Abandone el orgullo

Matrimonios que tienen buenas peleas

Por Dres. Parrott

No siempre, mi esposa y yo, hemos sabido cómo manejar nuestros conflictos, y hemos tenido algunos verdaderos ejemplos sorprendentes a lo largo del camino. Como la pelea que surgió en nuestro auto hace algún tiempo una mañana de sábado mientras hacíamos recados y que no terminó verdaderamente hasta el día siguiente. ¿El conflicto? Fue una conversación circular acerca de quien estaba poniendo más peso en el frente del hogar. En pocas palabras, era una guerra sobre las tareas domésticas. Y cada uno de nosotros había trazado una línea de batalla. Ambos nos quedamos en nuestra terquedad y decididos a demostrar que el otro estaba equivocado.

Sería bonito si en alguna ocasión realmente pudieras echar una mano dijo Leslie con sarcasmo.

¿De verdad? respondió Les. ¿Realmente vas a decir que yo no ayudo?

¿Necesito decirlo?

¡Parece que sí!

Muy bien, entonces no ayudas.

¿Qué quieres que haga que no esté haciendo? ¾ Les hizo la pregunta como si Leslie tuviera que pensar mucho tiempo para responder. Ella no lo hizo.

¿Cuántas cosas quieres que te diga?

Vamos

Comencemos con sacar la basura.¡Sí que la saco!

¾Entonces, ¿por qué tenemos un montón de basura en nuestro garaje desde hace dos semanas?¡Ah, vamos! Sabes que estuve viajando y…

Y no la sacaste antes de irte.

Estuvimos hablando así durante todo el día, con acusaciones pasando a varias tareas: limpiar cuartos de baño, trabajo del jardín y otros. Y cuando no hablábamos de ello, estábamos construyendo nuestro caso y reuniendo nuestra munición para cuando surgiera la batalla una vez más. Cada uno de nosotros estaba mucho más interesado en ganar la pelea que en resolverla. Estábamos en una seria lucha de poderes, el juego de la culpa de máxima categoría, y estábamos peligrosamente cerca de subestimarnos el uno al otro con verdadero desprecio. En pocas palabras, librábamos una verdaderamente mala pelea.

En ese momento, no sabíamos realmente qué era una mala pelea, porque en los primeros tiempos de nuestro matrimonio ni siquiera sabíamos que hubiera una distinción entre una buena pelea y una mala pelea. Tan solo pensábamos que una pelea es una pelea. Pero eso está lejos de la verdad.

 

Quitarse los guantes

Los profesionales solían creer que las parejas que eran más dadas a tener discusiones eran las menos satisfechas con su matrimonio. Los estudios que condujeron a esos descubrimientos, sin embargo, no distinguían entre los tipos de peleas que tenían las parejas. A decir verdad, la diferencia entre un matrimonio que está feliz y medida que pasa el tiempo y otro que es más miserable no es si pelean sino cómo pelean.

Todas las peleas no se crean igual. Una buena pelea, en contraste con una mala, es útil y no dañina. Es positiva y no negativa. Una buena pelea se mantiene limpia mientras que una mala pelea se ensucia. Y el 93% de las parejas que pelean sucio estarán divorciadas en diez años, según investigadores. Otro estudio mostraba que las discusiones matrimoniales poco sanas contribuyen significativamente a un mayor riesgo de ataques al corazón, dolores de cabeza, dolor de espalda y todo un conjunto de problemas, sin mencionar la infelicidad. Al final, las malas peleas conducen a matrimonios que apenas pueden respirar, y finalmente mueren.

De hecho, investigadores pueden ahora predecir con un 94% de exactitud si una pareja permanecerá junta o no basándose únicamente en cómo pelean. No si pelean sino cómo lo hacen.

La línea que separa las buenas peleas de las malas no es borrosa. La investigación marca la diferencia claramente.

La meta de la mala pelea es ganarla; la de la buena es resolverla. El tema de las malas peleas son problemas superficiales; el de las buenas son los problemas subyacentes. El énfasis en las malas peleas son las personalidad y luchas de poder; en las buenas, son las ideas y los problemas. La actitud en una mala pelea es confrontacional y defensiva; la actitud de buena pelea es cooperativa y receptiva. La motivación en una mala pelea es echar la culpa; en una buena pelea es asumir responsabilidad. En una mala pelea se subestima; en una buena pelea se respeta. La mala pelea tiene una manera egocéntrica; la buena tiene una empática. La conducta en una mala pelea es farisaica; en una buena es comprensiva. El efecto de una mala pelea es una escalada de tensión; el de una buena pelea es la liberación de tensión. El resultado de una mala pelea es la discordia; de una buena pelea es la armonía. El beneficio de una mala pelea es el estancamiento y la distancia; el de una buena pelea es el crecimiento y la intimidad.

Las discusiones en que una o la otra parte se pone a la defensiva o es testaruda, o se retira, son particularmente destructivas. Menospreciar y culpar también son tóxicos. La lista de cualidades que constituyen una mala pelea podría continuar, pero si tuviéramos que resumir la esencia de una mala pelea en un solo ingrediente, si tuviéramos que resumirla en una sola palabra, tendría que ser orgullo.

 

Pelea por orgullo

En Amor en tiempos de cólera, el laureado Nobel Gabriel García Márquez retrata un matrimonio que se desintegra por un jabón. Era tarea de la esposa mantener la casa en orden, incluyendo toallas, el papel del baño y el jabón en el baño. Un día ella se olvidó de sustituir el jabón. Su esposo exageró la situación: “Me he estado bañando durante casi una semana sin jabón”. Ella negó vigorosamente haber olvidado de sustituir el jabón. Aunque ciertamente lo había olvidado, su orgullo estaba en juego, y ella no quería dar un paso atrás. Durante los siete meses siguieron durmiendo en habitaciones separadas y comieron en silencio. Su matrimonio sufrió un colapso.

“Incluso cuando fueron viejos y plácidos, tenían mucho cuidado en cuanto a sacar el tema, porque las heridas apenas sanadas podrían comenzar a sangrar otra vez como si hubieran sido causadas ayer”, escribe Márquez.

¿Cómo puede un jabón arruinar un matrimonio? La respuesta es sencilla: orgullo. Tanto esposo como esposa se aferraban a él sin piedad. El esposo no quería pasar por alto una ofensa. La esposa no quería admitir un error. Ninguno de los dos quería soltar su necesidad de “ganar”, de demostrar al otro que era superior.

La Biblia lo dice claramente: “El orgullo conduce al conflicto”. Es así de sencillo. Un espíritu orgulloso evita que cooperemos, seamos flexibles, nos respetemos, nos comprometamos y resolvamos. En cambio, alimenta la defensiva y la discordia. Se interpone en el camino de decir “lo siento”. Vive según el lema: “La única pelea injusta es la que uno pierde”. EL orgullo egoísta está en el corazón de toda mala pelea. La investigación muestra que cuando el orgullo se establece en una de las partes, seguirá una discusión el 34% de las veces aunque la persona sepa que está equivocada, o ni siquiera pueda recordar de qué se trata la pelea. Y un 74% de las veces habrá pelea aunque se sienta que es “una batalla perdida”.

Seamos claros: el orgullo saludable, la emoción agradable de ser agradados por nuestro trabajo, es muy diferente del orgullo insano, en el cual nuestro ego se hincha. El segundo está lleno de arrogancia y desprecio. Y de eso hablamos aquí.

No tenemos que ser unos egocéntricos para sufrir orgullo insano. Tiene su manera de colarse secretamente entre las rendijas de nuestro conflictos incluso aunque conscientemente nos inclinemos a evitarlo. Eso es lo que hace que sea tan tóxico y retorcido. “Mediante el orgullo siempre nos engañamos a nosotros mismos. Pero muy por debajo de la superficie de la conciencia promedio, una suave y dulce voz nos dice que algo está fuera de todo”, dijo Carl Jung.

Ya conoce el sentimiento de estar fuera de tono. Todos lo conocemos. Nace de la tensión entre ser el tipo de persona que queremos ser y nuestro temor a ser engañados. No queremos ser orgullosos pero tampoco queremos ser timados. Eso es lo que causa que entre el orgullo. Y es entonces cuando comprendemos, en lo profundo de nuestro ser, que hemos tomado el camino más bajo. Y casi siempre, se hace incluso más difícil admitir ante nosotros mismos este horrible sentimiento, y menos ante nuestro cónyuge, de modo que perpetuamos nuestro orgullo.

El antídoto para el orgullo es, desde luego, la humildad. Y la palabra de la cual obtenemos “humildad” significa literalmente “de la tierra”. En otras palabras, la humildad se baja de su alto caballo para ser común y manso. La humildad no es para cobardes. Es arriesgada. La humildad nos hace vulnerables a que jueguen con nosotros o nos hagan ver como tontos. Pero también hace posible todo lo demás que verdaderamente queremos ser. El autor británico del siglo XVII William Gurnall dijo: “La humildad es el velo necesario para todas las otras gracias”. Sin humildad, es casi imposible luchar una buena pelea, el tipo de pelea que nos acerca el uno al otro.

Por Dres. Les y Leslie Parrott
Tomado del libro: La buena pelea
Worthy Latino

 

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