Zamba de mi esperanza

Porque no queremos dejar nunca de cantar

Por Evangelina Daldi

Jorge Antonio Cafrune, apodado “el Turco”, fue uno de los cantantes folclóricos argentinos más populares de su tiempo.

Su carrera profesional tuvo un largo recorrido; fue muy exitoso en la difusión de la cultura argentina a través de sus canciones. Entre 1972 y 1974, Jorge Cafrune formó un dúo con el niño Marito con quien grabó discos e hizo varias giras por el país, España y Francia.

Al finalizar esta gira, Cafrune fue convocado para integrar unas comitivas artísticas argentinas que visitaron los Estados Unidos y España. El éxito en la Península ibérica fue fabuloso, y Cafrune llegó a radicarse allí por varios años. Su retorno al país fue en 1977, cuando falleció su padre.

Eran tiempos difíciles para la Argentina, ya que el gobierno de Isabel Perón había sido derrocado y estaba en manos de la dictadura militar. A diferencia de otros artistas que se exiliaron cuando comenzaron las amenazas y las prohibiciones, Cafrune decidió quedarse y seguir haciendo lo que mejor sabía hacer: cantar y opinar cantando y haciendo. Fue así que en el festival de Cosquín de 1978 su público le pidió una canción que estaba prohibida:Zamba de mi esperanza.Cafrune accedió argumentando: “Aunque no está en el repertorio autorizado, si mi pueblo me la pide, la voy a cantar”.

Según un testimonio de Teresa Celia Meschiati, secuestrada y sobreviviente, eso fue demasiado para los militares, y en el tristemente célebre centro de concentración clandestino cordobés de La Perla, el entonces teniente primero Carlos Enrique Villanueva opinó que “había que matarlo para prevenir a los otros”.

El 31 de enero de 1978, a modo de homenaje a José de San Martín, Cafrune emprendió una travesía a caballo desde Plaza de Mayo hasta Yapeyú, lugar de nacimiento del libertador. Esa noche, a poco de salir, fue embestido por una camioneta conducida por un joven.Cafrune falleció ese mismo día a la medianoche. Si bien se cree que se habría tratado de un asesinato planificado por parte de la dictadura militar, el hecho nunca fue esclarecido completamente y quedó solo como un accidente.

Escuchar y leer esta historia provoca miles de sensaciones. Aquí solo quiero plasmar la emoción  que provoca ver a alguien que no se deja vencer, que sigue luchando, que sigue tirando, que sigue cantando, que sigue orando, que se pone de pie una y otra vez, que levanta la vista y agradece al Señor por sus múltiples bondades.

Dichosos no solo aquellos que no pierden la esperanza, sino aquellos que los rodean, porque ese espíritu es contagioso. Dichosos los que mantienen la fe como estandarte, los que no se dejan llevar por las circunstancias o los pronósticos.

Dichosos aquellos que una y otra vez eligen creer lo que el Señor ha dicho, lo que ha prometido. Dichosos aquellos que no se unen a la queja, los que no se dejan llevar por el temor, el odio, la violencia, el racismo o el resentimiento. Dichosos los que ejercen la paz, los que son embajadores de ella.

Dichosos aquellos que solo son guiados por la Palabra de Dios, aquellos que la consideran como el “único repertorio autorizado”.

Mi ruego es que yo pueda ser una de ellas. Que no importa lo que pase afuera, cuán negro esté el cielo, cuánta maldad recorra las calles; que siempre mi corazón siga cantando, siga regocijándose en el Padre que tiene cuidado de nosotros, que nos ama con furiosa pasión y que nos tiene en la palma de su mano.

Y mi ruego es que entre todos ellos, también pueda encontrarte a ti, y que juntos cantemos tomados de las manos Zamba de mi esperanza: “Zamba, a ti te canto. Porque tu canto derrama amor. Caricias de tu pañuelo, que va envolviendo mi corazón. Estrella, tu que miraste, tú que escuchaste mi padecer. Estrella, deja que cante, deja que quiera como yo sé. Estrella, deja que cante, deja que quiera como yo sé”.

Por Evangelina Daldi
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