Jesús es real

La vida en Cristo va mucho más allá del misticismo. Son hechos concretos, es un amor palpable y una fe viva.

En nuestro deseo de evangelizar, nuestra propuesta está más empeñada en llevar una Biblia que mostrarles a una persona.

Desde un tiempo a la fecha, hemos desarrollado cuántos tipo de métodos y estrategias que nos ha venido a la mano pensando en desarrollar mejor desempeño en nuestra misión por entender el Reino de Dios.

Cuando pensamos acerca de las palabras de Jesús en Mateo 28:19, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, pregunto: ¿hemos aprendido la misión? ¿O solo hemos trabajado en generar buenos proyectos? ¿O solo hemos trabajado para ganar adeptos personales?

Primero Jerusalén

“y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea…” (Hechos 1:8). En sencillas palabras como estas, edifiquemos su Reino, podemos traer a colación muchas intenciones distorsionadas que vienen adjuntas en un sinfín de “mandatos” que están más fundados en tradiciones obsoletas que en el sentir de Jesús y en el deseo del Padre.

Si edificar la Iglesia significa o demanda desmantelar tu casa, estás descuidando tu “Jerusalén”. En el libro de los Hechos, vemos a Jesús diciéndoles que después de la venida del Espíritu Santo, ellos iban a ser testigos y emisarios de su Reino. Ahora la premisa, y no es ligero el detalle que se comience por Jerusalén. ¿Cuál es tu Jerusalén? ¿De qué nos sirve el más allá… cuando no podemos el más acá?

Cuántos amados pastores y siervos que han dado lo mejor de sus vidas, calidad y cantidad de tiempo, descuidaron sus hogares, si seno más íntimo, por amor a la “obra”.

Sus hijos han sido muchas veces víctimas de estos formatos que estos amados hermanos han adoptado creyendo que servían al Reino, ganando almas para Dios, invirtiendo lo mejor en ellos en misiones, edificios, etc., y tristemente perdían sus propios hogares.

Hijos apartados, esposas y/o esposos abandonados, familias descuidadas, etc., solo por el fin de edificar su Reino… ¡no creo que esto sea el sentir de Dios!

El Señor quiere levantar tu “Jerusalén”, sanar tu tierra. Tanta incoherencia hemos asumidos, tanta tristeza hemos traído a nuestros propios hogares buscando a la oveja perdida y dejando morir a nuestra familia.

Dios está arrancando toda idiotez espiritual que se nos ha pegado, hombres que por ir al “culto” dejamos a nuestras esposas enfermas en sus canas, a nuestros hijos en actos escolares o no los acompañamos en sus actividades deportivas, etc.

Nunca Jesús nos invitó a que estableciéramos atractivas estrategias y ganáramos personas para nuestro “reinito”. Jesús vino a establecer su Reino y a que se extienda a través de nuestro testimonio vivo.

Jesús nunca nos indicó que iniciáramos campañas, repartiéramos folletos, escribiéramos tarjetas de decisiones, eventos o alquiláramos estadios, aunque bienvenidos sean; solamente nos invitó a compartir por medio de nuestras experiencias lo bueno que es vivir conforme a la vida que Él nos dio.

Tristemente hemos puesto mayor compromiso en estrategias planificadas y altamente costosas que en el ser conscientes de que a Cristo lo predicamos cada día y en cada lugar en que nos desempeñamos.

Tristemente queremos que todo aquello que hagamos sean obras medibles, palpables y que estén bajo nuestro control, pero nunca fue este el objetivo de Jesús. El dueño de la obra es el Señor, el que dirige la obra es Dios. Todo lo demás es una fuente de estrés y obras pesadas y cargas tediosas.

Edifiquemos su Iglesia

Necesitamos entender que “somos Iglesia”, no edificada bajo el antiguo pacto, sino guiados por la dirección del Espíritu Santo en todo lugar.

Esto es mucho más que una mudanza de objetos que hacen a un sistema que funciona bajo programas y estrategias para ganar adeptos cada domingo. Es vivir bajo la plena certeza de que quien nos dirige es Él, más allá de un edificio, plataformas, púlpitos, sistemas de sonido, músicos, oradores exquisitos, etc.

Desafortunadamente creemos que la Iglesia es el desarrollo de un continuo y estudiado proyecto de mercadeo, fundado sobre una logística y planificación humana la cual produce presión, frustración y una pesada carga emotiva.

¿Trabajamos para llenar edificios o extender su Reino? ¿Vivimos para edificar su Reino o establecer el nuestro?

Jesús nos dejó su Espíritu Santo. Bajo el antiguo pacto, se establecía un sistema jerárquico, verticalista y posicional, con funciones detalladas, mas ahora todos somos sacerdotes con acceso al trono de Dios.

¿No deberíamos repensar la Iglesia? Siempre alentamos a los hermanos a tener pasión por Dios, pero Él nos pregunta: “¿Cuándo vas a tener pasión por tu prójimo?”.

¿Cuándo fue que nos olvidamos de ayudar al anciano, entender al niño, acompañar al inválido y socorrer al débil?

Bajar los decibeles, disminuir el volumen para empezar a escucharnos. Entender que nuestra comunidad es un recinto para el necesitado.

Existe un espacio en nuestra sociedad que la Iglesia ha descuidado. Ese es el lugar donde debemos estar. Podemos desmitificar nuestro culto al entender que cada realidad que se nos presenta es una plataforma para que la gente conozca al Jesús que predicamos y vivimos.

Por Emanuel Picone
Tomado del libro: Cristianismo inteligente
Sip producciones

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