¿Por qué se van?

Por Daniel Pujol

Frente a la salida de la juventud de las iglesias podría haber muchas interpretaciones, pero principalmente sugeriría hacer mención de dos enfoques: uno es el que atribuye la responsabilidad a la iglesia local; el otro es el que la atribuye a los mismos jóvenes que se van. Quien responsabiliza a la iglesia de su marcha dice, entre otras cosas, que la congregación local no sabe conectar con los nuevos jóvenes porque no sabe hablar su mismo lenguaje y no es suficientemente madura para adaptarse a los nuevos tiempos y, por consecuencia, se produce un cisma. Por el contrario, la otra interpretación responsabiliza al joven de no querer saber nada de Dios y de buscar solamente emociones y diversión por lo cual, si decide marcharse es porque le interesa más aquello que le ofrece “el mundo” que aquello que ofrece Dios.

Ante estas dos interpretaciones, ¿cuál es el error más grande en el que podemos caer? Defender una de ellas a capa y espada. Un error porque seguramente las dos interpretaciones tenga parte de verdad, pero, además, el gran problema es que ambas retroalimentan su contrariedad y separan aún más la conexión entre el joven y el resto de la comunidad local.

Buscar la solución

“¿Por qué creen que los jóvenes se van de la iglesia?”. Hace un tiempo hicimos un trabajo de reflexión sobre este asunto en una iglesia. Se trata de una congregación en la que los jóvenes han ido saliendo a cuentagotas en los últimos años hasta quedarse prácticamente sin ninguno.

Hicimos unos grupos de trabajo y debate, y una de las preguntas fue esa. A lo que alguien respondió con cierto enojo: “¡Eso se lo deberían preguntar a ellos!”. Lo primero a considerar es que una iglesia que responde así a una pregunta de este tipo automáticamente cierra las puertas a la solución del problema. Porque la persona que respondió no dijo: “Eso se lo deberíamos (nosotros) preguntar a ellos”, sino que rehusó toda responsabilidad diciendo: “Eso se lo deberían (otros) preguntar a ellos”. Mi pregunta es: ¿quién se lo debería preguntar?

Si consiguiéramos escucharnos a nosotros mismos un poco más, descubriríamos muchos indicativos acerca de cómo hemos entendido las cuestiones de iglesia, familia y comunidad, y también de cómo vivimos la fe en medio del pueblo de Dios.

Los evangélicos conocemos muy bien la teoría. Por ejemplo, sabemos que uno no es salvo por el simple hecho de asistir regularmente a los cultos, en cambio, nuestras alarmas no se encienden a menos que uno deje de asistir regularmente a nuestras reuniones. Entonces sí, comenzamos a orar por tal persona, se la llama y se pone de manifiesto una preocupación por su vida alegando que se está “apartando” o está “dejando” las cosas de Dios.

¿Qué significa interesarse por alguien? No significa esperar que aquel que se marchó hace años un día se atreva a entrar otra vez por la puerta de la iglesia para que le preguntemos dos cosas. La primera: “¿Qué tal estás?”, y antes de que haya termino su respuesta, la segunda: “¿Qué tal tu relación con Dios?”.

Analicemos primeramente qué hace una persona cuando llega a la iglesia después de muchos años de haberse ido. ¿Se sienta delante de todo? No. Lo hace al final. Si puede, después de que haya comenzado la reunión. Es decir, quiere pasar desapercibida aunque su inquietud por Dios le haya dado la valentía suficiente para volver. Por cierto, a veces es mayor la valentía que demuestra una persona que decide volver a una iglesia que la misma iglesia en salir a la calle a evangelizar. Por lo tanto no estaría demás preguntarnos cuál de las dos partes demuestra un mayor esfuerzo.

Pero siguiendo con el ejemplo, si nosotros comenzamos a hacer preguntas a esta persona sobre su relación con Dios en medio de un centenar de ojos que lo único que hacen en seguir de cerca al bienvenido para encontrar su oportunidad y hacerle exactamente esa misma pregunta, estamos convirtiendo a la persona en aquello que precisamente no quería ser: el centro de atención de toda una congregación. La situación perfecta para terminar de ahuyentarla y no volver a verla jamás.

Es más, hay algo mucho más preocupante, porque si aquella persona decide no volver a entrar por esa puerta nunca más, no pecará por ello, en cambio, si la iglesia no sale de sus cuatro paredes para ir a buscarla, ¿acaso no desobedece flagrantemente el mandamiento de Dios de “vayan y hagan discípulos” y el de “anuncien las buenas nuevas a toda criatura”?

Entonces, ¿qué debe hacer la iglesia? ¡Ser valiente! ¡Debemos ser valientes! ¿Nos preocupa realmente alguien? Entonces vayamos por esa persona fuera del ámbito religioso, que vea que realmente somos capaces de levantar nuestros cuerpos del sillón para pasar un tiempo con ella y tomar un café en una de las miles de cafeterías que inundan la ciudad. La iglesia debe emprender acción valiente, pues ya lo dijo Jesús: las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella”(Mateo 16:18). ¿Vemos quién tiene que tomar la ofensiva?

 

Por Daniel Pujol
Tomado del libro: La fuga
Tyndale

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