No existe liderazgo sin servicio

Existe una dignidad que no es opcional en el liderazgo

Por Craford&Loritts Jr.

Si se pone a pensarlo, la palabra misma “siervo” puede hacerle imaginar a alguien controlado por otro, alguien que no tiene libertad ni independencia. Tal vez no evoque una imagen positiva para usted.

De hecho, como afroamericano debo decirle que las palabras «siervo» y “esclavo” están muy vinculadas en mi mente. Esas palabras son símbolos de un período sombrío y dolo­roso en la historia de los Estados Unidos, cuando mis parientes fueron propiedad de los blancos que eran dueños de plan­taciones. Eran considerados seres humanos inferiores e incapaces de hacer algo más que trabajo físico y que aten­der las necesidades y los caprichos de quienes controlaban sus vidas.

Por eso para mí, la palabra “siervo” no tiene connota­ciones de dignidad, sino más bien todo lo opuesto.

Aunque usted no comparta mi marco de referencia, me imagino que probablemente considera más digno el papel de “líder” que el de “siervo”. La mayoría de nosotros usamos criterios infor­males para establecer un orden jerárquico implícito que utilizamos para categorizar a la gente. De ese modo podemos determinar quién es más importante, a quién queremos emular y con quién queremos asociarnos.

Usted conoce bien el juego: a menudo tendemos a juzgar el valor de otros según los títulos que se han ganado, la categoría de su pro­fesión, el tamaño de su casa o su cuenta bancaria. Por otro lado, las personas que nos sirven, aquellas que nos toman el pedido en los res­taurantes, que nos arreglan la cama en los hoteles o les revisan los frenos a nuestros autos… o nuestros subordinados en el trabajo… de algún modo son gente menos importante, menos digna.

Como líderes necesitamos tener cuidado con la tentación de deva­luar a la gente. Es muy fácil y seductor pensar que somos parte de un grupo exclusivo. Ya que otros no tienen el reconocimiento, la educa­ción o los logros que nosotros disfrutamos, es fácil concluir que somos los que merecemos ser bien atendidos y recibir un trato preferencial. Ciertamente el liderazgo conlleva el peso de una mayor responsabili­dad, pero no somos especiales por el hecho de ser líderes.

Me gusta la manera en la que lo expresa Randy Alcorn: “Yo veo el liderazgo como un privilegio, no como un derecho. Demasiados líderes actúan como si merecieran por naturaleza su puesto y su papel como líderes. Hemos trabajado arduamente. ¿Y eso qué? El asistente que coloca llantas en el taller trabaja arduamente, la madre joven trabaja duro y el agricultor trabaja más arduamente que todos nosotros. Tenemos habilidades y talentos. Gran cosa. El atleta también tiene ciertas habilidades, pero ¿de dónde o de quién proceden? De Dios”. “Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7).

El liderazgo, como se describe en La Palabra de Dios, no consiste en glorificar a quienes les ha sido asignada la responsabilidad de guiar y dirigir a otros. Tampoco se trata de las tareas específicas que Dios nos da. El liderazgo tiene que ver con las personas por medio de las cuales el Señor quiere hacer su obra.

Joe Stowell afirma que es esencial que nos veamos “ejerciendo el liderazgo para beneficio de otros”. Si lideramos para nuestro propio beneficio, él dice que “las personas que se propongan seguirnos se sen­tirán usadas y manipuladas, ¡y eso no es edificante ni útil!”.

Dios nunca exime a un líder de amar y honrar a las personas que están a su alrededor. No existe alternativa entre realizar el trabajo o tratar a la gente con amor, respeto y dignidad. Es “todo lo anterior”.

Tristemente, demasiados líderes aman las tareas pero a duras penas toleran a la gente. Son trabajadores eficientes que producen resultados porque le dan prioridad máxima al cumplimiento de los objetivos, pero tratan a cada persona como un recurso prescindible e intercam­biable. Les resulta difícil expresar aprecio sincero y valorar a quienes dirigen. Tienen poco o ningún sentido de la responsabilidad que tie­nen de servir a las personas que lideran.

Jim Reese dice que “la carga más grande en mi corazón es cada persona de quien el líder cristiano se haya responsabilizado”. He visto a demasia­das personas heridas por líderes mediocres que no tomaron en serio esa responsabilidad. Estoy seguro de que compareceremos un día ante Dios y Él nos dará su calificación final de cuán bien o mal lo hicimos, de cuántas veces actuamos por ambición egoísta en lugar de por amor a Dios y a la gente.

¿Cómo cree que se sienten las personas a quienes les toca trabajar bajo la dirección de esta clase de líderes?

Por Craford W. Loritts Jr.
Tomado del libro: Liderazgo perdurable
Portavoz

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