Igual te alabaré

Hay pruebas y problemas que quieren que no sea así

Hace poco me encontré con un señor mayor, casi unos 70 años. Un hombre muy agradable, culto, de esas personas con las que da gusto estar. Hace poco más de dos años, su hija de 35 años se fue de vacaciones sola. En medio de su travesía, sufrió una trombosis y falleció. Este señor, pasados dos años de la tragedia, se quedó paralizado en el tiempo. Su vida se congeló justo allí. Pareciera como que él falleció con su hija.

Hace once años se fueron con el Señor dos personas hermosas. Padres de cuatro hijos a quienes pareció venírseles el mundo abajo. Para todos los que los conocíamos fue una tragedia difícil de digerir. Claro que fue un proceso que hubo que pasar. Lágrimas se derramaron. Preguntas y cuestionamientos no paraban de inundar las mentes. Incluso el enojo se hizo presente. Pero poco a poco, las heridas cerraron. Y la vida continuó.

Una mujer se encontró que tras cinco años de matrimonio, su marido le era infiel. Ambos trabajando para el Señor. Ambos jóvenes consagrados. Ambos cristianos. O por lo menos eso parecía. Y de repente, ella se sintió devastada. Su vida, con su pequeña hija, parecía detenerse en ese instante. El tiempo de la restauración no fue expresspero la sanidad llegó. Y la sonrisa volvió a surgir.

Todos pasamos tragedias. Unas mayores. Otras más pequeñas. Pero al fin todos tenemos estos golpes que nos dejan en la lona del ring. Algunas surgen de repente. Otras toman un poco más tiempo. Pero definitivamente nunca estamos preparados para tales circunstancias.

Probablemente ya vivimos cosas así, y puede que aún estén por venir. Como dije, difícilmente estemos preparados, pero lo que sí podemos hacer desde ahora es desarrollar una actitud de adoración. En nosotros está la decisión de cómo vamos a enfrentar las dificultades y los problemas. Cualquiera sea la situación. Cualquiera sea el problema. Sea grande o pequeño. Sea una tragedia en la que se hace difícil tragar o un revés de lleno al rostro. Sea que toque a un familiar o a nosotros mismos. Sea material o sea espiritual. Sea lo que sea, animémonos a ponernos de pie y elevar una canción de alabanza.

Alabemos a Dios porque a pesar de cualquier cosa, Él nos prometió que no nos dejaría ni nos abandonaría. Alabémoslo porque es nuestro Padre que nos abraza y nos mima, y nos quiere hacer dormir en su pecho aún cuando nuestras lágrimas mojen su ropa. Alabémoslo porque confiamos en que, a pesar de no entender lo que pasa ni por qué, su voluntad es perfecta. Su plan no falla. Quizá nuestra mente no puede comprenderlo, pero sus misteriosos caminos llevan a un destino de gloria.

Alabémoslo porque es nuestro Rey; no hay nadie más poderoso que Él. Está en control y lo estará. Nada se le escapa. Nada le hace burla. No hay enfermedad, tragedia, accidente, ni siquiera la misma muerte le hace frente. Suya es la victoria.

Alabémoslo porque nos ama incondicionalmente. Porque los pecados que cometimos y los que vamos a cometer, sea cual sea, no pueden separarnos de su amor. No hay condiciones. No hay reglas de comportamiento que sean la excepción a un amor completamente furioso por nosotros.

Alabémoslo porque sin saber qué nos deparará el futuro, sí sabemos que Él estará allí. Caminará con nosotros. Nos abrazará. Se reirá con nosotros. Nos bendecirá. Se sentará a nuestra mesa. Trabajará con nuestro corazón. Con nuestro carácter. Secará nuestras lágrimas. Apretará fuerte nuestra mano para decirnos que está justo al lado nuestro.

Alabemos a Jesús porque creemos en Él, y en cada una de las promesas que nos hizo. Se cumplirán. A su tiempo se cumplirán. Y lo veremos. Y nos regocijaremos. Y compartiremos con otros su milagro.

“Señor, en medio del dolor, de la decepción, de la amargura, del llanto, de la desesperanza, de los problemas o de los malos pronósticos, decidimos alabarte. Te adoramos porque quien eres para nosotros. Por lo que has hecho por nosotros. Por quedarte justo aquí, a nuestro lado. Y caminar con estos individuos que te fallan, que son imperfectos, que te niegan, que no siempre son de ejemplo, que juzgan, que no se aman. Pero lo intentamos. Y vamos camino a ser cada día más como Jesús. Gracias Señor, porque te conocemos. Y decidimos poner nuestra fe en ti. Y decidimos alabarte sin importar nada más que tu persona”.

Por Evangelina Daldi
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