Cómo vencer tus temores

Te mereces una vida plena y feliz

Por Teresa Shields Parker

Temores de todo tipo solían paralizarme completamente. Uno por uno de esos temores están desapareciendo a medida que voy comprendiendo más la gracia de Dios. Sí, para comprender la gracia de Dios debemos comenzar con deshacernos de los miedos. Considere lo que Pedro le dijo a los judíos esparcidos por Asia Menor. Estaban viviendo bajo persecución por su fe; le temían a la muerte. Pedro les explicó cómo vivir la vida cristiana en victoria aun en medio de situaciones difíciles. “Gracia y paz os sean multiplicadas” (1 Pedro 1:2).
Él señala que tienen gracia o bendición espiritual y paz, pero estas no son estáticas. Son activas y siempre van creciendo en abundancia. Identifica esta creciente abundancia de la gracia de Dios y la paz como la razón por la cual somos libres de lo que nos acecha. Este tipo de mentalidad los ayudó a entender que en y a través de Cristo tienen tres cosas: (1) Libertad de los temores. (2) Libertad de las agitadas pasiones. (3) Libertad de los conflictos morales.

Fui abusada sexualmente a los 11 años de edad, por lo que tenía temor de los hombres. De pequeña, nunca se lo dije a nadie. Simplemente traté de protegerme procurando mantenerme distante de cierto hombre en particular. Temía que los adultos no me creyeran. Al no hablarlo, mis miedos se incrementaron en mi mente. Tenía un sinnúmero de otros temores que eran demasiados como para mencionarlos aquí, pero eran lo suficiente como para decir que no me permitían seguir hacia adelante.
Esto puede significar diferentes cosas para diferentes personas. Para mí significaba no comprender mis emociones. Mi mamá tenía grandes altibajos, de niña se me hacía difícil entender eso. Solo quería una cosa: no sentir del todo ni estar fuera de control. Descubrí a temprana edad que la comida puede ser una anestesia para el dolor y una manera de cubrir cualquier emoción. Si tenía coraje, tristeza, soledad o hasta alegría, podía alimentar la emoción para mantenerla callada. Quería mantenerme sin altibajos.
Era una persona moralmente buena y seguía todas las reglas de la iglesia. Sin embargo, comer mucho no estaba en contra de las reglas ni ganar peso tampoco. En realidad, la iglesia promovió la gratificación con la comida por medio de bromas desde el púlpito sobre las suculentas comidas en las cenas que realizaban.

Dios me tocó al hombro las suficientes veces con suficientes escrituras como para yo saber que la glotonería era un pecado. Pero aun así no renuncié a la comida que se me antojaba. “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12).
Quería libertad. Había arrastrado esto a mi adultez. Podía identificarme con este versículo: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”(Romanos 7:19). Quería ser libre, pero este verso parecía confirmar que estaba destinada a no serlo nunca.

La solución que comencé a vivir y a comprender también viene de Pedro. “Como hijos obedientes, no se amolden a los malos deseos que tenían antes, cuando vivían en la ignorancia. Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: ‘Sean santos, porque yo soy santo’” (1 Pedro 1:14-16). ¿Cuál es la respuesta de Dios? Cuando vivo en la obediencia y no escucho los antojos de mi carne, a mis temores, a mis pasiones o conflictos morales, mi vida de repente se torna una de victoria y libertad.
La vida libre del temor realmente viene de una simple fórmula: el amor por Dios resulta en obediencia a su verdad lo cual resulta en vivir en abundancia, libre del temor, de agitadas pasiones y conflictos morales. “Ahora que se han purificado obedeciendo a la verdad y tienen un amor sincero por sus hermanos, ámense de todo corazón los unos a los otros” (1 Pedro 1:22).
Lo que necesitamos es obediencia a Dios a la verdad a través del Espíritu Santo. Yo sabía exactamente cuál era el área que Él quería que yo obedeciera, sabía la verdad. No sabía cómo lograrlo hasta que me di cuenta de que solo a través del poder y la gracia del Espíritu Santo podía obtener esa victoria.
Superé mi quebrantamiento y debilidad por la gracia, la paz y el poder de Dios. Él me dirigió en todo el transcurso. Mi historia está plasmada en mi autobiografía: Dulce gracia: Cómo perdí 250 libras y dejé de tratar de ganarme el favor de Dios. En cada paso que doy la abundancia de su gracia me acompaña. Es casi imposible de describir hasta que se vive en carne propia, el saber que uno está completamente en sus manos y que no hay manera de lograrlo sin Él. Traté por años, pero no fue hasta que me rendí a Él que la obra milagrosa de Dios comenzó a desarrollarse en mi vida. Si ocurrió conmigo también puede sucederle a usted.

Por Teresa Shields Parker
Escritora de la revista Charisma

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