La Clave a la Hora de Orar

Llegar a una relación de intimidad con nuestro Padre

En una oportunidad, oí a un predicador que contaba la siguiente historia sobre la sequía. No había llovido durante semanas y los cultivos se marchitaban. Las iglesias respondían de distintas formas: había quienes simplemente aceptaban que todo estaba predestinado y le pedían al Señor que les mostrara con claridad qué era lo que tenían que aprender; otras empezaron a formar una comisión para ver qué medidas prácticas podían tomarse, y otras decidieron reunirse para orar pidiendo que lloviera. Pero lo notable fue que solo una mujer llevó su paraguas a la reunión.

La clave a la oración está en cómo entendemos a Dios. No se trata de cómo oramos, sino de a quién le oramos y cómo pensamos que el Señor puede responder. Allí está la diferencia entre llevar el paraguas, sentir que todo está en manos de Dios, o armar una comisión para ayudar a los que estén necesitados. Sin embargo, es posible que no se trate de elegir entre una opción y alguna otra. Con una visión de Dios lo suficientemente grande, todas estas opciones y otras más formarán parte de la vida de la oración cristiana.

La clave de todo esto es si el Señor es el foco, el centro de la oración, o si lo somos nosotros. Resulta fácil convertir en centro de la oración aquello que nos preocupa. Pero como dijo D. Moody: “Despliega tu petición ante Dios y luego di: ‘No mi voluntad sino la tuya’. La lección más dulce que he aprendido en la escuela del Señor es dejar que Él escoja por mí”.

De hecho, el lugar supremo donde se nos dice que oremos comienza, no con instrucciones prácticas, sino con “quién”.

No hace falta la cháchara en su presencia

En medio del Sermón del Monte, Mateo registra la enseñanza de Jesús sobre la oración. En el capítulo 6, el Maestro habla de cómo algunos utilizan la oración como señal y muestra de su espiritualidad. Su instrucción es clara: ¡No hagan eso! No tenemos que enredarnos en la cháchara cuando oramos rodeados de otras personas. Ahora bien, seguramente, Él no nos dice que evitemos las reuniones de oración, ¿verdad? Y, por cierto, algo bueno tiene que haber en eso de pasar mucho tiempo en oración. A las dos cuestiones responderemos que sí, pero se trata aquí de que la buena oración exprese la concentración en Dios, y no de utilizarla para dar buena impresión ante los demás. Además de esto, tenemos que cuidarnos de no sentir que podremos torcerle el brazo al Señor con nuestra cháchara interminable. Enseguida me viene a la mente una imagen del Antiguo Testamento.

En el monte Carmelo, el profeta Elías desafía a los profetas de Baal a una contienda para mostrarle al rey Acab que está equivocado (1 Reyes 18:16-46). Se ubican dos bueyes sobre la madera y luego uno y otros oran al Señor y a Baal respectivamente, pidiendo que se enciendan los leños.

De hecho, la burla de Elías podría traducirse de este modo: “¿Es que su dios está en el baño?”. Con todo, lo que nos dice esta historia es que no importa qué tipo de oración se pronuncie, si no hay Dios que responda. Por otra parte, el conocimiento que Elías tenía del Señor y su confianza en Él lo llevan a un resultado muy diferente.

La oración del Señor

En el Sermón del Monte, Jesús nos da un modelo de oración que se centra ante todo y principalmente en quién es Dios. Esa oración, conocida como Padrenuestro, es increíblemente simple, pero al mismo tiempo increíblemente integral. Se ha convertido en parte formal de la adoración colectiva en muchas tradiciones diferentes de la Iglesia. De hecho, he estado en algunas iglesias donde la gente se enoja si quien lidera el servicio de adoración no incluye el padrenuestro. Sin embargo, el modelo de oración no está allí para darnos un consejo práctico que debemos seguir con la simple repetición de las palabras cada vez que oramos. Es un modelo de cómo hemos de entender al Señor y a sus propósitos en el mundo.

Resulta interesante ver que comienza con “Padre nuestro”. Vincula a la persona que está orando con los otros creyentes. La oración no es solo acerca de mí y mi Dios. Con frecuencia, individualizamos la oración por nuestra obsesión occidental en que la persona, el individuo, es el centro de todo. Privatizamos la fe. Si bien el evangelio registra instancias en que Jesús se va a orar a solas, los Hechos de los apóstoles tienen numerosos ejemplos depersonas que oraban juntas. Después de Pentecostés, “se mantenían firmes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en la oración” (Hechos 2:42) y, se reunían con regularidad, especialmente en momentos de oposición o de decisiones difíciles.

Parte del resultado de orar juntos era una visión renovada de la naturaleza de Dios. Hay algo muy especial en la oración de los demás creyentes que me eleva a un nuevo encuentro con Él. Hay un fundamento teológico en cuanto a esta importancia del aspecto colectivo de la oración. Expresa que ser humano a imagen de Dios es estar en comunidad, así como Dios existe en una comunidad de amor en las personas de la

Trinidad.

Ya sea en la familia, en el matrimonio, con amigos antes de comer, en medio de las reuniones de la iglesia (no solo en el principio y el final, como “saludo” a Dios), o en grupos pequeños y reuniones de oración de la iglesia, es importante que oremos junto a otras personas.

Escribo esto habiendo llegado de Carolina del Norte hace poco. Fui a dar una conferencia. Mi amigo Paul hizo los arreglos y organizó algunas visitas para que pudiera saludar a varias personas. Él y su esposa son laicos, cristianos maravillosos, y él siempre hace alguna pausa y dice: “Oremos juntos”. También ofrece sus manos a quienes están allí, para que todos oren tomados de las manos.

No es algo que un británico académico haga con frecuencia, especialmente en una cafetería antes de comer pastelitos. Pero es un potente símbolo de ese “nuestro” en laoración que nos enseñó Jesús.

Orar a nuestro Padre

La palabra “padre” ahora es muy conocida en la espiritualidad cristiana y ya no necesitamos siquiera destacar que se trata de una afirmación inusual. No nos parece obvio que el creador de miles de millones de estrellas en miles de millones de galaxias pueda ser llamado “padre” por gente como nosotros. Y no se trata de un término que se refiera a algún tipo de paternidad universal en la que llamamos “Padre” a Dios porque todos formamos parte de la familia de los seres humanos. Se trata de un término íntimo y personal, con el que nos dirigimos directamente a Dios como Padre, como lo hace el mismo Jesús. Él nos dice que también nosotros podemos hacerlo.

La imagen de Dios como Padre siempre ha estado en el corazón mismo de la espiritualidad cristiana. Se ha expresado también, y con razón, que podría no ser el mejor modelo para todos. He conocido a muchas personas cuya experiencia con sus padres humanos no fueron buenas. Si tu experiencia es de violencia, miedo, abuso o abandono por parte de tu padre terrenal, entonces empezar la oración con “Padre nuestro” podría causarte dolor o debilitarte.

Es importante destacar que la Biblia utiliza muchas más imágenes de Dios, y no solo la del padre: desde la gallina con sus pollitos (Mateo 23:37) hasta la del pastor de ovejas (Lucas 15:3-7). También es importante aprender a trabajar con la imagen de Dios como padre bueno y perfecto. De hecho, en el sermón del Monte, Jesús ya se había referido a la perfección de su Padre celestial (Mateo 5:48). A algunos nos llevará tiempo  entenderlo, y resulta fácil proyectar los defectos de nuestros padres terrenales a la imagen de Dios, lo cual puede afectar mucho la forma en que oramos.

Si existe un paralelo limitado entre nuestra experiencia en las relaciones humanas y la relación de Dios con los seres humanos, podríamos esperar, entonces, que en la oración Dios no responda ni como padre indulgente, ni como dictador ni como deidad a la que no le importan las cosas.

El padrenuestro luego destaca de inmediato que este Padre está “en el cielo”, y por eso hay allí una diferencia cualitativa entre Dios y nosotros. Tenemos que ser cuidadosos aquí para no interpretarlo en la filosofía e imágenes que hemos heredado de la cultura occidental, tan influida por el dualismo griego. Para los autores de la Biblia, el cielo no era un lugar de sombras y grises con espíritus abstractos e inmateriales. A lo largo del Evangelio de Mateo, la presencia y el poder de Dios en la venida de Jesús se denomina “reino de los cielos” (Mateo 3:2) y es la frase que se utiliza siempre para describir la diferencia entre Dios y las cosas de este mundo (Mateo 7:11; 23:9). En esto, Mateo nos dice que el reino de Dios es inesperado, diametralmente distinto a los reinos de este mundo.

Reconocer a “nuestro Padre que está en el cielo” es no solo recordarnos a nosotros mismos que la grandeza y el poder de Dios son infinitos, sino también ponernos en línea en oración con un conjunto de valores diferentes de los que tanto prevalecen en el mundo. Allí donde la codicia de poder, de fama y fortuna a menudo puede ser la principal motivación para la vida, la oración con este Dios en el centro toma nuestros deseos naturales y los cambia a la luz del reino de Dios. La oración se torna entonces no solo en petición, sino en aprendizaje. Promueve ese proceso del que habla Pablo en Romanos 12:2: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta”.

Por David Wilkinson
Tomado del libro: ¿Qué hace Dios cuando oramos?
Peniel

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