Una terapia práctica

Algunos consejos útiles para una vida más feliz

Por Eduardo Barrientos

Con el propósito de contribuir al alcance de la vida feliz que todos necesitamos, consideremos algunos lineamientos desde un punto de vista pragmático. Ante todo, tengamos en cuenta tres necesidades básicas de todos los seres humanos: 1). Intimidad con Dios, 2) intimidad con nuestros semejantes, y 3) autoestima. Todos están resumidas en “el gran mandamiento proclamado por Jesucristo” (Marcos 12:30-31), el cual señala que la ley y los profetas están contenidos en este resumen: amor a Dios, amor al prójimo y amor a uno mismo.

Este concepto sugiere siete directrices que nos ayudarán a entender los pasos que debemos seguir. Quizá algunos parezcan inalcanzables y nos lleven a decir: “No puedo”. Esta expresión más bien quiere decir: “No quiero”, pero admitamos que el logro de nuestro propósito exige esfuerzo, además de una metodología. Quien desea hacer algo encontrará un medio; quien no desee hacer algo encontrará una excusa. El primer requisito es establecer una relación personal con Jesucristo, entregando nuestra vida a su señorío. Las directrices que se exponen a continuación nos ayudarán a disfrutar de una vida feliz, porque emanan del gran mandamiento bíblico.

Glorificar a Jesús con nuestra vida

Oremos cada mañana, en primer lugar para agradecer a Dios por la oportunidad que nos brinda ese día, y para que Él nos guíe por medio de su Espíritu Santo, a fin de que podamos andar en sus caminos. Oremos también para que todos nuestros actos bendigan al prójimo, especialmente a nuestros familiares. Además, debemos orar para que el Señor fortalezca nuestro dominio propio, y así venzamos todas las tentaciones; para que nos perdone cuando cometamos errores. Si procedemos así, esta será la mejor manera de glorificar a Jesucristo. La oración debe ser la llave de la mañana y el candado de la noche en el caminar con Dios.

La oración es el medio de comunicación que tenemos con Dios para manifestarle el reconocimiento de su majestad, su gloria, su santidad, su poder, su amor, su misericordia y su fidelidad. La oración ferviente nos permite intimar de manera personal con el Señor; es la sublimación de nuestra expresión amorosa a nuestro Padre celestial; nos permite expresar el deseo —o la necesidad— de acercarnos a Él con acción de gracias por todo lo que significa para nosotros. La oración llena el vacío del hombre con la plenitud de Dios, y por consiguiente debe producir un diálogo: hablar con Él y escuchar su voz.

Para que la oración surta efecto se requiere fe. Estando el apóstol Pedro junto a los demás discípulos en la barca sobre el mar de Galilea, vieron a Jesús caminando sobre el mar. Pedro dijo: “Señor, si eres tú —respondió Pedro—, mándame que vaya a ti sobre el agua.  —Ven —dijo Jesús. Pedro bajó de la barca y caminó sobre el agua en dirección a Jesús” (Mateo 14:28-29). El apóstol logró caminar sobre las aguas porque puso toda su confianza en Jesús. Por desgracia, instantes después se atemorizó con las grandes olas, dudó, empezó a hundirse, y clamó: “¡Sálvame!”.

Otro relatos sobre este apóstol nos muestran que él solía tener impulsos repentinos de arrojo, que con frecuencia lo dejaban humillado por no medir las consecuencias de sus palabras o sus acciones. Por lo general no calculaba los riesgos ni reflexionaba por completo en las situaciones; por tanto, a menudo cometía errores y sufría. Todo esto es cierto y sensato debido a que Pedro era humano. Sin embargo, en esa ocasión debemos percibir su actuación desde el punto de vista positivo: lleno de fe caminó sobre el mar. Pero no fracasaba, porque entre sus muchas virtudes tenía el valor de arrepentirse, lo cual lo afianzaba más en Cristo en el momento de su caída.

Tiempo con La Palabra

Destinemos un tiempo devocional cada día para leer La Palabra de Dios y meditar en ella, a fin de aplicarla en todo nuestro proceder. Él desea que entendamos lo que dice. El Espíritu de Dios nos dará el discernimiento adecuado, y será luz en nuestro camino. Podemos seguir el método inductivo: 1) Observación: ¿de qué trata básicamente la porción bíblica que he leído? 2) Interpretación: ¿qué quiere decir, y qué enseña de Dios, de Cristo, del Espíritu Santo, del hombre y del mundo? 3) Aplicación: ¿cómo se relaciona este pasaje con mi vida diaria? ¿Qué quiere Dios de mí al respecto?

El apóstol Pablo declara que no debemos conformarnos a este mundo, sino transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento, para así comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena agradable y perfecta. En La Biblia encontramos la forma de lograr esta transformación. Es un proceso gradual que comienza en el momento de recibir a Cristo en nuestro corazón como Señor y Salvador. El cambio de nuestra vida ocurrirá bajo una hermosa metáfora: La senda de los justos se asemeja a los primeros albores de la aurora: su esplendor va en aumento hasta que el día alcanza su plenitud” (Proverbios 4:18). Así mismo, la majestad de Dios se irradiará de manera sublime en nuestra vida. Él ha proclamado: “así es también la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mis propósitos” (Isaías 55:11).

Sin odios ni rencores

Desechemos todos los odios y rencores que se filtren a nuestro corazón. No debe ponerse el Sol sobre nuestro enojo, como lo recomienda Pablo en Efesios 4:26. La ira y el rencor perturban nuestra paz. Si alguien nos ocasiona algún mal, perdonémosle, pues si no lo hacemos permaneceremos atados a esa persona. En lugar de abarrotar nuestro corazón de resentimiento, odios y amarguras, nuestra obligación es perdonar así como Dios nos ha perdonado. Debemos dejar correr todo lo malo, no retener nada.

También debemos cuidar nuestra lengua para no ofender. Jesús dijo: El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón saca el bien, pero el que es malo, de su maldad saca el mal. Pero yo les digo que en el día del juicio todos tendrán que dar cuenta de toda palabra ociosa que hayan pronunciado” (Mateo 12:35-36).

Además, La Biblia nos advierte: “Dejen de hablar con tanto orgullo y altivez; ¡no profieran palabras soberbias! El Señor es un Dios que todo lo sabe, y él es quien juzga las acciones” (1 Samuel 2:3).

Tiempo familiar

Tengamos más convivencia familiar, en especial con el cónyuge y los hijos, dándoles el mayor tiempo posible. Un dicho expresa: “Lo importante no es la cantidad de tiempo que pases con tus hijos, sino la calidad”. ¡Esto no es suficiente! La cantidad de tiempo es tan importante como la calidad. Es necesario dar tiempo a nuestras esposas en un nivel íntimo y profundo. Es recomendable pasear a veces los dos solos, cuando los abuelos o algún pariente de confianza se pueden encargar de los hijos. Conservemos la comunión y el amor con padres y hermanos. Si se presentan fricciones, lo aconsejable es no darles mucha importancia sino proceder a vendar heridas lo mejor que se pueda, y dejar el resto a Dios. Nunca pretendamos tomar venganza por lo que nos hagan. La intimidad con la familia es vital para la autoestima, y sobre todo para nuestra salud mental.Lo mejor es sanar de inmediato cualquier conflicto familiar que se genere.

Tiempo de ocio

Destinemos algún tiempo cada semana para tener compañerismo y distracción, por lo menos con uno o dos amigos. Para los casados es conveniente reunirse con otras parejas. Es necesario seleccionar muy bien las amistades. Sócrates, el gran filósofo griego dijo: “Anda despacio cuando escojas a tus amigos; pero cuando los tengas, mantente firme y constante”. Otra frase célebre anónima dice: “El perro tiene más amigos que la gente, porque mueve más la cola que la lengua”. Aquí hay dos grandes verdades. Ningún hombre es una isla, y ningún hombre puede ser un anacoreta feliz. La soledad es dolorosa.

Debemos tener amigos íntimos asumiendo la responsabilidad de edificar y mantener una buena amistad sana. Salomón dijo: “Hay amigos que llevan a la ruina, y hay amigos más fieles que un hermano” (Proverbios 18:24).

Compromiso local

Comprometámonos con un ministerio de la iglesia. Esta actividad promoverá la edificación espiritual, con la satisfacción de estar sirviendo a Dios, porque el que ayuda a su hermano, a Dios ayuda (Mateo 25:35-40). No es necesario que la acción ocurra dentro de las instalaciones de la iglesia. Se podría tratar de acompañar a grupos dedicados a evangelizar o visitar enfermos, incapacitados, ancianos o presos. Existen muchas labores en las cuales participar.

Al ver las multitudes desamparadas, Jesús dijo a sus discípulos: “La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros. Pídanle, por tanto, al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo” (Mateo 9:37-38). Estas obras producen una gran satisfacción, además de cumplir los deseos de Dios. Jesucristo dijo a sus discípulos: “Lo que ustedes recibieron gratis, denlo gratuitamente” (Mateo 10:8).

Algo para alguien

Hagamos algo de utilidad para alguien. Por ejemplo, ayudar en alguna tarea; visitar personas solas; pasar momentos de oración con alguien que lo necesite; socorrer a un desamparado; en fin, hacer algo en beneficio de alguien. Con estas pequeñas labores hechas a personas necesitadas se ganará el amor de ellas y de todos aquellos que nos ven realizarlas. Además, estas pequeñas cosas serán grandes en el Reino de los cielos, y Dios las recompensará también en la tierra.

Los lineamientos que se acaban de mencionar son enunciativos, mas no limitativos. Se han extraído de tratados de psicología y psiquiatría escritos por facultativos cristianos. Son muy recomendables para alcanzar el propósito deseado, están basados en la psiquiatría de Dios, el Médico de los médicos. Quien nos creó puede tratar más apropiadamente cualquier falla que tengamos, para llevarnos a una salud mental excelente. Debemos hacer todo lo que nos produzca satisfacción, paz y gozo personal, dentro del marco de lo verdadero, lo honesto, lo puro y lo amable. En pocas palabras, de todo lo que comprenda virtud alguna.

Tal vez las normas sugeridas parezcan inalcanzables, ya que algunas son difíciles de realizar porque requieren mucho tiempo. En realidad no solo exigen tiempo sino perseverancia y entusiasmo. Toda lucha produce derrota o triunfo. Hay quienes empiezan la lucha, pero al poco tiempo se desaniman. El desaliento es una de las armas predilectas de Satanás, para que abandonemos los buenos propósitos que deseamos cumplir. A este mal se le ha llamado la “cuña del desánimo”. Una vez que penetra en la mente del hombre, por cualquier hendidura que se le abra, empieza a hacer estragos. Satanás trata de atacar a todos los cristianos —aun a los más esforzados— poniendo desaliento en sus almas para desanimarlos.

La Palabra del Señor nos dice: “Sean fuertes y valientes. No teman ni se asusten ante esas naciones, pues el Señor su Dios siempre los acompañará; nunca los dejará ni los abandonará(Deuteronomio 31:6).

Por Eduardo Barrientos
Tomado del libro: Escoge pues, la vida
Vida

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