Queridos cristianos: ¿qué les sucede?

Luchemos por un amor parecido al de Jesús

Basado en un intercambio real de Facebook:

YO: Facebook, te amo. En el último mes que hemos pasado juntos he construido una casa diminuta para un exresidente sin techo, he recaudado dinero para una organización, y me he comprometido a apadrinar cuatrocientos niños de Etiopía. ¡Qué buena obra para el Reino! Son ustedes asombrosos. Son mi gente.

COMENTARISTA ALEATORIO: Bueno, ¿dónde está el Evangelio? Te he seguido por redes durante varios meses y, no hay Evangelio. Imagino que sencillamente “me lo he perdido”. Tienes muchos seguidores y deberías tomarte esto muy en serio. Tienes una mayor responsabilidad y responderás de tu influencia.

Esto hace que quiera empaquetar a mi familia y mudarme a Suecia. Sinceramente, amo a Jesús, pero a veces sus seguidores me producen jaqueca. Y en vez de ser más paciente, me vuelvo intolerante. En realidad, todo el mundo está que echa chispas; y esa frustración se convierte en indiferencia. “Vaya, otra cristiana que actúa como un arquero moralista. ¿Qué nos importa?”.

Esto ha dejado de ser una conversación opcional. Nos la hemos pasado tratando esta conducta como lo hacemos con un loco que se comporta como un paleto racista. La cuestión ya no es trivial ni inconsecuente. Estamos perdiendo influencia en nuestra cultura, y la razón ni siquiera es un misterio. Las personas explican claramente por qué abandonan la fe o están demasiado asustadas de acercarse a ella. Una de las principales razones es esta: los cristianos.

Me doy cuenta de que el éxodo masivo es polifacético y merece un análisis justo, pero el denominador común es tan abundante que tenemos que afrontarlo. En particular, debido a que otros factores (cosmovisión posmoderna, culturas religiosas cambiantes, obstáculos generacionales, cambios en la dinámico familiar tradicional) sin alteraciones sísmicas que escapan ampliamente a nuestro control. Estas conversiones culturales ocurren dentro y fuera del cristianismo y son necesarias para evaluar y comprender.

Sin embargo, tratarnos mal unos a otros no es un factor que los cristianos podamos obviar. Este te pega en plena frente.

Debido a que no todo está bien en realidad, es hora de volverse humilde, amando a los vecinos y al mundo que nos teme y nos rechaza. Esto no es acerca de ser querido o popular, ni de un evangelio suave que prefiere la armonía sobre la rendición. Esta es la verdad: si impedimos que otros busquen a Jesús, esto constituye una crisis en toda regla. En última instancia, el rechazo de los cristianos predica el rechazo de Jesús, y si esto no nos aflige, no hemos entendido nada. Jesús intentó grabar esto en nosotros. Es decir, estaba obsesionado con ello. De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Juan 13:35).

Yo en ellos y tú en mí. Permite que alcancen la perfección en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos tal como me has amado a mí”(Juan 17:23, énfasis añadido).

La mujer junto al pozo. El buen samaritano. Bartimeo el ciego. La viuda pobre. Zaqueo.

Existe una clara correlación entre cómo nos tratamos unos a otros y cómo se sentirá un mundo que observa con respecto a Jesús. ¿Qué deberían deducir nuestros vecinos de nuestra amorosa bondad los unos hacia los otros? Uno, que obviamente le pertenecemos a Jesús, porque ¿qué otra explicación existe para una comunidad tan hermosa? Debería ser tan convincente que los demás lo interpretaran como algo sobrenatural: esta gente debe pertenecerle a Dios. Y, según Jesús, la tarjeta de presentación de Dios es el amor. Si las personas no reconocen que Dios es bueno con solo observar a su pueblo, nos habremos desviado de forma trágica.

Dos, que Dios ama a su pueblo, porque ¿cómo podrías explicar semejante conducta? “Estas personas son gente amada, y si están emulando a su Salvador, debe ser un buen Salvador”. Las personas amadas perdonan y alientan, sirven y edifican porque son preciosas para alguien. Viven dentro de un paradigma ridículo de “los demás primero” que solo la gente segura y amada puede conseguir. Dios ama mucho a estas personas y esto las coinvierte en una especie loca. ¿De qué otro modo podríamos entender esta bondad? “¿Y podría significar que Dios también me ama a mí?”.

 

“Hermanos y hermanas”

Hay mucha instrucción en el Nuevo Testamento sobre amar a los hermanos y hermanas en la fe. Cada escritor sin excepción mencionó su gravedad. No se trata tan solo de nuestro testimonio, sino también de nuestra recompensa. ¡Qué tesoro recibimos juntos con la salvación! Los solitarios, los marginados, los enfermos y los tristes heredan una familia. Obtenemos madres, padres, hermanos y hermanas. Se nos da la bienvenida en torno a mesas y se nos invita a los corazones y a los hogares. No padecemos en nuestro lecho de enfermedad sin compañía; no hay tragedia que soportemos solos. Maestros, mentores, amigos fieles, se hacen nuestros. Esto es parte integrante de la salvación. Dios creó una familia completa con nosotros, y cosechamos los beneficios. ¡Qué ventajas tan descabelladas!

¿Por qué esta realidad no es para tantas personas?

Dado que hay una desconexión atroz para tantos viajeros cansados, ¿podemos debatir juntos el fallo? Aquí estamos hablando de la eternidad, así que la situación es bastante grave. Fe, Jesús, almas; todo esto es sustancial y queremos con desesperación hacerlo bien. Tenemos este antiguo texto transmitido en una cultura que no es como la nuestra, y queremos tomar las palabras y las historias y hacer las cosas bien por medio de ellas. Las queremos vivas y veraces en nuestra generación. Queremos que se diga de nosotros que fuimos fieles.

Sin duda estas son metas nobles. Pero desde mi punto de vista, detecto a un villano familiar: el temor.

Tendemos a formular lo misterioso, optando por un evangelio más manejable que el salvaje e impredecible que tenemos. Nos habría gustado uno con bordes más claros y mejores límites, porque ¿quién puede imaginar a un Salvador nacido en un establo que lavó los pies de sus seguidores antes de morir por la gente que lo odiaba? ¿Quién puede seguir a Jesús por los caminos que Él anduvo? La iglesia primitiva era un puro lío. Los “héroes” de la Biblia de Dios eran un desastre. La teología se malinterpretó de forma constante después de que el carpintero nazareno enturbiara un agua que con anterioridad había parecido clara.

No es de sorprender que la humanidad haya preferido el legalismo desde hace ya mucho tiempo, porque implica un territorio más claro. Dame una regla al día. Dame claras directrices para “entrar” y para “salir”, porque las fronteras hacen que me sienta segura. Si puedo marcar los límites, estaré tranquila en cuanto a mi estatus como “persona de adentro”, la posición que me siento obligada a defender, lo único de lo que puedo estar segura. Quiero comparecer delante de Dios habiendo hecho las cosas bien.

Este mecanismo acaba por crear un temor visceral: ¿estoy comprendiendo esto lo suficientemente bien? ¿Entiendo a Dios de una manera correcta? ¿Es mi teología precisa? ¿Estoy complaciendo a Dios? ¿Estoy desterrando la duda? ¿Puedo defender mis posiciones? ¿Son sensatos mis debates?

Por desgracia, la senda más fácil para satisfacer las respuestas implica confirmar la posición de los demás como gente de afuera. Es un truco barato, desde luego, pero eficaz. Si puedo criticar duramente tus interpretaciones y tradiciones, mi lugar estará mejor asegurado. No importa si estas cuestiones son por completo periféricas; solo reconforta que sean “correctas” y “erróneas”.

El temor nos convierte en hermanos y hermanas terribles.

No tenemos por qué quedar por encima los unos de los otros. Sin duda alguna debemos tratarnos, en cualquier caso, como familia. Nuestros hermanos y hermanas en Cristo no necesitan otra padre o madre; tienen a Dios. La forma condescendiente en que nos hablamos los unos a los otros (nos corregimos en público, nos sacamos faltas y nos criticamos, nos cuestionamos y nos desaprobamos, sin aplicar el beneficio de la duda) es sencillamente repugnante. Por esta razón muchos observadores pasan totalmente por alto a esta familia.

Como ocurre en cualquier familia, tenemos asuntos que resolver. No sugiero que abandonemos las conversaciones difíciles o que ignoremos a un hermano o una hermana que se va directamente hacia el arroyo. Debemos enseñarnos y guiarnos unos a otros, pero debería ser una obra fiel, amorosa, entre compañeros de la vida real que se han ganado el derecho de hablar sinceramente. Debería implicar debates privador cubiertos de dignidad y gracia, priorizando la comprensión en la misma medida que la instrucción. No debería incluir petulantes disparos de piedad que convierten a un hermano o una hermana en una víctima.

Espero que el mundo vea una comunidad con los brazos abiertos, que consuela, acoge y parece decidida a edificarse los unos a los otros. Espero que nos encuentren amables y generosos, comprometidos y leales. La iglesia me educó, me sostuvo con fuerza y sigue siendo mi familia constante; y no tengo la más ligera idea de dónde estaría sin ella. ¡Ojalá demostremos amor en lo grande y en lo pequeño, y que ese amor alcance a personas acostumbradas a ser avergonzadas o ignoradas! Las estrellas brillantes no deberían captar toda la atención; busquemos a aquellos cuya luz se ha atenuado, porque no somos una tribu de supernovas, sino de luz constante y colectiva.

Tratémonos bien unos a otros, dejando más lugar para todo tipo de granujas. No necesitamos confundir la unidad con la uniformidad; podemos tener lo primero sin lo segundo. La anchura de la familia de Dios es misericordiosamente amplia. Al parecer, la gracia no tiene discernimiento. Jesús creó un equipo variopinto, arrancándonos de todo contexto e inaugurando un clan poco sistemático que solo ha funcionado con misericordia. Deberíamos estar agarrando manos, echando la cabeza hacia atrás y riendo, porque Dios nos salvo a todos, porque con toda seguridad esta es la familia más desordenada que se haya conocido jamás y Él nos ama de todos modos. Nuestra redención compartida debería mantenernos agradecidos y amables, porque ¿qué otra respuesta tendría sentido si no?

¡Ojalá que el mundo vea una familia agradecida y comprometida que ama a su Dios, que adora a su Salvador y que no se cansan el uno del otro! Esta es una historia que salva, una historia que cura y la historia adecuada que contar.

Por Jen Hatmaker
Tomado del libro: Por el amor de…
Nelson

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