Una vida marcada a fuego por la gracia

Algunas memorias de uno de los hombres inolvidables de nuestros tiempos

Por BrennanManning

Antes de relatar una historia, quiero contarles algo. Es una lista de un diario que escribí durante uno de los tratamientos de rehabilitación del alcohol después de divorciarme
de mi esposa Roslyn. Cada punto de la lista es una autodescripción.
Lo escribí como un intento, una vez más, de ser honesto sobre mi condición. Creo que los puntos revelan el tipo de hombre que estaría ausente del funeral de su madre.
1. Engreído, soberbio, arrogante. Constantemente mencionaba nombres de personas famosas para darme importancia. Detestaba este rasgo en otras personas, pero no veía nada malo al hacerlo en mi vida.
2. Culpar/acusar. Culpé a Roslyn (luego del divorcio) de insensibilidad: puso el cuidado de sus dos hijas y el mantenimiento de nuestra casa por encima de mí. ¿Cómo se atrevió?
3. Negar. Cuando Roslyn comentó que mis recaídas eran más frecuentes, lisa y llanamente lo negué.
4. Evadir/eludir. Cuando los amigos íntimos tocaban el tema de mi alcoholismo, cambiaba de conversación.
5. Intelectualizar. Constantemente intentaba pensar en una nueva manera de vivir, en lugar de amarme como era y cambiar la manera de pensar (¿lo ven?, acabo de hacerlo nuevamente).
6. Juzgar/moralizar. Con frecuencia, emitía juicios sobre la rigidez y estupidez del papa, los obispos y la Iglesia por no permitir un sacerdocio que admitiera el casamiento. También aborrecía a mis críticos.
7. Justificar. “Miren, cualquiera que ha trabajado tan duro como yo, mientras cumple una agenda de actividades sobrehumana, tiene derecho a…”.
8. Bromear. Utilizar el automenosprecio en el humor para dar la impresión de ser humilde y no tomarme con seriedad.
9. Mentir. Muy posiblemente, una palabra que sirve como protección para todo lo mencionado antes.
10. Racionalizar. Aducía estar agotado y me negaba a los constantes reclamos de los necesitados, incluidos los miembros de mi familia.
Este último punto incluye el más vergonzoso episodio de mi vida. Escribí lo siguiente casi como una historia de ficción. Desearía que lo fuera, pero no lo es. No siempre consigues lo que pides…

La historia
El teléfono suena y tienes una opción: puedes responder o no. Tal vez, no debería haberlo hecho. Quizá lo debería haber evitado como un campo minado. Pero lo respondí. Resultó ser un aviso de malas noticias.
La voz que estaba del otro lado pertenecía a alguien que amaba. Mi hermana dijo dos palabras: “Mamá murió”. Era febrero de 1993.
Después de que cortamos, de lo único que era consciente era de una sola emoción. Podría decirles que sentía tristeza, o pena o aun temor, pero he prometido ser despiadadamente honesto conmigo mismo en estas páginas.
Luego del llamado de Gerry, todo lo que pensé fue esto: “¡Dios, qué molestia!”. Hice la valija y reservé el vuelo. Vivía en Nueva Orleáns en aquel momento. Mi hermana vivía en Nueva Jersey. Mi madre había estado en un centro para personas con alzheimer durante dos años, no muy lejos del lugar donde vivía Gerry. Mi madre había perdido la memoria completamente. Pero yo no. Y mi pasado con ella creó un núcleo de dolor en mí mismo con el que he luchado la mayor parte de mi vida.
Volé, llegué y tomé un taxi. Me alojé cerca de la iglesia donde se iba a realizar el funeral. Antes de ingresar en el hotel, paré en un bar y compré un cuarto del whisky escocés más barato. Mientras otros arreglaban las flores y se ponían su camisa, cerré la puerta de mi cuarto, corrí las cortinas y bebí. Quería olvidar pero, desafortunadamente, el whisky solamente retrasó la llegada de mis recuerdos. En un momento, los pensamientos sobre mi madre aparecieron: el tono de su voz, sus dichos y, por sobre todas las cosas, la vergüenza. Como buen alcohólico, bebí, bebí y bebí. Pensaba que era mi única defensa.
Llegó un momento en que todo había caído bajo una sombra más oscura que el color negro. “Las cenizas vuelven a las cenizas y el polvo al polvo”. Seguramente, el sacerdote dijo esas palabras frente al cajón de mi madre, AmyManning; pero no puedo afirmarlo porque no asistí al funeral. Estaba en el alojamiento y empezaba a despertar de un desvanecimiento, mientras hacía esfuerzos por recordar dónde me encontraba.
La realidad era que estaba en un cuarto de hotel. Pero la verdad es que me encontraba en algún lugar distante y había desperdiciado el último saludo a mi madre por una borrachera. En aquel momento, sentí la vergüenza más profunda de mi vida. Mi Dios, ¿qué clase de hombre soy? ¿Cómo me pudo suceder eso? Tampoco visité la tumba de mi madre ese mismo día, un poco más tarde. En realidad, no la visité jamás.
Me han preguntado ciertas cuestiones incontables veces durante el transcurso de mi ministerio. Algunas veces lo han hecho con sinceridad genuina; otras, estoy seguro de que fue una granada cargada de fariseísmo: “Brennan, ¿cómo pudiste recaer en el alcoholismo luego de tus encuentros con Abba?”. Esta es la respuesta que di en 1990: “Es posible, porque la soledad y el fracaso me han maltratado y lastimado; porque me desalenté, tuve incertidumbre, me sentí cargado de culpa y dejé de mirar a Jesús. Porque el encuentro con Cristo no me transfiguró en un ángel. Porque la justificación por gracia por medio de la fe significa que fui ubicado en una relación correcta con Dios y no es el equivalente a un paciente
anestesiado en una camilla”.
Veintiún años después sigo pensando lo mismo; aquellas palabras son tan ciertas para mí ahora como lo fueron entonces, y también el día del funeral de mi madre. Ese párrafo les ha hablado a muchas personas; me lo han dicho una y otra vez. Debo admitir, con todo, que desde mi punto de vista hoy ese párrafo es algo exagerado, demasiadas palabras. Creo que ahora puedo reducir las líneas a una respuesta de tres palabras que incorpora toda la verdad de un andrajoso verborrágico del año 1990 a un andrajoso actual, queprefiere la brevedad. “Pregunta: Brennan, ¿cómo pudiste recaer en el alcoholismoluego de tus encuentros con Abba?”. “Respuesta: Estas cosas suceden”.
Quisiera citar a mi buen amigo Fil Anderson. Las palabras son de su último libro, Romper las reglas. Él sabe todo sobre larespuesta “Estas cosas suceden”.
“Mi esperanza más grande es que todos nosotros dejemosde intentar engañar a los demás y aparentar queactuamos en forma coherente. Como gente que viveen unión íntima con Dios, necesitamos hacernos conocerpor qué somos así y quiénes somos en realidad.Tal vez un buen lugar para comenzar sería decirle almundo, antes de que el mundo haga su propia investigación,que no somos tan malos como él piensa.Somos peores. Al menos yo sé que soy peor. Digamosla verdad. Por cada cosa mezquina y moralizante quealgún predicador ha pronunciado, he pensado algopeor, más odioso e hiriente sobre uno de mis prójimos.Por cada supuesto acto de homofobia de mishermanos cristianos, he hecho algo estúpido para demostrarmi hombría. Por cada hermano o hermanacuya falla moral ha quedado expuesta, yo he fallado en forma privada. No importa cuán aburridos aparecenlos seguidores de Jesús ante los que no lo son,ellos no saben ni la mitad, créanme… Si realmentecreemos en el Evangelio que proclamamos, seremoshonestos sobre nuestra propia belleza e imperfeccióny la de los hermosos imperfectos. Nuestros prójimosnos conocerán a través de los agujeros de nuestra armaduray los de la de ellos”.

Este soy yo
Si me preguntan si lo que hice en mi vida ladefine, diría que no. Y no es para minimizar mis pecadoso hablar humildemente de mis éxitos. Es solo paraafirmar una gracia que con frecuencia apenas nos damoscuenta en el invierno de la vida. El invierno es duro, perotambién consolador. He sido y sigo siendo mucho másque la suma de mis hechos. Gracias a Dios.
Si me preguntan si he cumplido mi llamado comoevangelista, respondería: “No”. Esa respuesta no está librede culpa o cierta vergüenza. Es para dar testimonio deuna verdad mayor que, una vez más, veo con mayor claridaden estos últimos días. Mi llamado fue y sigue siendoa una vida llena de familia, y amigos, y alcohol, y Jesús, yRoslyn y notables buenos pecadores.
Si me preguntan si, al final, le permito al Señor queme ame tal como soy, respondería: “No, pero lo intento”.
Mi departamentoestá ubicado en la parte posterior de una calle,detrás de una hermosa casa antigua que tiene pórtico yestá rodeada de arces. Mi residencia está casi escondida.En un sentido muy real en estos días, yo también lo estoy.
Intenté durante un breve tiempo resumir mi ministeriode conferencias en 2008. Hice el intento con la ayudade mi buen amigo Fil Anderson. Él fue todo aliento ysostén en un momento en que lo necesité muchísimo.Compartíamos la responsabilidad de las conferencias losfines de semana; yo me apoyaba más en Fil que él en mí.
Como ha sucedido durante más de cuarenta años, si noviajo y doy conferencias, no sé qué hacer conmigo; porlo tanto, tenía que intentarlo. Sufrí dos caídas antes deese breve período en el que intenté volver a comenzar;una fue en sentido figurado y otra, literal. Estas caídas llevaron mis compromisos de conferencias con Fil a otronivel enteramente diferente, en el que el amigo probado yverdadero se vuelve más reconocible.
En marzo de 2009, me paré delante de una iglesiacolmada, listo para saludara los que se habían reunido con la apertura que mecaracteriza, seguida por algo de humor judío, tal como hehecho miles de veces antes: “Como dijo Francisco de Asís cuando se encontró con elhermano Dominique en el camino a Umbría: ‘Hola’”.
Un día, Alan, el sastre, mientras caminaba por lacalle, se encuentra con Moisha, el banquero, y le preguntahacia dónde va.“A la sinagoga”, dice Moisha, que se veía terriblementeafligido.

—¿Por qué?
—Tengo que hablar con el rabino.
—¿Por qué tienes que hablar con el rabino? —preguntaAlan.
—¡Ay! —dice Moisha—. ¡Algo terrible ha sucedido!¡Mi hijo se hizo cristiano!
—¡Oh, Moisha! —dijo Alan—. Déjame que tecuente algo muy gracioso. Mi hijo es cristiano.
Llegan juntos a la sinagoga y abren la puerta. Elrabino aparece y dice: “Moisha, Alan, ¿qué sucede?”.
Alan contesta: “Una catástrofe ocurrió en nuestras familias.Nuestros dos hijos se hicieron cristianos”.
—¡Entren a mi oficina —dice el rabino—, y cierrenla puerta!
Luego de una larga pausa, levanta la vista y dice:“Déjenme decirles algo muy gracioso. Mi hijo es cristiano”.

“¡No!” —dice Alan—. “¡Estamos perdidos!”—acota Moisha—. “¿Qué vamos a hacer, rabino? ¡Tú,eres el que tienes las respuestas!”. “¡Sí, hagamos algo!—dice el rabino—. Vengan conmigo”. Entonces, atraviesanla sinagoga y entran al santuario. El rabino dice:“Arrodíllense. No hablen; voy a orar. ‘Yahvé, Dios deAbraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, Dios de Israel,Dios de los profetas, ¿podrías decirme qué es loque pasa? El judaísmo se viene abajo. ¡Todos se hanvuelto cristianos! Yahvé, danos una palabra. Yahvé, háblanos’”.
Tras una larga pausa, finalmente Dios dice:“Pero déjenme decirles algo muy gracioso…”.
Tendría que haber hecho esto como siempre, peropoco después de la apertura, mi mente quedó en blanco.Para alguien que ha predicado durante años, fueuna tarde en que hubiera deseado aplicar el lema de miamiga Mary Michael O’Shaughnessy: “Hoy no me impondréel debería”. Tendría que haberlo hecho, pero nopude. Simplemente, me quedé allí y lo intenté; desesperadamentelo intenté; pero estaba en blanco; no podíarecordar una sola de mis líneas. Eso jamás me habíasucedido antes. Miré a la multitud y pedí que ellos, porfavor, oraran por mí.
Pero déjenme decirles algo muy gracioso. Luego deuna larga e incómoda pausa, la multitud me sorprendió: todos se pusieron de pie y me ovacionaron. Respaldaronmi silencio. Eso tampoco había sucedido nunca antes. Nosé cuándo había sentido una compasión tan genuina departe de un grupo de personas. Me retiré a mi cuarto paradescansar un poco. Al día siguiente, regresé en mi mejorestado, capaz de conducir la agenda de las sesiones comosi no hubiera sucedido nada. Pero algo había sucedido.

No tengo idea de lo que las personas que estaban reunida sallí habrán pensado de aquella oscura noche de viernes. Ni siquiera estoy enteramente seguro de lo que yo mismo pensaba, más allá de que me asustó.Al terminar el fin de semana, mi regreso a casa fue lisa y llanamente traumático. Debido a significativos problemas con mi visión, me caí de una escalera mecánica en el aeropuerto de Nueva Orleáns y me quebré el hombro y las costillas. Ese dolor devastador, inmediatamente después de mi viernes oscuro, me mostró que Brennan Manning ya no eran más un lugar placentero donde estar.
Incontables veces he dicho que perder nuestras ilusiones es difícil, porque las ilusiones son la razón por la que vivimos.Creemos que somos invencibles hasta que el cáncer golpea a la puerta, o creemos que hemos regresado para continuar hasta que nos caemos por las escaleras. Dios desnuda esas falsedades porque es mejor vivir desnudo en la verdad que vestido en la fantasía. Estos últimos años han significado para mí “desnudarme” como nunca antes lo había experimentado. Por encima de todo, lo queme ha quedado ahora son andrajos, algo que me parece bastante adecuado, pienso, para un hombre que ha predicado un Evangelio así. Si alguna vez fui andrajoso, ese momento es ahora. Para los andrajosos, el nombre de Dios es Misericordia; o en el presente coloquial en el que vivo hoy es Ayuda.
En estos días, si me quiero poner los jeans y una camisa,alguien me tiene que ayudar. Si deseo comer una porción de pizza con salame o un cucurucho de helado, alguien tiene que ayudarme. Si tengo que ir al baño, necesito ayuda. Para subir el volumen de la televisión, necesito ayuda. Para acceder a mi medicina o abrir una gaseosa dietética, deben ayudarme.Para ir a la cama por la noche, ayuda. Para levantarme ala mañana, ayuda. Para hacer la siesta por la tarde, ayuda.
Carlo Carretto escribió:“Somos lo que oramos”. Estos son días de oración sincesar: “¡Ayúdame! ¡Ten misericordia de mí!”. Y mi Padre,que está tan orgulloso de mí, lo hace.
¿Quería yo que las cosas fueran así? No; decididamente,no. Si me dieran a elegir, aún estaría en Nueva Orleáns.
Me encuentro ahora nuevamente muy cerca de mi infancia.Cuidan de mí de una manera que yo deseaba cuandoera niño. Y de todas las personas con las que podía pasaracompañado mis días, me he hecho amigo de un hombreque tiene mi mismo nombre.
Y acompañado por mi amigo Richard, tengo muchotiempo entre mis manos por estos días; tiempo de pensar;quizá como no lo he hecho durante mucho tiempo. Porlo tanto, voy a dar el último sermón que siempre necesitarás.Si parece que hay rastros en él de sermones queprediqué antes, es porque así es.

Mi último sermón
La Escritura está plagada de andrajosos. Hay uno que a primeravista no parece serlo. Sus proezas son heroicas, materialpara leyendas. Pero al ampliar el pensamiento y mirarmás profundamente, he visto sus andrajos. Su nombreera Sansón, el hombre fuerte de cabello largo que tomólos votos nazareos, el último y más famoso de los juecesdel Antiguo Testamento, el guerrero que mató al león solamentecon sus manos y a mil filisteos con la quijadade un asno. Pero la historia de su vida terminó en unaprisión, con el cabello rapado, los ojos arrancados, débil,ciego, dependiente, poco menos que un niño. Como unaburla final, Sansón fue encadenado entre dos columnasdel templo en la festividad del dios Dagon para diversiónde la gente. Pero no todo era lo que parecía. Si los filisteos,reunidos en asamblea aquel día, hubieran miradocon más detenimiento, se hubieran dado cuenta de queuna sombra iba en aumento en la cabeza del andrajoso;su cabello había comenzado a crecer nuevamente y, porlo tanto, su fuerza también. Dando un testimonio final hacia el Dios de Israel, Sansón se aferró a las cadenas ytiró. Literalmente, derrumbó la construcción.
Con la fuerza que me queda, quiero aferrarme a las cadenasy tirar una última vez. Mi esperanza, como siempre,es señalar al Dios demasiado bueno para ser verdad; miAbba. No tengo la idea delirante de derribar heroicamentela casa de temor que aprisiona a tantos. Mi deseo es dartestimonio, nada más. Mi mensaje, inamovible durantemás de cincuenta años, es este: Dios te ama incondicionalmentetal como eres y no como deberías ser, porque nadiees como debería ser. Es el mensaje de la gracia, el don quesacudió mi vida y que experimenté en febrero de 1956. Esel don que sostiene la vida que, aunque quebrada, tengohasta ahora.
Algunos han etiquetado mi mensaje como “gracia barata”.En los días de mi juventud, sus acusaciones eran unreto lanzado, un desafío. Pero ahora soy un hombre viejoy ya no me importa. Mi amigo Mike Yaconelli usaba lafrase gracia injustificada, y eso me agrada; pero he encontradootra que quisiera dejarles. Creo que a Mike le gustará;sé que a mí sí. La encontré en los escritos del sacerdoteepiscopal Robert FarrarCapon. La llama “gracia vulgar”: en Jesús, Dios ha puesto un cartel de “Me fui a pescar”en el negocio de la religión. Él ha hecho todo el trabajoen Jesús, una vez y para siempre, y solo nos invitaa creer, a confiar en la propuesta extraña e indemostrablede que en Él, hasta la última persona que haya sobre la Tierra, ya está en casa en libertad, sin hacerun solo esfuerzo religioso; sin ayunos hasta que se ledoblen las rodillas, ni oraciones que debas hacer bieno, si no, no sucederá nada; ni tener que pararse sobrela cabeza con el pulgar en la oreja izquierda y recitarel credo correctamente; nada de eso… Todo ha sidopuesto en su lugar en el Misterio de Cristo, aunquenadie pueda ver una sola mejoría. Sí, es loco. Y sí: esextraño, extravagante y vulgar. Y cualquier Dios quehaga una cosa así es un Dios que carece de gusto. Y, lopeor de todo, no vende absolutamente nada. Pero sonBuenas Nuevas, la única buena noticia permanenteque existe y, por lo tanto, la encuentro absolutamentecautivante.
Mi vida es un testimonio de la gracia vulgar, una graciaque asombra tanto como ofende. Una gracia que pagalo mismo al que trabaja con diligencia todo el día queal bebedor que se divierte y aparece en los últimos diezminutos. Una gracia que se sube la túnica y corre a todavelocidad hacia el pródigo que apesta a pecado y lo arropay decide hacer fiesta sin ningún pero, y si… o ni. Una graciaque levanta la vista, con los ojos inyectados en sangre,ante el pedido de un ladrón: “Por favor, acuérdate de mí”,y le dice: “¡Ni lo dudes!”. Una gracia que al Padre le plugo encarnar en el carpintero Mesías, Jesús, el Cristo, quiendejó su lugar al lado del Padre, no para beneficio del cielo,sino para el nuestro, el suyo y el mío. Esta gracia vulgar escompasión indiscriminada. Obra sin pedir nada de partenuestra. No es barata. Es gratuita y, como tal, siempreserá un tropiezo para la ética ortodoxa y un cuento dehadas para la sensibilidad adulta. La gracia es suficiente,aunque nos quedemos exhaustos al tratar con todas lasfuerzas de encontrar algo o alguien que no pueda cubrir.La gracia es suficiente. Él es suficiente. Jesús es suficiente.Juan, el discípulo al que Jesús amaba, terminó suprimera carta con esta oración: “Hijitos, guardaos de losídolos”. En otras palabras, manténganse alejados de cualquierdios al que puedan comprender. El amor de Abbano puede comprenderse. Lo digo nuevamente: el amor deAbba es incomprensible.

Una de las preguntas que me he hecho con frecuenciaes qué hace que un hombre se ahogue en la bebidahasta el punto de olvidarse y estar ausente del funeral desu propia madre.Me ha parecido una pregunta tremenda pero, llegadoel momento, me di cuenta: esa no es la pregunta. Existeotra detrás de ella, más trascendental, que forma y deja aldescubierto todas las demás que tengo.
No hace muchotiempo, encontré por casualidad un pequeño trozo de papel,ya amarillo, en mi pila de escritos. Tenía el título de“Ministerios Willie Juan” con un garabato debajo escritopor mí, una sola línea, una pregunta: “¿Cuál es la señal deun corazón que confía?”.
No puedo recordar cuándo lo escribí o qué fue loque provocó la pregunta. Sin embargo, allí está, comoevidencia de una vida entera de cuestionamientos deun andrajoso. Esta es mi respuesta, la respuesta que, talcomo escribió Thomas Merton, es el sí que trajo a Cristoal mundo. Un corazón que confía es uno que fue perdonado yque, a su vez, perdona.
Sé que esto es verdad debido a una experiencia quetuve un día de noviembre de 2003. Mi madre habíamuerto hacía alrededor de diez años. Mientras oraba porotras cosas, su rostro se filtró por la ventana de mi mente.No era una cara como la de una madre vieja o una abuelasino un rostro infantil. La vi como una pequeña de 6 años, sentada en el alféizar de la ventana, en un orfanato. Con la nariz contra el vidrio, pedía a Diosque le enviara una mamá y un papá que la llevaran rápidoy muy lejos de ahí, y la amaran sin condiciones. Mientrasmiraba, creo que finalmente vi a mi madre; tambiénella era una andrajosa. Y todo mi resentimiento y mi irase disiparon.
La niñita se dio vuelta y caminó hacia mí. A medidaque se acercaba, los años iban pasando y cuando se paródelante de mí era una mujer mayor. Dijo: “¿Sabes? Echéa perder muchas cosas cuando tú eras niño. Pero tú resultastebueno”. Entonces, mi anciana madre hizo algoque nunca antes la vi hacer en toda su vida, ni una solavez. Me besó en los labios y en las dos mejillas. Supe queel dolor entre mi madre y yo era real e importaba, peroque estaba bien. El corazón que confía da una segundaoportunidad; es perdonado y, a su vez, perdona. Miré a mimadre y le dije: “¡Te perdono!”. Ella me miró sonriendo ydijo: “Creo que algunas veces sí consigues lo que pides”.
Por BrennanManning
Tomado del libro: Todo es gracia
Peniel

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