Mantenlo vivo

No permitas que tus sueños mueran

Por Erwin W. Lutzer

Algunos de nuestros sueños podemos cumplirnos nosotros mismos; otros pueden hacerse realidad con la cooperación de nuestros amigos; pero están aquellos que solo Dios puede cumplir.

José se encontraba en la cárcel sin ninguna esperanza a la vista. SI su sueño había muerto o no en su corazón, nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que no tenía control en absoluto sobre su futuro. Estaba en las manos de Dios; y aunque el Todopoderoso iba a usar a otros para el cumplimiento de aquel sueño, la manera en que esto sucedería dependía única y exclusivamente del Señor.

A nosotros nos resulta difícil reconocer a Dios en la noche oscura de nuestras experiencias dolorosas. Cuando la injusticia y la tragedia nos echan encima sus pesadas cargas, comenzamos a plantearnos si podemos o no confiar en Él. Resulta demoledor ver que nuestros sueños estallan como una pompa de jabón ante nuestros ojos.

Luego, cierto día, Dios permite que un rayo de luz penetre en nuestra vida. Cuanto más inesperado sea ese haz luminoso, tanto más ánimo derramará sobre nuestra alma. Entonces, por primera vez, tenemos una razón para abrigar esperanza. Algún antiguo sueño renace o, posiblemente, Dios pone un nuevo sueño en su lugar.

Cuando José se despertó aquella mañana sombría, esperando pasar otro día gris en una celda egipcia, no tenía ni idea de que al anochecer el sol comenzaría a brillar. Un Dios omnipotente había planeado cierta sorpresa para su siervo. El sueño comenzaría ahora a tomar forma: el Todopoderoso no se había olvidado de José.

Obviamente, los hermanos de este nunca se postrarían ante ningún preso, ni delante de un siervo común y corriente. Para que José fuese honrado, su posición en la vida tenía que cambiar; y aquella mañana, no solo salió de la cárcel, sino que también dio una zancada de gigante hasta lo más alto del sistema político egipcio.

Para conseguir esto, Dios usó una cadena providencial de acontecimientos. Varios cabos de experiencia humana se conectaron ahora de tal forma que las piezas del sueño de José comenzaron a encajar.

Este soñador aprendió que si queremos ver cumplidos los sueños de Dios para nosotros debemos ser pacientes. Él salió de su hogar cuando tenía 17 años, y fue exaltado en Egipto a los 30. Añádele a eso los siete años de abundancia y el año o el par de años antes de que sus hermanos llegaran a Egipto, y verás que pasaron más de veinte años hasta que José pudo ver su sueño cumplido.

Al despertar aquella mañana en la pestilente mazmorra egipcia, se esperaba otro día más de deprimente rutina. No había nada en esa celda que le hiciera creer que la bendición le aguardaba a la vuelta de la esquina; pero Dios decidió convertir un día ordinario en otro extraordinario: la espera había merecido la pena.

Refiriéndose a Dios, F. B. Meyer escribió lo siguiente: “Quizá te permita luchar contra un mar tempestuoso hasta la cuarta vigilia de la noche. Quizá parezca silencioso y austero, y se quede dos días más en el mismo lugar, como si no le importara la muerte de Lázaro. Quizá permita que tus oraciones se acumulen como cartas sin abrir sobre la mesa de un amigo ausente. Pero al final dirá: ‘Oh, hombre, oh, mujer, grande es tu fe: conforme creíste te sea hecho’”.

¿Y si tu sueño nunca se cumple? ¿Si todos tus planes se desmoronan, y pasan los años y su realización se hace imposible? En tal caso, acude a Dios de todo corazón y dile que ya no te quedan más sueños. Él mismo se convertirá entonces en tu sueño y compartirá contigo su presencia. Si tienes ese sueño, aún podrás afrontar el mañana.

Solo en Dios halla descanso mi alma; de él viene mi salvación.  Solo él es mi roca y mi salvación; él es mi protector. ¡Jamás habré de caer!”(Salmo 62:1-2).

Mientras tengas vida, aún te quedará un sueño por cumplir.

Teniendo en cuenta que iban a estar cuatro siglos en Egipto, no debería extrañarnos que Dios tardara veintidós años en cumplir el sueño de José. Ciertamente, Dios no es tan impaciente como nosotros, y cuenta el tiempo según su propio calendario.

El Señor había previsrto todo eso desde el día que vendieron a José en Dotán. En aquel momento, no era en realidad importante que el joven entendiera lo que Él estaba haciendo, ¡solo necesitaba creer que Dios sabía lo que hacía! Los que trabajan en un submarino no precisan ver hacia dónde se dirige la nave, basta con que el capitán maneje el submarino por ellos.

No tenemos que conocer el mañana, simplemente hemos de encomendarnos a alguien que sí lo sabe.

“Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas(Proverbios 3:5-6).

Por Erwin W. Lutzer
Tomado del libro: Mantén vivo tu sueño
Portavoz

 

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