Los misterios del desierto

Nadie dijo que sería fácil

Por Jesse Miranda

El desierto de Sinaí, el desierto de Zif y el desierto de Judea son herencias del cristianismo, y hay que viajar al desierto de la vida con Moisés, David y Jesús. El propio Jesús fue llevado al desierto y regresó investido del poder del Espíritu (Lucas 4:14). El verdadero discípulo y líder es aquel que ha decidido seguir el estilo de vida que Jesús escogió para sí mismo. La disciplina y el discipulado no pueden separarse. Siempre permanecen juntos.

Todo gran líder cristiano ha pasado por el desierto y ha salido victorioso. En el desierto de la vida, el líder es transformado y las raíces de la espiritualidad se hacen más profundas. La más grande ilusión del líder es creer que alguien que nunca ha pasado por un desierto nos sacará del desierto. Son muchos los líderes que anhelan cambiar la sociedad, sin cambiar ellos mismos o negarse a hacerlo.

Aquí se habla de la disciplina no como un castigo o un látigo. Más bien este desierto es una escuela que forma donde se distingue entre los ídolos de la vida y el Dios viviente, entre la religión y la espiritualidad, y entre el profesionalismo y el ministerio. Nuestro Señor fue llevado al desierto y, luego, del desierto a la cruz.

En Mateo 16 Jesús anunció su sacrifico en la cruz como su ofrenda a Dios, el Padre. Enseguida dijo: Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme”. El apóstol Pablo nos dice: “La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!”(Filipenses 2:5-8). Pablo mismo confiesa: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí”(Gálatas 2:20); luego nos exhorta diciendo: “les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios”(Romanos 12:1). Por eso acertadamente el teólogo Bonhoeffer nos recuerda en su libro El precio de la gracia que “cuando Cristo nos llama, nos llama a morir”.

La formación del carácter de David

El desierto fue el lugar de la formación de la vida y el carácter de David. La suya es una historia muy completa y detallada. Se trata de una humanidad ordinaria. En la vida de David encontramos todas las condiciones de nuestra humanidad y a la vez el potencial de lo divino. Abrazó toda la gama de su humanidad t de su espiritualidad. Por cierto que no fue una vida ideal por sus muchas fallas, pero logró la personalidad y el carácter de un “varón conforme al corazón de Dios”. ¿Cómo? Con disciplina. ¿Dónde? En el desierto. Fue en el desierto que tomó lustre la dimensión espiritual de la vida.

David no escogió ir al desierto. Huyó al desierto para salvar su vida a los 20 años de edad aproximadamente. No fue de vacaciones al desierto, sino como fugitivo. Diez años de su vida David anduvo huyendo por el desierto. A los 30 años de edad comenzó a reinar David en Hebrón.

El período en el desierto fue la etapa de formación social, moral y espiritual. Juyó al desierto Zif (1 Samuel 23:14), al desierto Maón (23:25), al desierto de En-gadi (24:1) y al desierto de Parán (25:1). En la Biblia hay quince relatos de David en el desierto. Dios lo llevó ahí para formar su carácter. Y tal como Jehová le dijo a sus padres (Deuteronomio 8:2), se lo dijo después a David: “Recuerda que durante cuarenta años el Señor tu Dios te llevó por todo el camino del desierto, y te humilló y te puso a prueba para conocer lo que había en tu corazón y ver si cumplirías o no sus mandamientos”.

 Espíritu de humildad

La historia era muy antigua. Desde que el pueblo de Israel se preparaba para cruzar el río Jordán, se le dijo: “… el Señor tu Dios te ha traído por el desierto… para humillarte, probándote”. La historia se repetía generación tras generación. David había oído esta historia desde niño, pero ahora la vivía.

La historia es una de las más básicas en la vida. Tan básica es esta lección que está cerca de la tierra misma. En el desierto es donde se hacen los hombres y las mujeres de Dios. Pues humilde se deriva de humus, nombre latino que significa tierra. La palabra hombre tiene aquí también su origen. Así que el ser una verdadera mujer o un verdadero hombre, es ser una persona humilde. Y el proceso que Dios usa es la humillación en el desierto.

En el polvo del desierto David recobró la humildad que tenían cuando Samuel el profeta lo ungió. David allí se convirtió en “el varón conforme al corazón de Dios”, pero antes tuvo que descartar la soberbia y la altanería espiritual, características que David mismo no reconocía que había en su vida. El método que Dios utilizó en la vida de David es el mismo que usa en nuestra vida en el día de hoy. Dios usa las circunstancias y las personas para refinar el carácter. Hoy tenemos más ayuda que la que había en el tiempo de David. Dios usa su Palabra para moldearnos. Sin embargo, no ha dejado de usar también a las personas para desarrollar espíritu de humildad, y no siempre en la manera ni a través de las personas que quisiéramos. La humillación de David se efectuó por la condición de las personas que lo rodeaban. El desierto es el lugar donde uno está en compañía de personas que menos espera o incluso anhela.

 

 Por Jesse Miranda
Tomado del libro: Liderazgo y amistad
Influence

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