen debido a crisis diversas. En la mayoría de los casos, los cargamos durante años sobre nuestras espaldas y cada día que pasa nos pesan más.

El temor va mina tu mente poco a poco, te desalienta frente a nuevas oportunidades, te inhibe frente a los proyectos, te incomoda frente a los demás, te mantiene desmotivada y desenfocada.

¡Cuántas mujeres dominadas por el temor se sienten vacías y se mantienen inmóviles, a la defensiva y cerradas a lo nuevo sin expectativas de avanzar en la vida! El punto es qué vas a elegir hacer con tus miedos. ¿Cómo vas a tratarlos? ¿Los alimentarás y engordarás hasta que sean enormes e inmanejables o los dejarás morir de inanición?

Tú puedes elegir entre ser paralizada y limitada por los temores o dominarlos a ellos, dejarlos atrás y usarlos a tu favor. La decisión es tuya.

Mar de angustia

Una de las cosas que mejor nos hacen cuando estamos angustiadas es un buen abrazo. ¡Los abrazos son un recurso maravilloso! Se necesitan dos para abrazarse, lo cual quiere decir que no estás sola. Cuando nos abrazamos, se liberan tensiones, se relajan los músculos, aumentan los niveles de oxitocina, serotonina, endorfina y dopamina en nuestro cuerpo (las hormonas relacionadas con la felicidad, el placer, el bienestar y el buen humor). Cuando nos abrazamos se eleva nuestra autoestima, se descarga el estrés y mejora nuestro sistema inmune, entre muchos otros beneficios.

Pero también descubrí que puedo abrazar con las palabras. Y que ciertas palabras me abrazan a mí. Muchas de ellas provienen de las Escrituras. Allí encontramos una infinidad de “refugios” para nuestro paso por las distintas regiones geográficas del colapso. Tantas veces me sentí abrazada por Dios, mientras navegaba por mares de angustia o atravesaba el valle de la ansiedad.

Aún navegando por mares como este podemos elegir. “Los seres humanos somos humanos por nuestra dimensión espiritual, que incluye en nuestros actos la noción y la necesidad de sentido. Si anestesiamos este espacio del ser, la vida se convierte en un absurdo y de ese absurdo nace la angustia (…) Somos libres porque elegimos y elegimos aunque nos neguemos a aceptarlo o prefiramos transferir la responsabilidad. Sin embargo, la responsabilidad es siempre intransferible. No hay acto humano que no sea una elección: aun cuando seamos víctimas de catástrofes naturales o accidentes ajenos a nuestra voluntad, o nos atormente la acción destructiva de humanos, nuestra respuesta a esos hechos es siempre una elección. Allí reside nuestra libertad inalienable”.

Cuando navegamos por el mar de la angustia, podemos elegir subirnos al barco de la superación, desplegar las velas de la esperanza y, aun luchando en medio de las olas feroces, sostener el timón y mantener el rumbo. Podemos elegir no enfocarnos únicamente en el mar embravecido, sino confiar en que nos acercaremos a tierra firme pronto y accionar para que así sea.

 

Por Mayra Djimondian
Tomado del libro: Colapsos femeninos
Hojas del Sur

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