El Tema de la Igualdad

¿Qué dice el Señor sobre este asunto tan actual?

Es importante comenzar desde el principio: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo’. Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó, y los bendijo con estas palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo’” (Génesis 1:26-28).

Si unimos la decisión divina (“Hagamos al ser humano… que tenga dominio”), la creación divina (“Y Dios creó”) y la bendición divina (“Sean fructíferos y multiplíquense”), vemos que el énfasis parece estar sobre tres verdades fundamentales acerca de los seres humanos: que Dios los hizo (y los hace) a su propia imagen, que Él los hizo (y los hace) hombre y mujer, dándoles la tarea gozosa de reproducción y que Él les dio (y les da) el dominio sobre la tierra y sus criaturas. Desde el comienzo la humanidad fue “hombre y mujer”, y tanto los hombres como las mujeres se benefician igualmente de la imagen de Dios y de gobernar sobre la tierra. El texto no sugiere que un sexo es más semejante a Dios que el otro, ni tampoco que uno es más responsable de la tierra que el otro. No. Su semejanza a Dios y su mayordomía sobre su tierra (lo cual no debe confundirse aunque se relacionan bastante) sin que desde el comienzo se compartía por igual, ya que Dios creó ambos sexos igualmente y a semejanza de Él.

Debemos tener cuidado de no especular más allá de lo debido acerca del significado de los textos. Sin embargo, si ambos sexos llevan la imagen de Dios, entonces parece que no solo incluye nuestra humanidad (auténtica humanidad reflejando lo divino), sino nuestra pluralidad (nuestras relaciones interpersonales de amor reflejando las que unen las personas de la Trinidad) e incluso, por lo menos en este amplio sentido, nuestra sexualidad. ¿Acaso es una exageración decir que si Dios hizo la humanidad a su propia imagen, hombre y mujer, entonces debe haber dentro del ser de Dios algo que corresponde tanto a lo “femenino” como también a lo “masculino”?

Así que no debemos crear un lenguaje andrógeno para referirnos a Dios con el fin de erradicar la predisposición masculina a las Escrituras. Lo que debemos hacer es darle la debida importancia a los pasajes de las Escrituras que hablan de Dios en términos femeninos, y en especial en términos maternales, porque esos textos ayudan a iluminar la naturaleza y sus cualidades “paternales”.

El mismo Jesús usó en algunas ocasiones la imagen femenina, representando a Dios como en el caso de la mujer que perdió la moneda, y también el padre que perdió a su hijo, y representándose a sí mismo en su angustia sobre la Jerusalén no arrepentida como la gallina que quería reunir a sus polluelos bajo sus alas (Deuteronomio 32:18; Isaías 42:14; 49:15; 66:13; Salmo 131:1; Lucas 15:8; Mateo 23:37).

Así que al regresar a la historia de la creación, es claro que desde el primer capítulo en la Biblia se afirme la igualdad fundamental de los sexos. Lo que es en esencia humano, tanto en el hombre como en la mujer, refleja la imagen divina que llevamos por igual. Y estamos llamados por igual a señorear la tierra, para cooperar con el Creador en el desarrollo de sus recursos para el bien común.

La distorsión

Sin embargo, esta igualdad sexual se distorsionó desde la caída. Parte del juicio de Dios por la desobediencia de nuestros progenitores fue su palabra a la mujer: “…Desearás a tu marido, y él te dominará” (Génesis 3:16). Los sexos experimentarían una medida de alineación del uno al otro. En lugar de la igualdad del uno con el otro y de complementarse el uno al otro (lo que todavía tenemos que considerar), uno reinaría sobre el otro. El dominio del hombre sobre la mujer se debe a la caída, no a la creación.

Además, el hombre ha hecho mal uso de este juicio de Dios como una excusa para maltratar y someter a la mujer en formas que el Señor no planeó. En el Antiguo Testamento el esposo en verdad era un patriarcaba’al(señor o gobernador) de su tribu. Sin embargo, su hato de mujeres no se despreciaba ni se maltrataba. Las consideraban como una parte integral de la comunidad del pacto. No había explotación de mujeres, sino que se celebraba la belleza del amor sexual, se alababan las capacidades de una buena esposa, se levantaban mujeres santas y emprendedoras como Ana.

Sin embargo, los profetas anticiparon los días del nuevo pacto en los cuales se reafirmaría la igualdad original de los sexos. Dios derramaría su espíritu sobre toda carne, incluyendo a los hijos y las hijas, a los siervos y a las siervas. No habrá descalificación debido al género.

Afirmación de la igualdad

Cuando Jesús vino, nació de una mujer (Gálatas 4:4). Aunque los protestantes están ansiosos de evitar la exagerada veneración a la virgen María de acuerdo con las Iglesias católicas, también debemos evitar el extremo opuesto, dejar de honrarla.

Pero no solo eso, sino que además de los apóstoles, quienes fueron todos hombres, Jesús viajaba acompañado de un grupo de mujeres, a quienes él había sanado y que luego le proveían de sus bienes. Además, Jesús tuvo una charla teológica con alguien en el pozo de Jacob, sin considerar que fuera mujer, samaritana y pecadora, la que le dio tres razones para que Él la ignorara. Él permitió que una prostituta se le acercara mientras estaba recostado a la mesa, y le mojara los pies con sus lágrimas, se los limpiara con el cabello y se los cubriera de besos. Jesús aceptó su amor, interpretándolo como una gratitud por ser perdonada. Al hacer esto, arriesgó su reputación e ignoró la indignación silenciosa de su anfitrión.

El Señor rompió con las reglas de la tradición y conveniencia. Cuando María de Betania se sentó a sus pies para escuchar sus enseñanzas, Él dijo que ella había escogido la mejor opción, y a la otra María la honró como la primer testigo de su resurrección. Todo esto fue sin precedente. Sin ninguna ceremonia ni publicidad, Jesús terminó con las consecuencias de la caída, y restauró a la mujer de su parcial pérdida de nobleza y reclamó para la nueva comunidad de su reino la bendición de igualdad sexual que se le había dado desde la creación.

Por John Stott
Tomado del libro:
Oportunidades y retos personales
Vida

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