Serás malinterpretado

Seamos sabios y corrijamos nuestra inseguridad

“Debe haber una manera de ser pobre menos miserable que esta”, le escuché quejarse hace poco a un líder de la iglesia. Sus palabras resonaban dentro de mí. Sentía su dolor. Lo comprendí. Me identifiqué con él. Y su triste pero cómica frase ha permanecido en mi cabeza desde entonces. Así que, aunque probablemente no debería, me voy a permitir uno a dos minutos. Tengo algunas cosas que debo sacar de mi pecho, y espero que escribirlas de alguna manera pruebe ser catártico.

Unas personas con las que paso mucho tiempo trabajando muy duro a fin de ayudarles se quejaron y dijeron sentirse desacreditados por mí. Media hora más tarde, otro amigo señaló de modo casual que él ve en mí a un sujeto con buenas destrezas para la gente, pero que simplemente está demasiado ocupado para usarlas. Eso fue algo hábil; la madre de todos los cumplidos ambiguos y la gota que finalmente colmó el vaso. Estoy cansado. Estoy muy ocupado. Estoy harto. Trabajo en exceso. Estoy exhausto. Me siento exasperado. Me siento abrumado y subestimado. Me parece que nada de lo que hago es tan simple que no pueda ser malentendido. ¿Estoy condenado a pasar mi vida trabajando hasta el agotamiento para que la gente pretenda a mis espaldas malinterpretar mis motivos, mis acciones y sin dudas mi carácter?

Leer los dos últimos párrafos de nuevo resulta impactante. Me doy cuenta de que equivalen a una de esas cartas o correos electrónicos que en ocasiones puedes escribir, pero nunca envías. Plasmar en el papel mis pensamientos puede hacer sido catártico, pero leerlos una vez más es horroroso. Sin embargo, lo que mis escritos me dicen con claridad es que estoy mal. En realidad, tal vez me estoy volviendo un poco paranoico.

Cuando termino sintiéndome de esta manera, pienso una vez más en la historia de Jesús que Juan 13 registra. Para mí este es uno de los pasajes más desafiantes en todo el Nuevo Testamento. Juan explica que Jesús hizo una cosa extraordinaria; lavó los malolientes y sudados pies de sus pendencieros, egoístas y a menudo desagradecidos amigos. Jesús, Dios encarnado, se arrodilló en un piso de tierra y lavó doce pares de mugrientos pies, incluyendo el par que pertenecía al hombre que sabía le traicionaría en pocas horas. ¿De dónde obtuvo la fortaleza para hacer eso? La respuesta de Juan es enfática: Sabía Jesús que el Padre había puesto todas las cosas bajo su dominio, y que había salido de Dios y a él volvía”(v.3). La habilidad de Jesús para servir a sus discípulos al lavar sus pies brotó de su fortaleza interior. Él sabía quién era y a dónde iba. El comportamiento de Jesús era simplemente el resultado de su sentido interno de seguridad.

En cualquier situación, mientras más seguro estoy dentro de mí, más relajado y generoso encuentro que puedo ser. Es cuando me siento inseguro que tiendo a reaccionar peleando en lugar de amando. Lisa Marie Presley, la hija de Elvis, lo expresó de la siguiente manera: “Soy como un león. Rujo. Si alguien me traiciona, no seré una víctima. No me enfurruño, me enojo. E inmediatamente tomo represalias. Pero esto siempre proviene de la inseguridad o el dolor”.

Los arrebatos agresivos y las palabras duras son invariablemente síntomas de inseguridad, productos de la falta de fortaleza interior. El presidente estadounodense Jimmy Carter comentó en una ocasión: “Una persona fuerte puede darse el lujo de ser gentil y moderada. Una persona débil es la que debe vociferar y presumir”. O, como la vida poco a poco me ha enseñado, nada es tan simple que no pueda ser malentendido. Una persona cansada o herida puede ser lastimada con facilidad y también puede fácilmente lastimar a otros.

“No te quejes, no expliques”, fue un gran consejo que me dio un buen amigo mío cuando busqué su opinión luego de escuchar lo que consideré eran comentarios descorteses o injustos sobre mí. “Serás malinterpretado y malentendido”, añadió, “pero no pierdas tu tiempo y energía emocional luchando contra ello, simplemente sonríe y sigue adelante”. Sabio consejo, aunque por desdicha depende de un nivel de madurez y fortaleza interior que muy a menudo parece eludirme.

Al mirar hacia atrás, debo confesar que sé exactamente lo que mi amigo (aquel que hizo el comentario sobre mi ocupasión interponiéndose en el camino de mis destrezas con la gente) quería decir, y me doy cuenta de que se sentiría horrorizado si alguna vez lee mi diario y ve la forma en que me las arreglé para malinterpretar y confundir sus palabras. Lo que es más, sé que él está en lo correcto, a menudo estoy demasiado ocupado para detenerme y usar mis destrezas con la gente. Sin embargo, lo más patético, la única razón por la que saqué conclusiones equivocadas con relación a este comentario es que, en primer lugar, nada es tan simple que no pueda ser malentendido, en especial por alguien tan propenso a la inseguridad como yo.

Por Steve Chanlke
Tomado del libro: Agentes de cambio
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