El reflejo de tu espejo

¿Qué es lo que te define como mujer?

Por Mayra Djimondian

Cuando era chica, el único parque de diversiones que existía en ese momento en la ciudad, tenía un salón especial, en el cual podías observarte frente a infinidad de  espejos de variados tamaños. La particularidad de estos espejos era justamente que tenían alguna distorsión. En uno te reflejabas cabeza abajo. En otro te veías altísima y delgada. Otro te devolvía una imagen deforme y era difícil distinguir tus propios rasgos.

¿Estuviste alguna vez en un lugar así? Qué sensación extraña. Te ves, pero no sos vos… o sos vos, pero no te ves como sos… esa no es la imagen real, esa no es la imagen justa.

Aún los espejos que parecen reflejar una imagen exacta y real, tienen distorsiones. Porque los espejos no reflejan la imagen, sino que en realidad son bloqueadores de luz. La luz que incide sobre nosotras es reflejada por nuestro cuerpo. Cuando nos miramos al espejo, los rayos de luz rebotan directamente en el espejo. Esa luz vuelve a nuestros ojos y el cerebro interpreta la imagen que le llega.

Es decir, no vemos cosas en el espejo, sino que vemos la luz que rebota y forma una imagen. Por lo tanto, si no hay luz no podemos reflejarnos. ¡Qué interesante comparación!

¡Cuánta luz necesitamos en nuestra vida para reflejar e irradiar de adentro hacia fuera nuestra verdadera imagen!

Y por otra parte, cuántas veces las mujeres nos metemos mentalmente en ese salón de los espejos distorsionados, hasta convertirnos en especialistas en el uso de algunos de ellos.

Aunque nos devuelven una imagen falsa e inexacta, hay un tremendo empeño por seguir usándolos, porque son espejos que están al alcance, porque los tenemos guardados desde chiquitas, o porque son los únicos que conocemos, entonces nos cuesta desprendernos.

 

El espejo de la autolimitación

El espejo de la autolimitación o autoboicot te lleva a desestimar tus logros, ideas, sueños, proyectos. Cuando te miras en él te dices cosas como: “¿Para qué vas a intentarlo? Mejor déjalo para otro momento (¡Momento que nunca llega!). No vas a poder… no estás preparada… no tenes con qué…”.

Hay mujeres que lo usan constantemente, es el preferido de muchas, que se desaniman y antes de intentar ya declaran: “No valgo, no sirvo, no puedo, no soy capaz…”.

Cuando decidimos mirarnos en este espejo, la primera palabra que se refleja es “no”. Buscamos todas las excusas, enumeramos todas las imposibilidades que se nos ocurren. Esto lleva a mantener una actitud pasiva frente a la vida, frente a las oportunidades, y a las puertas que Dios nos abre en diferentes ámbitos.

Este espejo te devuelve una imagen de complejo, te invita a esconderte y hasta enterrar tus talentos y habilidades, te hace desconfiar de tu potencial, pone freno a tu creatividad, estanca tu crecimiento personal y deteriora tu estabilidad emocional.

 

El espejo de la insatisfacción

Hay mujeres que nunca están satisfechas: “No soy lo suficientemente buena en esto”, “Si tuviera la nariz así…”, “Si obtuviera tal cosa sería feliz…”, “Cuando baje los cinco kilos que me sobran voy a estar bien”, “Cuando consiga novio voy a estar mejor… cuando me case todo será diferente… cuando tenga hijos… cuando logre esta meta…”.

La primera consecuencia del uso cotidiano de este espejo es que no te permite disfrutar y gozar de las cosas importantes de la vida, de lo que tenes hoy, de lo que ya lograste, porque siempre falta algo.

Es un espejo distorsionado y oscuro que nubla la visión de las bendiciones cotidianas y si lo usamos seguido nos perdemos los detalles y las alegrías que nacen a partir de un corazón agradecido.

Por supuesto es importante y muy necesario superarse, mirar hacia delante, pero esta es una actitud que no tiene nada que ver con la insatisfacción.

Cuando estás insatisfecha, aunque llegas a donde queres, aunque alcanzaste lo que te propusiste, aunque lograste el objetivo, no tenes paz, no disfrutas en lo más íntimo de tu ser; sentir que “algo falta”, hay una sensación de vacío, y ese vacío solo Dios podrá llenarlo.

 

El espejo de la dependencia

Todos necesitamos del otro. Dar y recibir. Pero cuando no te sentís capaz de tomar decisiones si no tener permanentemente el “ok” de una o varias personas, es otro tema.

Cuando no te podes ver a vos misma como alguien completa y apta para lograr tus metas. Cuando hay una dependencia afectiva extrema. Cuando parece que todo lo de los demás vale, menos lo tuyo. Cuando dependes de los demás y estás constantemente pendiente y decía o pensas cosas como: “¿Y vos qué pensas?”, “¿Qué te parece?” “¿Vos qué harías?”.

La dependencia, el apego desmedido es un espejo distorsionado. Esto pasa con quienes se ven de acuerdo a lo que los demás dicen, usan a otros como espejos y dependen de la aprobación de los demás para casi todo. Necesitan que los demás las validen porque ellas no se dan valor, no se creen capaces de decidir o de asumir los riesgos de las propias decisiones.

Por supuesto que es importante la mirada del otro, pero no podemos depender constantemente de esa mirada, no tiene que ser lo que determine nuestras acciones, o nos limite en cuanto a nuestras decisiones.

 

El espejo de la vergüenza

Cuántas mujeres viven con vergüenza, y la vergüenza está ligada al temor.

Tal vez se acostumbraron a recibir mensajes descalificadores que lastimaron su estima y se creyeron que verdaderamente no son merecedoras de amor, de aprecio… Las que tienen vergüenza de su cuerpo porque no coincide con el estándar que fija la sociedad hoy, y comienzan a enfocarse en lo negativo y así su valor personal comienza a pasar por la apariencia y como no llegan al estándar, se sienten menos.

Les da vergüenza entrar a un lugar nuevo, saludar a alguien que ven pro primera vez, les da vergüenza compartir su opinión, temen quedar en ridículo. Esto lleva a no expresar los sentimientos y pensamientos por temor al rechazo, lleva a ponerse una coraza por temor a no ser correspondidas.

Usar todos los días el espejo distorsionado de la vergüenza es la manera perfecta de enterrar tus sueños, dejar sin sembrar la semilla de tu potencial, de ocultar o de minimizar tus habilidades, de dejar talentos sin descubrir, planes sin concretar y oportunidades sin aprovechar.

 

El espejo del perfeccionismo

Son las mujeres que tienen que ser diez en todo: madres, diez, esposas diez, trabajo diez, cocineras diez, sus hijos tienen que ser diez, no aceptan una equivocación y no se bancan los errores.

No existe la mujer perfecta, siempre hay cosas que nos van a salir mal y no por eso somos menos valiosas y no por eso somos menos inteligentes, y no por eso nos van a rechazar.

El espejo del perfeccionismo, de la autoexigencia desmedida, tiene la capacidad de potenciar su reflejo en quienes nos rodean.

Como todo tiene que ser diez, no nos permitimos equivocarnos y no permitimos que los demás se equivoquen.

Aparece en escena la hiperexigencia, el estrés, la ansiedad. La persona perfeccionista concibe los errores (algo que es parte de la vida) como fracasos. Esto trae frustración y negatividad.

Y así como una mujer perfeccionista se enoja consigo misma, o es autocrítica en extremo cuando algo no sale como esperaba, o tiende a ver lo negativo, lo que salió mal, dejando de lado lo que sí logró o realizó bien, lo mismo hace con quienes la rodean. Y ellos tienen la sensación de que nunca es suficiente. No alcanzan la medida. No llegan al estándar de sus exigencias y pretensiones.

 

El espejo de la suposición

¿Conoces a Rapunzel? Un cabello largo, tan largo que parece interminable capaz de enredarse con todo lo que arrastra a su paso… A veces las mujeres lo que hacemos es quedarnos enredadas con situaciones, algo que nos pasó con nuestro marido, una pelea, el comentario de una amiga, un chisme, etc., y nos enredamos, empezamos a darle vueltas al asunto, se interconectan las neuronas, suponemos, viene un pensamiento y otro y otro y nos enredamos.

Y cuando nos enredamos, nos estancamos, nos vamos atando solas. Un nudo por acá, otro por allá y pronto un simple comentario al pasar, puede transformarse en una maraña de suposiciones que no tiene respuesta.

Hay ataduras emocionales y ataduras espirituales que una misma se genera. Cosas sin sanar que van quedándonos, cosas sin hablar que vamos guardando y, lo peor de todo, es que muchas veces son “supuestos”.

La suposición genera un sin fin de enredos, comenzamos en un lugar, y se van entrelazando desprolijamente situaciones, palabras, circunstancias, las relaciones se vuelven tirantes, tensas.

Es como cuando para desatar un ovillo intentas hacerlo tirando del extremo que tenes a mano pero, como en el centro hay un nudo, a medida que vas tirando cada vez se enreda más.

 

Para mirarte mejor

Comenzar a entender y creer que sos valiosa, única y diferente a los demás, que tenes tu propia impronta y algo bueno que aportar es el primer paso para superar la vergüenza. El segundo es pensar de antemano qué harás cuando estés frente a una situación que te cause vergüenza.

Muchas veces el perfeccionismo nos lleva a pensar que las cosas se resuelven de una sola manera. Pensamos que deben ser así o nada. El perfeccionismo te lleva a no disfrutar de tus logros porque el pensamiento recurrente es: “Lo podría haber hecho mejor”.

Por Mayra Djimondian
Tomado del libro: Espejito espejito
Ediciones DC

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