La obra de Cristo por ti

Gracias al Señor por su redención y justificación

Por Paul Washer

La justificación es una bendición maravillosa y multifacética recibida por fe en la persona y obra de Cristo Jesús. Con relación al cristiano que ha sido justificado, debemos decir lo siguiente: primero, todos sus pecados pasados, presentes y futuros han sido perdonados y nunca serán presentados delante del tribunal de Dios. El apóstol Pablo cita a David diciendo: ¡Dichosos aquellos a quienes se les perdonan las transgresiones y se les cubren los pecados! ¡Dichoso aquel cuyo pecado el Señor no tomará en cuenta!”(Romanos 4:7-8).

Para aquellos que piensan que Dios no es muy diferente de ellos, esta verdad puede traerles una apreciación pálida y condescendiente. Para quienes piensan que son “la gran cosa” y no entienden o creen la arcaica y temible doctrina de la depravación total, esta verdad es placentera, pero no les sorprende. Pero para el hombre que ha visto la depravación de su corazón y la vergüenza de sus actos delante de un Dios santo, esta verdad es maravillosa. Es asombrosa, impactante, imponente, espectacular, fenomenal, extraordinaria, sorprendente, que deja con la boca abierta, casi increíble, totalmente estupenda. ¡Debe anunciarse con repique de campanas, lágrimas de gozo, gritos de gloria!

En segundo lugar, la justifica de Cristo imputada al creyente significa que el creyente es declarado justo delante de Dios. La palabra “imputar” es un término de extrema importancia teológica, traducido del griego logízoma, que significa contar o atribuir. Con relación al creyente, significa que la justicia de Cristo le ha sido contada o acreditada a su cuenta. De este modo, el creyente es justo delante de Dios, no por su propia virtud o mérito, sino a través de la vida perfecta y muerte expiatoria del Señor Jesucristo. Pablo dice: Pero gracias a él ustedes están unidos a Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho nuestra sabiduría, es decir, nuestra justificación, santificación y redención”(1 Corintios 1:30).

Lo increíble acerca de la justificación es que esta vida perfecta que Jesús vivió es imputada al creyente; es colocado a su cuenta. Además esto es según la voluntad del Padre y del Hijo. Cristo da su justifica libremente, superabundantemente, y con gozo ilimitado.

En tercer lugar, haciendo sido declarado justo delante del trono de Dios, el creyente es ahora tratado como justo. Las Escrituras declaran que Jesucristo fue hecho pecado en lugar nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en Él. Dios hizo que la iniquidad de todos nosotros cayera sobre Cristo en la cruz, y Dios lo trató severamente, como si Él hubiera sido culpable de los pecados que cargó sobre sí. Él fue abandonado por Dios, herido y afligido, molido por nuestras iniquidades y humillado para nuestro bien. Él llevó la maldición divina y sufrió la ira de Dios que provocamos con nuestro pecado, y finalmente, por sus sufrimientos, la deuda que no podíamos pagar fue saldada en su totalidad. Consecuentemente, el creyente es ahora declarado justo y recibe el beneficio infinito e inmensurable de la justicia: ¡Dios ahora nos trata como a hijos! Esta es una maravillosa verdad que transformará la manera como el creyente se ve a sí mismo.

Su redención

Hay algunas palabras que deben ser dichas suavemente, con reverencia y con labios temblorosos. La palabra redención es una de esas. Se traduce de la palabra griega apolútrosis, que se refiere a una liberación que ha sido hecha posible por medio del pago de un precio o rescate. Esta palabra es frecuentemente utilizada en la literatura antigua en relación con la liberación de esclavos o prisioneros de guerra. En el Nuevo Testamento, redención se refiere a la liberación de los hombres de la condenación y esclavitud del pecado a través del sacrificio de sangre de Cristo Jesús.

Algunos preguntan: “¿A quién fue pagado el rescate?”, “¿De qué hemos sido liberados?”. El Nuevo Testamento es claro: nuestro pecado ofendió la justicia de Dios y encendió su ira. Nosotros estábamos “encerrados” para juicio y condenación sin ningún recurso que nos permitiera obtener nuestra libertad. La justicia de Dios demandó satisfacción a través de la muerte del culpable, porque “la paga del pecado es muerte: y “el alma que pecare morirá”. Pero Dios es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó intervino y pagó por nosotros enviándonos a su único Hijo a morir nuestra muerte y pagar nuestra deuda.

Esta habría sido una noble obra si hubiéramos sido leales súbditos del Reino de Dios, hechos cautivos sin tener culpa de ello, pero este no es el caso. Él nos redimió aunque no éramos víctimas, sino criminales. Nosotros llevábamos la culpa. Nosotros corrimos apresuradamente en rebelión contra nuestro Dios. Nuestra condenación y encarcelamiento bajo su justicia e ira la causamos nosotros mismos. Nuestro pecado formó los grilletes y provocó el hacha del verdugo.

Esta triste realidad de nuestra culpa es lo que hace la verdad de nuestra redención mucho más espectacular. Si Él hubiera muerto por siervos honorables, hubiera sido un incomprensible acto de gracia, pero Él murió por mucho menos. Como escribe el apóstol Pablo: Difícilmente habrá quien muera por un justo, aunque tal vez haya quien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”(Romanos 5:7-8).

La justificación del creyente es un don que viene a través de la redención, hecha posible a través de la persona y obra de Cristo Jesús. Aunque gratuitamente dada al creyente, no podemos comprender el costo exigido y el precio pagado por Jesús. De hecho, los santos en el cielo podrían encontrar que su principal empleo sea investigar el valor de tal sacrificio. No hay conocimiento más maravilloso o digno de buscar que el conocimiento de la obra redentora de Cristo por su pueblo. El apóstol Pedro escribe: “Como bien saben, ustedes fueron rescatados de la vida absurda que heredaron de sus antepasados. El precio de su rescate no se pagó con cosas perecederas, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo”(1 Pedro 1:18-19).

Aun el más escaso conocimiento del precio pagado por nuestra redención debe mover a ambos, al pecador y al santo, a responder en fe, devoción y adoración. Aquellos que actualmente no creen deben arrepentirse de su incredulidad y correr hacia Cristo, porque cómo escaparán si descuidan una salvación tan grande. Aquellos de nosotros que creemos no deberíamos vivir para nosotros mismos, sino para Aquel quien murió en nuestro lugar. Como razona Pablo: “El amor de Cristo nos obliga, porque estamos convencidos de que uno murió por todos, y por consiguiente todos murieron. Y él murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos y fue resucitado”(2 Corintios 5:14-15).

Cualquier consideración real del pago que hizo Cristo por la redención del creyente debe moverlo a inclinarse en agradecimiento y clamar: “¿Cómo, entonces, debo vivir?”. Como cristianos, no debemos hacer cosas solo porque sean buenas o sensatas o porque conduzcan a una vida próspera. Debemos hacerlas por Cristo, porque Él derramó su sangre por nosotros. Esta debe ser la gran motivación de la vida cristiana y la razón por la que busquemos conducirnos con reverencia durante nuestro peregrinaje terrenal.

Solo en Jesús

Hubiera sido difícil para Pablo hacer alguna mención de la justificación o redención sin incluir que todo esto es solo en Cristo. En los primeros trece versículos de Efesios, él usa la frase “en Cristo” o su equivalente once veces, con el fin de demostrar que todo lo que creyente tiene delante de Dios, lo tiene en Cristo. No hay manera de enfatizar lo suficiente esta verdad o de mencionarla con demasiada frecuencia.

Decimos a menudo que Jesús es todo lo que necesitamos, pero sería más apropiado decir que Él es todo lo que tenemos. Fuera de Él, no tenemos parte con Dios. La Escritura testifica que todas las cosas fueron creadas en Él, por Él y para Él, y lo mismo puede ser dicho de nuestra salvación. Que hayamos sido liberados de la cautividad y que tengamos una correcta relación con Dios es posible solo en Cristo, por Él y para Él. Todo hombre en este planeta está en Adán y condenado, o en Cristo y justificado. Un niño puede estar en un hogar piadoso, y un hombre puede estar en una iglesia, pero a menos que ellos estén en Cristo, no tienen esperanza y están sin Dios en el mundo. Solo Cristo es el camino, la verdad y la vida, y nadie va al Padre si no es por Él. No hay salvación en nadie más, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en el cual podamos ser salvos.

Es esta sola verdad la que hace a Cristo precioso para el creyente, mientras que es “piedra de tropiezo y piedra que escandaliza” al mundo. Para nosotros que creemos, Cristo es nuestro más grande valor y es digno de nuestra más alta devoción. Debemos con prontitud renunciar a cualquier reclamo de mérito personal y señalar a Cristo con la gozosa afirmación: jamás se me ocurra jactarme de otra cosa sino de la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo”(Gálatas 6:14). Nos unimos al salmista al declarar: “La gloria, Señor, no es para nosotros; no es para nosotros sino para tu nombre, por causa de tu amor y tu verdad”(Salmo 115:1).

Para quienes rehúsan creer, Jesucristo es el epítome a la arrogancia e intolerancia. ¿Cómo se atreve Él a pararse delante del mundo y afirmar que Él es el único Salvador entre nosotros, especialmente en medio de otros candidatos sinceros compitiendo por tal posición? ¿Cómo se atreve la iglesia a estar en oposición al único absoluto que queda en la cultura, la creencia de que nadie está equivocado, excepto quien dice estar en lo correcto? ¿Cómo se atreve el cristiano a creer que su camino es el único en exclusión de todos los demás? Para un mundo posmoderno, tal afirmación no es más que una atroz demostración de idiotez e intolerancia.

Por esta razón, el cristianismo siempre ha sido un escándalo para el mundo. Los cristianos primitivos, durante el Imperio Romano, fueron acusados y perseguidos como si fueran ateos, porque ellos negaban la existencia de todos los otros dioses y afirmaban su lealtad solo a Cristo. El cristianos moderno sigue en la misma tradición escandalosa, cuando él se levanto solo en Cristo y lo declara como la única esperanza para el mundo. Sin embargo, si el mensaje cristiano pierde su exclusividad, deja de ser cristiano, y deja de ser poder para salvación.

 

Por Paul Washer
Tomado del libro: El poder y el mensaje del Evangelio
Poiema

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