Aprende a Amar

Se trata de las pequeñas cosas cotidianas

¿No te gustaría que la vida tuviera una banda sonora? Sería muy útil.

Si cada vez que llego a mi casa sonara alguna aterradora canción, al mejor estilo de Alfred Hitchcock o Freddy Krueger, me ayudaría mucho a pensar en que la guerra espiritual es real. Si de repente comenzara a cantar Ricardo Montaner en el fondo, sabría que viene un momento romántico. SI escuchara una canción tensa y estremecedora del tipo de las de La supremacía Bourne, sabría que está ocurriendo algo peligroso. En los momentos que tengo que ser valiente entraría en esena con estilo cuando se comenzara a oír la canción de Gladiador. ¿No te ayudaría a darte cuenta que en verdad vives algo épico si tu vida tuviera una banda sonora?

En lugar de eso, todo lo que escucho en este momento es la camioneta de mi vecino. En realidad, no surte el mismo efecto.

Creo que todos esperamos que el amor aparezca de forma espectacular. Sabemos que el amor es bello y poderoso. ¿Por qué no se siente así? El amor se materializa de maneras que parecen insignificantes: recoge tus propias medias, pasa por alto los comentarios sarcásticos de ella, naja la tapa del inodoro. Justo estas cosas son las que lo hacen épico: el hecho de que el amor se desarrolla en las mil pequeñas decisiones, invisibles y sin una banda sonora de apoyo. Eso es lo que lo hace tan bello.

Unos años atrás, los padres de John cumplieron su quincuagésimo aniversario de bodas. Para celebrarlo, los llevamos a México por cinco días. Compartimos una casa en la cima de una colina con vista al mar de Cortés. Sillones, hamacas, el sonido de las olas… era maravilloso. Aun así, les diré cuál fue mi momento favorito, la vista más hermosa de la que tuve el privilegio de participar.

Yo no sé mucho del matrimonio de los padres de John. Tengo una fotografía en casa de una hermosa joven riendo sentada en la falda de un joven muy feliz. La tomaron en el quinto año de vida matrimonial. Había verdadero amor allí. Podía verse. En cambio, los años se acumularon y la vida se hizo difícil. Las cosas no sucedieron como ellos soñaban ni imaginaban. Su vida fue difícil. Dolorosa. La salud del padre de John ha decaído sin cesar durante varios años. Ahora es muy olvidadizo. Puede volverse impaciente, sarcástico, áspero: un verdadero cascarrabias. Con todo, ha tenido una fiel compañera que lo atiende, que le presta atención y lo cuida… su esposa.

He aquí el momento. Íbamos a salir para cenar en esta noche particular y Patricia se había preparado. Aún es una mujer bella y se comporta con gracia y estilo. Bob estaba sentado en una silla, impaciente por querer irse. “Todavía no, Bob”, le dijo ella con amabilidad. Luego, se puso de rodillas delante de él para ayudarlo a ponerse sus nuevos zapatos azules, y le ató con cuidado los cordones. Un acto simple y ordinario que ella ha hecho por él cientos, quizá miles de veces. Un acto de amor tan tierno, indescriptible y sacrificial que llenó mis ojos de lágrimas.

A veces es solo una caricia. Esta mañana me sentía {escribe John} un poco “erizado” como un ananá que está resentida por algo, aunque no sabía lo que era en realidad. Solo que no sentía el amor ni me sentía amado. A Staci le encanta recibir un abrazo en la mañana; sé que ilumina su día recibir un toque de amor en el primero momento de la mañana. Sin embargo, yo no me sentía con ánimo de dárselo. Tampoco estaba en modo de retirada, solo estaba molesto. Antes de que ella llegara a la cocina, me di vuelta para mirar por la ventana. Todo espinas. Stasi vino por detrás y me acarició con ternura. Qué hermosa elección de su parte. Las espinas se fueron, como cuando se sopla un diente de león.

Esto es muy difícil de escribir, porque muchas de estas decisiones son “secretas”, pues tu cónyuge no las ve; son decisiones entre cada uno de nosotros y Dios. Por eso escribir sobre ellas me resulta algo incómodo, como si estuviera contando secretos. Como dejar que la mano derecha sepa lo que hace la izquierda, o algo así. Con todo, te contamos algunas cosas para ayudarte a ver cómo podría suceder en tu vida.

Nuestros amigos Daniel y Ceci se dirigían a su casa el pasado fin de semana, al regresar de sus vacaciones con sus hijos. Estuvieron fuera por dos semanas; fue un tiempo formidable. Ahora se dirigían a su casa. “Soy un caballo de establo”, me confesó Carig. “Dirígeme a casa, y no desearé otra cosa más que llegar a la caballeriza”. La mayoría de los hombres se identifican con esto. Hay que conquistar las distancias; detenerse es una manera de rendirse. (En especial cuando el semirremolque al que se había aventajado hace cuarenta minutos pasa de nuevo con lentitud mientras tu esposa sigue en el baño).

Ceci, en cambio, quería parar a almorzar. A ella le canta cocinar y aquel lugar tenía algunas cafeterías maravillosas. A la vez, estaban tentadoramente cerca de casa, a solo cinco horas más de las dieciocho que tardaba el viaje. Aparte de eso, terminaron las vacaciones. Tuvieron muchas comidas agradables. Ya era hora de llegar a casa. Daniel llevó a Ceci a almorzar; por dos horas.

Voy a pasar por el almacén. Podemos ver tu programa. Sí, puedes atenuar las luces. No, no me importa si sales esta noche. ¿Quieres un pedacito de mi torta?

Nos encontramos con estos momentos todos los días. Esta mañana, teníamos que ir a una actividad como oradores principales. Acordamos que tendríamos que salir a las 20. Eran las 20.10 y ella aún no estaba lista; está perdiendo tiempo en el baño. “¡Ey! Tú fuiste la que dijo a las 20. ¡Vamos!”. ¿Por qué estoy inquieto? ¿Cuál es la razón del apremio, de la ansiedad? ¿No es en realidad el deseo de tener el control de las cosas, de asegurarme que causemos una buena impresión? Qué impiedad; pienso en mi reputación, no en el corazón de mi esposa.

Así que me senté y me tomé una taza de té. Solo esperé que saliera y dijera: “Estoy lista”. Y tampoco dije esa frase que todo hombre saborea al decir: “¡Por fin!”. Estas son las pequeñas decisiones que tomamos cada día. Aprendemos a amar.

Por John y Staci Eldredge
Tomado del libro: Amor y guerra
Unilit

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