¡Yo tengo razón!

No descuidemos lo importante

“Uno de entre la multitud le pidió: ‘Maestro, dile a mi hermano que comparta la herencia conmigo’. ‘Hombre’, replicó Jesús, ‘¿quién me nombró a mí juez o árbitro entre ustedes?’. ‘¡Tengan cuidado!’, advirtió a la gente. ‘Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes’. Entonces les contó esta parábola: ‘El terreno de un hombre rico le produjo una buena cosecha. Así que se puso a pensar: ‘¿Qué voy a hacer? No tengo dónde almacenar mi cosecha’. Por fin dijo: ‘Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes, donde pueda almacenar todo mi grano y mis bienes. Y diré: Alma mía, ya tienes bastantes cosas buenas guardadas para muchos años. Descansa, come, bebe y goza de la vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?’. Así le sucede al que acumula riquezas para sí mismo, en vez de ser rico delante de Dios”(Lucas 12:13-21).

El hombre de la parábola que se acerca a Jesús está convencido de tener la razón, y tal vez así sea, pero no desea un arbitraje, simplemente quiere que una autoridad competente le brinde la razón. Pareciera que no está dispuesto a considerar la posición de su hermano, solo le interesa terminar este asunto pronto. Es cierto, el derecho romano, la tradici´øn rabínica y aun el sentido común dictaban que si una de las parte sdeseaba la división de la herencia se le debía conceder tal requerimiento. Este hermano menor busca una satisfacción legar; pero es evidente que en el fondo ahí subyace un problema aún más importante: una relación familiar se encuentra la borde del quiebre y quien demanda justicia parece que solamente quiere precitiar el colapso.

Esta situación no parece tan ajena a nosotros si consideramos el escenario teológico que vivimos actualmente. Con gran facilidad los defensores de la verdad y la razón buscan imponer sus puntos de vista, y en el trámite buscan que sea Dios quien apruebe sus procedimientos. Calvinistas contra arminianos, conservadores contra progresistas, fundameentalistas contra… ¡el resto del mundo! Todo sucede en una escalada de hostilidad que parece no tener límites y que ha decidido ignorar que, en el proceso, nuestros hermanos del cuerpo de Cristo son dañados. Este tipo de sed de justicia no puede congtar con la venia de Dios para ser satisfecha. Esta es la misma actitud frente a la que Jesús reacciona con disgusto.

Si nos trasladamos a la arena sociopolítica, el caso se amplifica. Como Iglesia de Cristo no hemos sido los mejores agentes de la reconciliación y la construcción de la paz. Hemos apuntado nuestros cañones de crítica con más frecuencia de lo que hemos tendido puentes con otros agentes de la comunidad. Y es que, a fuerza de imponer la voluntad de nuestro Padre, nos hemos olvifado que existe una vasta pluralidad de pensamientos que no necesariamente se alinean con nuestra perspectiva religiosa. Si el Estado ya no es uno con la Iglesia, las reglas del juevo no pueden estar fundadas en la imposición de ideologías religiosas, por lo tanto, tender puentes de comunicación en donde se pueda transitar de ida y vuelta es vital si queremos realmente evangelizar a la sociedad, y no simplemente extraer prosélitos a partir de esta. Lamentablemente, son cada vez más los cristianos que quisieran establecer verdaderas teocracias, anhelan puestos de influencia social para usarlos de posición estratégica para el proselitismo y no para servir al prójimo, que no necesariamente comulga con sus creencias. Ese es el tipo de político cristiano que no debe llegar a los congresos, minicipios y presidencias.

Jesús no oculta su molestia con la petición recibida, no ha venido a ser partidor de nadie, mucho menos si al hacerlo refuerza una ruptura familiar.

El hombre rico de esta parábola es un hombre solitario, un hombre que ha puesto las riquezas por sobre las relaciones interpersonales. Jesús usa esta historia como un telescopio que mira al futuro para decirle al joven demandante: “Mira, si sigues como vas, este es el futuro que te espera”. Este hombnre no sabe compartir, pues cuando sus graneros se ven sobrepasados la idea de dar a los necesitados no parece asomarse por su cabeza. El objetivo parece claro: acumular.

La pregunta “¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?” apunta al demandante y exige reflexión: “Tal vez obtengas todo lo que quieres; tal vez la herencia te sea entregada; tal vez disfrutes de todo lo que consideras que mereces. ¿Y luego qué? ¿No te importa distanciarte de tu hermano con tal de ganar tu caso?
Obtener riquezas sacrificando las relaciones personales solo acarrea soledad. Esto lo sabe perfectamente el esposo que en la búsqueda de un mejor nivel económico descuida a su familia para liuego darse cuenta de que la ha perdido. Lo sabe el hijo, que en la búsqueda de superar los logros de su humilde padre que le averguena, lo abandona y una mañana recibe una llamada que le informa que su padre partió. Lo sabe la mujer profesional, que se dedica por completo a su carrera y a alcanzar el éxito, para luego darse cuenta de que le resulta imposible tener una relación significativa con alguien porque no tiene tiempo. La pregunta sigue resonando: ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?

El segmento que comprende los versos 22 al 32 tratan el tema de cómo manejamos nuestros bienes y cuánto afán ponemos en ello. Leamos lo que consideor el corazón de ese fragmento: Así que no se afanen por lo que han de comer o beber; dejen de atormentarse. El mundo pagano anda tras todas estas cosas, pero el Padre sabe que ustedes las necesitan. Ustedes, por el contrario, busquen el reino de Dios, y estas cosas les serán añadidas”(Lucas 12:29-31).

Todo lo que poseemos nos ha sido confiado por Dios. Cuando entendemos esto y su propósito en el uso de los bienes materiales, no podemos sino abrir nuestros graneros y bendecir.

Por César Soto
Tomado del libro: Metáforas
Kate & Cumen

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