Personas intachables

El Señor, en su gracia, nos ha hecho justos

Por Enrique Chaij

En cierto mercado de esclavos, estaba en venta un muchacho recién traído de África. Y entre todos los interesados en la compra, apareció un hombre de buenos sentimientos. Entonces se acercó al muchacho, y le preguntó: “Si yo te compro, ¿serás honrado en todos tus actos?”. El esclavo respondió: “Seré honrado, sea que usted me compre o no me compre”. Una firme determinación de ser íntegro bajo cualquier circunstancia.

¿No necesitamos en nuestros días más gente que posea igual calidad moral? Personas que sean confiables, incorruptibles, transparentes en todos sus actos…

Ya desde la antigüedad, el Altísimo prometió una particular bendición para los de recto proceder. Dijo él: Sólo el que procede con justiciay habla con rectitud,el que rechaza la ganancia de la extorsióny se sacude las manos para no aceptar soborno,el que no presta oído a las conjuras de asesinatoy cierra los ojos para no contemplar el mal.Ese tal morará en las alturas;tendrá como refugio una fortaleza de rocas,se le proveerá de pan,y no le faltará el agua”(Isaías 33:15-16). Con este lenguaje figurado, Dios expresa la recompensa que tiene reservada para sus hijos íntegros: prosperidad y salud.

Por eso, la misma Fuente declara: “Díganle al justo que le irá bien,pues gozará del fruto de sus acciones.¡Ay del malvado, pues le irá mal!¡Según la obra de sus manos se le pagará!”(Isaías 3:10-11).

Mientras que la injusticia solo acarrea desgracia, la persona limpia de alma disfruta de felicidad. Así lo dijo Jesús: “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia,porque serán saciados”(Mateo 5:6).

Un factor determinante para desarrollar una conducta justa, consiste en tener una mente sana, libre de sentimientos negativos. Un caso ilustrativo de esta necesidad lo encontramos en la colosal Muralla China. Con tres mil kilómetros de extensión, y construida con enorme esfuerzo durante dieciséis siglos, la gran muralla no sirvió para su propósito de contener a los ejercicios enemigos del exterior. ¿Por qué?

Porque los mayores enemigos siempre estuvieron adentro. Fueron los traidores que desde el interior abrieron las puertas de la muralla, para que por ellas penetraran los invasores. Y algo parecido puede ocurrir con nuestra vida.

A menudo nuestros mayores enemigos no están afuera; están adentro de nosotros mismos, en nuestra propia cabeza. Son los pensamientos negativos y los sentimientos impuros que minan y destruyen el alma. Esos son los enemigos de los que debemos cuidarnos. Si ellos dominan la mente, no hay virtud posible. Si ellos son dominados, florece el bien y la justicia.

 

Limpieza del alma

¿De qué modo obra el Señor, o qué hace a nuestro favor para que lleguemos a ser justos a su vista?

Aquí es donde descuella el maravilloso amor del Señor, según podemos ver en el relato de aquel republicano arrepentido, quien cierto día fue al templo en busca de limpieza espiritual. A su lado había un fariseo, aparentemente muy justo y correcto; pero su orgullo lo privó de la bendición divina. Tal vez pensó que no necesitaba bendición alguna, porque se creyó perfecto ante su engañosa arrogancia.

¿Y cómo le fue al republicano, reconocido por la gente como un hombre engañador? Él tuvo la actitud del arrepentido, y se mostró humilde delante de Dios. Le pidió: “ten compasión de mí, que soy pecador” (Lucas 18:13). Y al final de la narración, el Maestro dijo: “éste, y no aquél, volvió a su casa justificado ante Dios. Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”(v. 14).

¿Qué pasó en realidad con este hombre injusto? Simplemente, Dios lo perdonó, y quitó de su alma la carga del mal que tanto lo agobiaba.

¡Cuántos se parecen al pobre fariseo del relato! No ven sus propios errores e imperfecciones, y se creen justos y superiores a los demás. Víctimas de su propio engreimiento y autosuficiencia, se aplauden a sí mismos y se alejan del Señor. Y su vacío interior empeora, puesto que nada piden a Dios, y nada reciben de Él.

Felizmente, todos podemos parecernos al humilde publicano, en el sentido de reconocer nuestras faltas y recibir el perdón divino. Y ese perdón, ampliamente otorgado, nos despoja del mal, y nos vuelve limpios y justos. Tal es la admirable obra del divino Purificador. No importa cómo seamos, en qué maldad hayamos incurrido, Dios nos ofrece su generoso perdón y nos regala su justicia.

Lo que Dios nos pide para perdonarnos y hacernos justos, y por ende también para salvarnos, es simplemente que quebremos nuestro orgullo interior, y vayamos a Él para recibir su perdón. No se requiere sacrificio previo, ni merecimiento o mérito alguno de nuestra parte. Tampoco el Seño nos asigna alguna pena, como pago por el perdón de nuestros pecados. La única condición que Él requiere es un sincero arrepentimiento, y la consiguiente confesión del pecado, hecha directamente al Padre.

¿Parece un regalo demasiado grande para creerlo? Sí, es tan inmensamente grande e inmerecido que arranca de nuestro corazón la más profunda gratitud al Señor. ¡Todo lo hace Él! Nosotros podemos nuestras manchas, Él pone su limpieza; nosotros imploramos el perdón, y Él nos hace justos. ¡Qué Dios tan perdonador, y qué amor tan sublime! Esto es lo que el Señor hace con el mayor agrado en nuestro favor: emblanquecer nuestro corazón para darnos redención. “… por su gracia son justificados gratuitamente” (Romanos 3:24).

 

 Por Enrique Chaij
Tomado del libro: ¡No nos falta nada!
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