Mi relación con Judas

Porque puede que tengamos cosas en común

Por Evangelina Daldi

Cuando era pequeña, y se acercaba la época de la Pascua, la escuela dominical se vestía para la ocasión. Las actividades especiales y las enseñanzas giraban en torno al relato del sacrificio de Jesús. Era, y sigue siendo, una época muy especial.

Cuando repasábamos los eventos de aquellos días, era imposible no mencionar a Judas. Judas. Personaje que por razones obvias no puede pasar desapercibido pero que, por otro lado, del que pocas veces hablamos, pensamos, reflexionamos o ahondamos. Entregó a Cristo por unas monedas de plata, luego se arrepintió, las devolvió y se ahorcó. Punto. No hay mucho más que agregar.

Y yo pensaba. “¿Cómo pudo haber hecho semejante cosa? ¿Cómo se atrevió? ¿Qué lo llevó a hacer eso? Esa traición es demasiado… No me entra en la cabeza realmente”.

Y puede que después de haber crecido, por momentos, siga pensando lo mismo.

Pero luego me encuentro con Juan 13, y me encuentro con un Jesús que jamás deja de sorprenderme.

Se acercaba la fiesta de la Pascua. Jesús sabía que le había llegado la hora de abandonar este mundo para volver al Padre. Y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (…) Sabía Jesús que el Padre había puesto todas las cosas bajo su dominio, y que había salido de Dios y a él volvía; así que se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y comenzó a lavarles los pies a sus discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura(vv. 1, 3-5).

El Señor, Dios encarnado, sabía qué acontecimientos inmediatos le esperaban. Conocía bien a esos doce que estaban en ese momento con él. Conocía su pasado. Lo que habían hecho. Sus personalidades. Sus debilidades. Sus fortalezas. Sus dudas y temores. Y con todo, se sentó a la mesa a compartir la comida. Y no solo eso sino que la Biblia dice literalmente: “Y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”. Y ese amor incluía a Judas. Sí. A él también. Los sobresalientes estaban allí, el gran Pedro o el amado Juan. Pero también estaba Judas. Y Jesús sabía que iba a traicionarlo. Sabía que lo entregaría. Y con un beso.

Pero aun así dice que “habiendo amado a los suyos… los amó hasta el fin”.

Muchos de nosotros podemos identificarnos con las negaciones de Pedro, pero tal vez algunos de nosotros nos identifiquemos con Judas. Traicionamos. Fallamos. Metimos la mata hasta el fondo. Nos equivocamos feo. Puede que nos hayamos arrepentido. Y hasta puede que la culpa haya sido una carga tan pesada que se nos cruzó la idea de terminar también como Judas. Somo así. Somos imperfectos. Tenemos miserias que nos averguenzan y tratamos de esconder. Le fallamos a Jesús por casi un par de monedas de plata.

Pero dice que Jesús “habiendo amado a los suyos… los amó hasta el fin”. Y quiero creer y confesar que entre los “suyos” estoy yo. Y estás tú. Él sabía cómo seríamos, lo que haríamos. Sabría de nuestras verguenzas más grandes. Sabría de nuestra falta de integridad. De nuestras inseguridades que nos hacen ser severos con los demás. De esa fachada que pintamos tratando de esconder nuestras propias faltas. Ese muro de religiosidad moralista que edificamos para esconder nuestro corazón lastimado, quebrado y marcado por malas decisiones. Pero aún así nos amó y nos ama. Y aún así dijo: “No importa, doy mi vida igual, te amo igual. Mi amor no es como el tuyo. Condicional. Fluctuante. Cambiante. Más o menso intenso. No. Yo te amo furuiosamente todo el tiempo sin importar nada más, sin importar ninguna cosa”.
No importa lo que crea de mí misma. No importa lo que crea que Dios no podría perdonarme (porque en realidad la que no podría perdonarlo soy yo). No importa la culpa. Ni la vergüenza. Ni la máscara. Nada. Importa que a pesar de todo, amó a los suyos hasta el fin.

Por eso, aunque para muchos pueda ser escandaloso, decido felizmente tirar por la borda mi culpa, mi vergüenza, mis reproches, mis cuestionamientos, mis autoflagelaciones, el desprecio por mí misma, y abrazo el amor incondicional de mi Jesús. De ese Salvador que aun viéndome tal cual soy, decidió amarme igual, morir igual, resucitar igual y vivir conmigo cada día igual.

Para mí, esta es la Pascua. Esto me llena los ojos de lágrimas. Y esto es lo que quiero compartir.

¡Felices Pascuas! ¡Gracias Jesús, yo también te amo!

Por Evangelina Daldi
redaccion@lacorriente.com

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