La familia unida

Y nuestro Padre a la cabeza

El Espíritu de Cristo en nuestro interior no solo no nos condena como fracasos espirituales, sino que en cambio habla para dejar claro que somos hijos del Padre celestial. Así es como lo expresa el apóstol Pablo: Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!». El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Romanos 8:14-16).

Abba, en el idioma que se hablaba en Israel durante el primer siglo, era un término que significaba “padre”, y expresaba afecto y confianza. Nuestro término que probablemente se parecería más a abbaes papá o papi cuando un niño se refiere de esa manera a un padre en quien confía.

Nuestra relación familiar con nuestro Creador era el plan de Dios desde el principio: “En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad” (Efesios 1:5). Que seamos hijos e hijas de Dios es lo que Él ha querido siempre. Le produce gozo, al igual que cualquier padre o madre normal se goza en tener una relación amorosa con sus hijos. La cruz, que cerró la brecha entre la tierra y el cielo, hace que este gozo sea posible.

Hay una razón por la cual Jesús se refirió a Dios repentinamente como su “Padre”, y después en el padrenuestro nos enseño a orar: “Padre nuestro…”. Su Padre ahora es el nuestro. No somos hijos de Dios en el mismo sentido que lo es su hijo unigénito; pero el Padre celestial nos adopta por amor hacia nosotros. Pablo dijo: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús(Gálatas 3:26).

De modo que nada de pensar en Dios como distante y reprobador. Si sigues a Jesús, estás en la relación más cercana posible con Dios. Él es tu Padre. Tú eres su hijo o hija.

Permíteme preguntarte: ¿cómo está tu relación con tu Abba celestial, tu Padre? ¿Has permitido que se afecte por un pecado del que te niegas a arrepentirte? ¿Te has permitido a ti mismo distraerte por otras relaciones que has tratado como más importantes que tu relación con Él?

¿Qué puedes hacer para aumentar la intimidad de tu relación con Dios? No es una pregunta capciosa. La respuesta obvia es la correcta en este caso. Ora. Háblale. Es imposible tener intimidad sin conversación.

Jesús oraba con frecuencia. Cuando estaba ocupado, Jesús oraba. Cuando tenía que tomar decisiones importantes, oraba. Cuando seguir la voluntad de Dios parecía casi demasiado para soportar, oraba. Tres de las siete “palabras” que Jesús dijo desde la cruz son oraciones.

Si Jesús necesitaba orar al Padre, ¿cuánto más lo necesitamos nosotros? Ora durante el día. Ora por cosas grandes y cosas pequeñas. Ora cuando estés contento, o temeroso o aburrido o en asombro. A medida que ores, te acercarás más a tu Padre.

Ya sé que para algunos de nosotros la oración no es fácil, ni siquiera tan atractiva. Ha habido periodos en mi vida en que (siento decirlo) he seguido adelante con breves oraciones dirigidas al cielo periódicamente a lo largo del día, en lugar de tener tiempos prolongados e intencionales de intimidad con Dios. Pero déjame decirte lo que he observado con respecto a eso: una vida de oración mínima solamente nos sostiene durante cierto tiempo. No pasa mucho tiempo hasta que nos preguntamos por qué sentimos más estrés del necesario, y nos damos cuenta e dónde está el problema: nuestra línea de comunicación está interrumpida. Sentimos que algo básico falta en nuestra vida, algo que necesitamos, y reconocemos que es la oración sincera, la genuina.
Es entonces cuando necesitamos regresar a un patrón de oración profunda y regular. Puede sentirse un poco torpe al principio, como volver a establecer la conversación con alguien con quien últimamente no nos hemos llevado bien. Pero cuando entendemos que la relación con el Padre sigue estando ahí, queremos habar con Él cada vez más. Alimenta una necesidad. Hablamos porque amamos a Dios, y Él nos ama. Eso es lo que hacen los papás y sus hijos.

Pero hay más en la provisión de Jesús para nuestras necesidades de relación que unirnos con el Padre. Su servicio como intermediario de adopción va más allá de eso. Él también nos ha permitido ser adoptados en su familia en la tierra. Como dice el Nuevo Testamento, todos somos “miembros de la familia de Dios”.

Familia

¿Sabías que la noche antes de morir, Jesús nos tenía a ti y a mí en su pensamiento? Es cierto. Después de orar por sus discípulos, siguió diciéndole al Padre: “No ruego solo por estos. Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos, para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí” (Juan 17:20-23). Él quiere que todos sus seguidores, todos los que han sido transformados por el Evangelio de la gracia transmitido por medio de los apóstoles, “sean perfectos en unidad”.

Bíblicamente hablando, la Iglesia es la novia de Cristo. Es su Cuerpo. Es un templo lleno con el Espíritu Santo. Es también la familia de Dios en la tierra. Actuar como una familia es como avanzamos hacia la unidad que Jesús desea para nosotros.

Sé que tu familia eclesial puede ser decepcionante, como puede serlo la familia biológica, pero no podemos ser la familia de Dios a menos que actuemos como tal. Y eso significa pasar tiempo juntos, permitirnos a nosotros mismos ser vistos, conocidos y oídos, e involucrarnos en las vidas de los otros. Todos estamos en un viaje, pero es uno que hacemos en compañía de otros, al igual que Jesús y los dos seguidores que iban camino a Emaús.

Por Steven Furtick
Tomado del libro: Milagro de 7 millas
Whitaker House

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